29 de marzo de 2012


Profundidad y Presente


La verdadera vida transcurre en la profundidad del mar, y no en la superficie. La superficie está vacía, la superficie no tiene contenido particular. La superficie se parece a todas las superficies. Los colores están abajo, los peces, las algas, la vida.


Ahora veo el sol, porque siento el presente en mí, y el pasado y el futuro ya no me aplastan, porque el pasado y el futuro no pueden sostener un presente muerto. Ahora me siento en paz, porque el presente es paz, el presente es felicidad.

17 de marzo de 2012

Únete

Únete en mi amor por la vida.

Únete a mi gozo del presente y del alma.

22 de enero de 2012

Próximamente




Próximamente



12 de enero de 2012

Germen inolvidable

No he parado en todo el año. Hoy es el primer día que llego a mi casa después del trabajo y no tengo nada que hacer. Es una felicidad indescriptible y una calma mágica. Pongo música, cierro los ojos, agradeciendo esta tregua. Respiro hondo, sonrío. Escribo estas líneas, sin prisa. Anhelando bajar las revoluciones para este nuevo año. En este ritmo de vida una parte de nuestra alma se va erosionando, porque no alcanza a renovarse, y al no ver las cosas en profundidad se va haciendo efímera y superficial. Desechable. Mientras escucho estos acordes de paraíso me prometo a mí misma renovar esa parte de mi alma que ya no está. Que se fue por la aceleración de los tiempos, la creencia de que es posible estirar los días hasta crear horas que no existen. La voluntad explícita de extender el cerebro a funciones para las cuales no fue creado. La ceguera de ver al corazón consumirse en tanto alargar cada segundo, sin intentar que pase cada uno a su manera, no pidiéndoles desfiguraciones y acrobacias para llegar adonde no pueden hacerlo. Me prometo a mí misma detenerme ante las palabras, las miradas. Mirar a los ojos hasta poder descubrir qué hay tras ellos. Y más allá de eso. Penetrar en las personas y llenarme de energía de vida. Traspasarles un poco de mi sustancia, y al hacerlo, transformar ese germen de muerte que a veces se aloja en mí, que me acompaña muchas veces casi imperceptible. Que enloquece a las personas y las obliga a seguirme, a hacerse parte del riesgo de escucharme. Es el vértigo de acercarse a mí. La invitación al precipicio donde todo es posible, donde hay que saltar, con posibilidad de volar o caer, o ambas en una sensación de atracción o terror. Es un germen de muerte envuelto en vida. La maldición del germen de muerte que me acompaña, del que nunca más podrás escapar. Porque finalmente todos queremos llegar más allá, explorar, conocer los límites, traspasarlos, explorar la vida hasta llegar a su raíz, hacernos inmortales para luego saber que el tiempo es escaso. Que las horas no van a alargarse aunque queramos. Pero podemos vivirlas entendiendo algo o nada. Yo quiero entender, hablemos sobre esto. Compartamos esa profundidad que hemos vislumbrado. Mi profundidad queda anclada en tu alma, quieres saber más y ese placer difuso te hace recordarme. Vislumbraste el germen de muerte, la fatalidad de querer vivir la vida hasta el fondo y llegar hasta las últimas consecuencias. De tener una misión en la vida a la cual no es posible traicionar. La seducción por descubrir la magia de la existencia. La aspiración por llegar lejos. Una vez que te miro en los ojos y lo ves no hay vuelta atrás. El problema es que yo sigo en mi expedición, porque nunca termina. Cuando acabe será el momento de morir, pero el germen habrá dado sus frutos, habiendo cambiado el mundo, dejando atrás las flores del germen de muerte. Envuelto en vida, una hermosa y rozagante vida.
Seducción de exploración

Siento el invierno, y estamos en enero. La seducción de exploración traspasó las estaciones. ¿Y ahora qué?
Fragilidad y milagro

Tengo una herida en la rodilla. La miro y me recuerda la fragilidad de la vida, me gusta por eso. Tan solo tener la vida es ya un milagro. Despertar cada día es una casualidad y una nueva oportunidad que se nos entrega.
Agonía romántica

La muerte, o tal vez agonía, de la mentalidad romántica en mí, entiéndase idealización, ha contribuido, gradualmente, y en gran medida a mi aceptación del presente, aportando a mi bienestar. Así como Flaubert emprendió la batalla hace tantos años contra el romanticismo, así continuamos nosotros con su aniquilación, que parece nunca ser definitiva. No hay tal cosa como el príncipe azul. Todos los príncipes son celestes con el tiempo. Eso los hace más hermosos cuando se espera lo suficiente para descubrir los matices de ese celeste, que puede parecerse al cielo. Sin esa espera el celeste se vislumbra desteñido y falto de gracia. El celeste que se pega en mí aún brilla, espero que nunca deje de hacerlo.
Contrastes

Estoy tan feliz que estoy como ahogada de júbilo, por la vida, por los contrastes, triste por la muerte y contenta de poseer todavía la vida.
Incierto gozo

Me intriga Flaubert, y me hace pensar, porque no es posible asirlo a la primera, veo un atisbo de universo que tiene mucha fuerza y no se agota con una sola mirada, es quizá la razón de por qué me alerta y me agrada, una combinación gloriosa de placer y de duda, o un incierto gozo.
Convicción

Hay que actuar con convicción, y no dudar de las propias elecciones y caminos por las decisiones o rumbos de otros. No hay que dejarse apabullar, cada persona es distinta, y si está conectada con su propia alma, habrá una razón para lo escogido y realizado, aunque en el momento no se distinga con claridad esa motivación del trazado.
Presente

Si todo va a pasar, ¿entonces cuál es la gracia?
El objetivo de esforzarse debe ser tener un mejor presente. El presente y esta vida es lo único que importa. Los esfuerzos cifrados en lograr la inmortalidad son vanos. Lo que continúe sucediendo cuando ya no estemos no nos alcanza. Los planes y metas que se tracen deben poder materializarse en un futuro relativamente inmediato.
Sensibilidad

 Lo bueno de la sensibilidad: lo que se siente.
Inspiración y Flaubert

Este es un año redondo, comencé con mi novela motivada por Flaubert y Madame Bovary, y cierro el año y mi novela agradecida y cautivada por Flaubert y La educación sentimental.
Espera

Te he esperado todo el día y no apareces. ¿Dónde estás?

Paso del tiempo

Han pasado cinco años, y ya casi no te recuerdo. De pronto me sorprendo de que han pasado semanas, y no he pensado en ti ni una sola vez. Ese olvido me hace sonreír y agradecer el paso del tiempo. Qué será de ti.

7 de enero de 2012

El sentido de lo político en Arendt y Castoriadis: el proyecto de autonomía. Aplicaciones a nuestra actualidad.





Manifiesto

Entender el mundo y las razones de las cosas, es no dejarse engañar, no creer que todas las decisiones fueron adoptadas por los motivos expresados, desentrañar el verdadero sentido de los sucesos, y sus consecuencias, una mirada atenta nos llena de dignidad y nos hace acreedores de un trato con respeto, de una claridad y una voz firme para decir, no dejaré que vulneren mi libertad y mi integridad, quiero pensar por mí mismo, quiero que dejen de bombardearme con estímulos que no me dejan oír el río, quiero saber la verdad, quiero aceptar todas las verdades, exijo igualdad de derechos para todas las personas, no quiero que la riqueza y el poder gobiernen.





Introducción



            Este ensayo, de extensión breve, aborda algunas de las reflexiones políticas de Hannah Arendt y Cornelius Castoriadis, a la luz del proyecto de autonomía que impulsan. El objetivo es desarrollar de manera concisa los conceptos, para dar paso a algunas reflexiones sobre la aplicación de estos a nuestra actualidad. El año que acaba de pasar, fue un año convulsionado para nuestro país, en el que miles de estudiantes y familias salieron a las calles a manifestarse en contra del sistema educativo chileno, altamente segmentado e inequitativo. Es de nuestro interés, verter en estas páginas algunos elementos que están presentes en la discusión, aportando así, un grano de arena más en pos del proyecto de autonomía. En el primer acápite se desarrolla de manera sucinta el sentido y contribución social de la educación para Hannah Arendt. En segundo lugar, se aborda el proyecto de una sociedad autónoma de Cornelius Castoriadis, y su vinculación con las ideas de Arendt. Por último, se da paso a las reflexiones señaladas con miras a la auto-institución de la sociedad que queremos.



Hannah Arendt y el sentido político de la educación



            Para Hannah Arendt, accedemos a la verdad a través del diálogo, del intercambio comunicativo con otro. Para esta autora, la política significa ponernos de acuerdo sobre el mundo y sobre la marcha del mundo, sobre lo que vamos a hacer en el mundo. Si a cada persona se le aparece éste completo, lo que nos queda es abrirnos a la experiencia de la comunicación. La política en este sentido es la opción por la comunicación, la opción alternativa a la violencia. Debemos salvar a la política de la epysteme, asunto fundamental para salvarla de la violencia. La política existe donde hay debate. La gran tesis de Arendt es defender la doxa (modo en que a cada cual se le aparece el mundo), defendiendo así la pluralidad. La política estaría entonces donde los asuntos son debatibles.



¿Qué ha puesto históricamente un límite al debate? Los que creen que es posible llegar con nuestra razón al fundamento divino, y al fundamento natural de las cosas. Los que apelan a la voluntad de los dioses, y los que apelan al orden natural. Ahí están presentes los argumentos para clausurar el debate.



La política nunca acaba porque el debate no puede parar, porque todo el tiempo nacen nuevas personas, con nuevas perspectivas. Una nueva generación puede ver cosas que los que están actualmente en la tierra no ven.



Para Hannah Arendt, es rol de la educación el acoger a las nuevas generaciones. La educación es la institución o mecanismo que la propia sociedad se ha dado a sí misma para reproducirse. En ese sentido tiene un significado social y político. Es un mecanismo que responde a la historicidad constitutiva de cada sociedad. La educación es el mecanismo que la sociedad tiene para responder a su condición histórica. Toda sociedad tiene que proyectarse en el tiempo, establecer una vinculación entre el pasado y el futuro. No es mecánica, requiere ser pensada, y dicha, elaborada, creada, producto de una decisión. Toda sociedad tiene que pensarse a sí misma como una construcción en el tiempo, tiene que pensar cómo era y cómo quiere ser. Toma esa decisión a través de su proceso educativo. A través de la educación la natalidad se convierte en humanización.



Gianini expresa: “nacer es un evento que compromete a toda la sociedad. Y, en virtud de cada nacimiento, una sociedad es –como lo es el individuo- históricamente indivisible y continua en su identidad. Pero esto significa que desde el momento, llamémoslo así, de la epifanía natalicia, la sociedad empieza a estar en deuda consigo misma: la deuda de convertir un hecho biológico en valor; al individuo numérico, en individuo humano” (Gianini 17).



            Para Hannah Arendt, “nuestra esperanza siempre está en lo nuevo que trae cada generación”, pero, la educación que se le da a esa nueva generación ha de ser conservadora al mismo tiempo. Lo explica así: “Precisamente por el bien de lo que hay de nuevo y revolucionario en cada niño, la educación ha de ser conservadora; tiene que preservar ese elemento nuevo e introducirlo como novedad en un mundo viejo que, por muy revolucionarias que sean sus acciones, siempre es anticuado y está cerca de la ruina desde el punto de vista de la última generación” (Arendt 204).



            La autora va más allá en cuanto al sentido de la educación, y expresa que ella es “el punto en el que decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y así salvarlo de la ruina que, de no ser por la renovación, de no ser por la llegada de los nuevos y jóvenes, sería inevitable. También mediante la educación decidimos si amamos a nuestros hijos lo bastante como para no arrojarlos de nuestro mundo y librarlos a sus propios recursos, ni quitarles de las manos la oportunidad de emprender algo nuevo, algo que nosotros no imaginamos, lo bastante como para prepararlos con tiempo para la tarea de renovar un mundo común” (Arendt 208).



Cornelius Castoriadis y el proyecto de una sociedad autónoma



Para Castoriadis, lo que distingue a Occidente, en contraposición a Oriente, es que ha tenido lugar en él el proyecto de autonomía. En este proyecto, Occidente encuentra lo mejor de sí, y es esto lo más distintivo y lo más valioso. No aparece en otras culturas la autonomía como proyecto. Sin embargo, el autor expresa que este proyecto se puso en marcha, pero no está concluido, asunto de la esencia misma del concepto de “proyecto”.



Para este filósofo, el proyecto se puso en marcha en Grecia, asunto en el cual coincide con Hannah Arendt. El proyecto se puso en marcha con la creación de la filosofía y la democracia, alrededor del siglo V a.C. La filosofía sería el valor de la autonomía llevada al plano del pensamiento. Un pensamiento autónomo significa la posibilidad de una interrogación sin límites, y éste sería el aporte de la filosofía. Un pensamiento que es capaz de poner en cuestión y pedir razón de todo. Interrogar sobre las cosas que son y sobre las cosas que valen. Preguntar: ¿Podrían ser de otra manera?, ¿podrían ser objeto de otra estimación? Estas son preguntas subvertidoras del orden establecido, que interrogan donde no cabe preguntar, donde se acata. La filosofía habría introducido la idea de tener la tarea de asegurar la validez de esas certezas. No hay clausura y se rompe cualquier dogmatismo, paternalismo, autoritarismo, sería una afirmación radical del pensamiento libre. Incluso la idea de lo absoluto puede ser cuestionada.



Para Castoriadis, la democracia sería el principio de autonomía llevada el plano de la organización social. El proyecto consiste en la formación de un individuo y de una sociedad autónoma. La democracia es la aparición en el orden histórico social de una sociedad que se instituye a sí misma. Define su nomos, su ley. La ley puede ser revisada, puede ser cambiada, una y otra vez, por decisión del demos, del pueblo. El proyecto de autonomía significa una desacralización, una humanización. La sociedad humanizada puede auto definir su curso, autoinstituirse.



¿Dónde estaría lo político? En este esquema, podríamos preguntarnos por ejemplo si una protesta por el Transantiago sería política. Pero, la respuesta es que sería una manifestación social, no política. Estaríamos en el contexto económico productivo, estas personas estarían protestando porque quieren llegar a tiempo al trabajo y a ver a sus familias luego de él. Un movimiento es político cuando quiere modificar algún aspecto relevante de la sociedad. Tener poder de decisión en la autoinstitución que se hace de la sociedad. Cuando el movimiento estudiantil protesta por becas es una protesta social, pero cuando critica al modelo de educación, en ese caso la protesta es política. La democracia sería la sociedad definiéndose a sí misma en lo que pretende ser. Se requieren individuos autónomos para que en el plano social exista autonomía.



Para Castoriadis, a partir del siglo XX en adelante este proyecto de autonomía está en crisis, y tiene extravíos. Se ha perdido en la carretera del individualismo. Han venido a operar las fuerzas del mercado, del capitalismo. Son los tiempos del avance de la insignificancia, y de la privatización de la existencia. El sujeto corta vínculos con los referentes de significado. Con los que implicaban una apertura más allá de lo individual. Crisis de la conciencia histórica, política, social, de todas las fuentes de significado, un coqueteo con la insignificancia. Por eso, él ve la pérdida de la autonomía como valor, como horizonte, como proyecto. En esta privatización de la existencia, los sujetos transaron una libertad mayor por pequeñas libertades. El sujeto de hoy pesa poco, es consumidor, cliente, hoy se deciden insignificancias, no se toman decisiones sobre la institución de la sociedad. Se decide sobre pequeñas cosas.



Cuando Camila Vallejo dice: “No quiero que los políticos se pongan de acuerdo”,  el mensaje es que no quieren que los ciudadanos sean transformados en meros espectadores. Se produce una privatización de la política en una oligarquía, en un pequeño grupo. Las personas no quieren relacionarse con la política, hasta que la política termina involucrándose con ellos y entonces se dan cuenta de que hay crisis de representatividad. Al igual que Hannah Arendt, Castoriadis piensa que los sujetos están hipotecando su libertad, la están arriesgando, y perdiendo la oportunidad de experimentar otro tipo de relación con el mundo y sus contemporáneos. Ambos autores postulan una soberanía activa, aproximarse a la democracia directa. Rechazan la democracia cuando representa gestos oligárquicos solamente. Hay que estar atentos que en Chile tenemos una democracia representativa y cada vez menos participativa.



Castoriadis analiza el concepto de creación, de introducción de algo nuevo, la misma idea que desarrolla Hannah Arent con el concepto de acción. La tesis de Castoriadis es mostrar que existe una creación histórico-social, que realizan los humanos. Intenta  rescatar este concepto monopolizado por la metafísica y la teología. Para el autor, la creación radical, la creación de formas, la realizan los humanos, por ejemplo, una sinfonía de Mahler, o de Bach. Expresa que por más que analices las condiciones de ese eidos, no puedes explicar por qué nació esa creación, no hay un basamento histórico, fisiológico. La democracia, por ejemplo, se pregunta ¿por qué nació en particular en Grecia? No hay razones específicas que hayan tenido los griegos que expliquen el nacimiento de la democracia. Otros pueblos tenían esas características y sin embargo no la crearon. Es una idea original, y el autor la llama creación radical. Explica que esto viene de un fondo que no controlamos completamente, y de ahí emerge un acto creativo, del subconsciente.



Para el autor, idea compartida por Hannah Arendt, hay que proteger a la sociedad instituyente. Una sociedad democrática, no solo cuida lo ya instituido, sino que también deja espacio para la fuerza instituyente que crea. Expresa que querer controlar esto, sería controlar la psiquis profunda del ser humano, controlar lo incontrolable. Castoriadis hace un rescate de la capacidad creativa del ser humano, expresando que no solo es capacidad de dios. Hannah Arendt, cuando se refiere a la política, expresa que es la capacidad de hacer milagros, la situación de hacer posible lo que creíamos completamente imposible. Castoriadis expresa que estoy ya ha sucedido, y que la creación de la política y la filosofía, es creación radical.



Para ambos autores, una sociedad tiene que querer ser autónoma para serlo, y eso es imposible si los niños y niñas no son educados para ese fin. Es necesario educar en la autonomía, y para la autonomía. Para el individuo actual la autonomía implica incomodidad, da pereza, y amenaza la cobardía. Significa hacer más cosas, tomar más decisiones, preocuparse del proyecto social. Eso significa ser libre, hacernos cargo de la vida y del mundo. El problema es que el consumo, la entretención, los medios de comunicación, la publicidad, la educación, no están generando autonomía, sino pasividad, conformismo, insignificancia.



La esencia política para ambos autores es el debate, donde cabe la contingencia, la  doxa. Cualquier acuerdo es revisable, y hay espacio para la interrogación sin fin. Si el mundo está ordenado, no hay lugar para el pensamiento político. El debate político tiene relación con qué sociedad queremos, y en ese debate no caben los expertos solamente, sino que todos las personas. Por ejemplo la pregunta, muy actual por estos días, ¿Queremos un modelo de educación gratuita para todos? Para ambos autores es una pregunta política, y todos debieran opinar.



El modelo social actual tiende a desactivar los impulsos políticos, el vis formandi, la sociedad instituyente. Esto por la banalización de la existencia, la trivialización de la existencia, hasta fenómenos como el endeudamiento. El sujeto endeudado es un sujeto capturado, no se puede organizar, no puede generar sociedad civil, no puede pertenecer al sindicato, no puede perder el trabajo porque tiene que pagar las deudas. En ese modelo, los estudiantes pueden movilizarse, porque no están endeudados. ¿Cuándo empezaron a movilizarse? en el caso de Chile, cuando comenzaron a estar endeudados, cuando vieron el horizonte de la deuda, ya que es muy distinto endeudarse cuando se es adulto, que endeudarse cuando se está en etapa de configurar la vida, en la etapa juvenil. Además,  endeudarse por la educación, cuando en la Constitución de Chile se establece que es un derecho del cual todos los sujetos sin excepción son acreedores. En ese contexto la explosión social aparece sola. Lo mismo la rabia, cuando aparece en el diario todos los años, la diferencia de los puntajes en la prueba de selección universitaria entre los colegios privados y públicos.



Podemos preguntarnos, ¿Puede llegar la educación a ser gratuita? Hannah Arendt diría que los milagros son posibles. Pero para eso debemos decidir la sociedad que queremos. El modelo social que queremos, eso es la política. Ningún experto tiene derecho a tener más palabra que la nuestra. Sin embargo, debemos tener en cuenta que el concepto de autonomía implica graduaciones, por ejemplo en el caso de los niños. Los niños aprenden autonomía con autonomía. Es una autonomía progresiva. Se debe subrayar lo progresivo. Para ambos autores, solo la educación puede crear ciudadanos.



Lo que ellos persiguen es despojar a la palabra política de la carga negativa. La política tiene que ver con la definición que hacemos de la sociedad que queremos. Crear personas que pueden hacerse cargo del mundo. Se ha vaciado la sociedad y la educación de su sentido político. Hoy en día, por ejemplo, internet permite la participación de todos. Pero el individuo que concurre a internet, concurre despolitizado, porque no se ve todavía realmente como una herramienta política.



Si toda nuestra participación política es votar, y solo votamos cada cierto número de años, opinamos en total unas cinco veces en la vida, y además elegimos quien nos va a representar, sin decidir directamente. Queremos opinar más que eso, opinar todo el tiempo. Lo que se necesita es que las personas sientan que quieren vivir como ciudadanos, como adultos. Nos engañamos cuando creemos que somos ciudadanos, adultos y libres, si no participamos activamente en la construcción de nuestra sociedad.



            En cuanto a la concepción sustantiva de la democracia, Castoriadis expresa: “Para Pericles el objeto de la institución de la polis es la creación de un ser humano, el ciudadano ateniense, que existe y que vive en la unidad y por la unidad de estos tres elementos: el amor y la práctica de la belleza, el amor y la práctica de la sabiduría y la responsabilidad del bien público, de la colectividad, de la polis. (…) El ciudadano ateniense no es un “filósofo privado” ni un “artista privado”, es un ciudadano para quien el arte y la filosofía han llegado a ser modos de vida. Esa es la respuesta concreta de la antigua democracia a la pregunta relativa al “objeto” de la institución política. (…) Cuando digo que los griegos son para nosotros un germen, quiero decir en primer lugar que los griegos nunca dejaron de reflexionar sobre la cuestión de saber qué debe realizar la institución de la sociedad; y, en segundo lugar, quiero decir que, en el caso paradigmático de Atenas, los griegos aportaron esa respuesta: la creación de seres humanos que viven con la belleza, que viven con sabiduría y que aman el bien común” (Castoriadis 131).



Aplicaciones a nuestra actualidad



            Existe hoy lo que Figueroa llama las “fuerzas de despolitización”, y la “traducción práctica hoy en día de tales fuerzas se verifica de múltiples maneras, desde el avance de una globalización económica que debilita el poder y la existencia efectiva de la esfera pública política, y que armada del dispositivo (ideo)lógico neoliberal llega incluso a reclamar su completa subordinación a la supuesta cientificidad de sus requerimientos, hasta un sujeto socialmente estimulado para el individualismo y la indiferencia política, paradójicamente socializado para la desocialización, promovido y considerado casi únicamente como productor y consumidor” (Figueroa 31).



El análisis de los conceptos e ideas expresadas por Arendt y Castoriadis, no puede sino hacernos pensar en cuánto nos falta por recorrer en Chile para dar ese vuelco respecto a mirar positivamente la política, y hacer de este país, uno verdaderamente democrático. Estamos en total deuda con nuestro afán de real democracia.



Sin embargo, las marchas estudiantiles de este año nos traen aires de esperanza, de una sociedad a la que sí le importa su destino. Desde ahora queremos expresarnos, y pareciera que ya no queremos que sigan decidiendo por nosotros. Nos hemos llenado de ira y ahora exigimos nuestra autonomía.



El movimiento de estudiantes viene a refrescar el aire y despertarnos del sopor, adormecimiento cómodo para muchos a quienes beneficia el modelo actual. Al fin estalló con más fuerza que nunca la voz de la mayoría cansada de la privatización paulatina de la existencia. Pareciera que la reacción tardó más de lo esperado, pero pareciera decidida a quedarse. Tantos años de leyes producto de una dictadura parecen haber logrado su efecto finalmente, y nos viene la pregunta de cuándo van a eliminarse los resabios de ésta por completo.



Por otro lado, estamos hartos de que la publicidad llega hasta en forma de mensajes de texto a nuestros celulares, un espacio que queremos destinar para recibir noticias de personas cercanas a nosotros, y ni ese espacio se nos respeta. Nuestros correos electrónicos están también llenos de spam, como una invasión desesperante a un espacio que queremos destinar para comunicarnos con otros, pero que se ve ensuciado por mensajes de vacío.



Tanta publicidad nos hace dudar de nosotros mismos, ¿para qué estoy aquí? ¿tengo tantas necesidades? ¿cuáles son mis necesidades? Si no estamos atentos podemos pensar que vinimos para comprar a este mundo, porque ir por la calle es atender a ese mensaje por todas partes. En el metro no podemos mirar hacia ningún lado sin saber que algo nos falta, y ahora además debemos escuchar esos mensajes, en los televisores que se han instalado en los andenes. Una de las primeras cosas que debiésemos pedir para poder empezar a preocuparnos de lo importante en la construcción de nuestro mundo, es que se acaben todos esos mensajes que no nos dejan ni pensar ni escucharnos, ni a nosotros mismos ni a otros. La publicidad nos está matando las últimas neuronas que nos van quedando para saber hacia dónde vamos. La televisión nos tiene hipnotizados en un sueño que lo único que va a lograr es que cuando despertemos esté la muerte esperándonos.



Estamos desesperados y aun así este año nos hemos unido para marchar por lo que nos indigna, por lo que nos horroriza, por un modelo de sociedad que es perverso, que tiene a gran parte de nuestra población de rodillas, endeudada, estresada, maltratada. Y ya no es divertido, y ya no lo podemos seguir permitiendo. El modelo está haciendo agua por todas partes, y al fin un grupo enorme de personas se han unido para decir basta. Pero no podemos conformarnos ni por un minuto, hay que continuar hasta las últimas consecuencias, de manera pacífica, pero firme: no queremos más inequidad, no queremos más injusticia, no queremos más exclusión, no queremos más coacción, no queremos más violencia, no queremos más desigualdad, no queremos más resabios de totalitarismo. Y la lista sigue, no queremos más abuso sexual contra los niños y niñas, no queremos más desigualdad de ingresos para las mujeres, no queremos más matrimonio solamente para los heterosexuales, no queremos más penalización de las drogas, no queremos más monopolio de los medios: por favor, un poco de autonomía y libertad. La lista mezcla varios planos, y así es la sensación incubada, de un malestar incierto, pero certero, está ahí. Ocupemos nuestras fuerzas en identificar lo que queremos cambiar, lo que ya no queremos seguir avalando, lo que nos está llevando a la ruina, lo que nos gustaría hacer mejor. Todos tenemos un espacio, y juntos, podemos crear entre todos un lugar agradable para vivir, donde existir no sea una pesadilla para nadie, sino que una alegría para todos. Preocupémonos de quienes no optaron por lo que les tocó y no se lo merecen. Participemos hoy con las herramientas que tenemos. De esa forma no nos aplastará el mundo del que no decidimos nada ni modificamos nada de su constitución. El presente es hoy, no mañana, y unidos podemos llegar lejos, e intervenir en la construcción de la sociedad que queremos. El conformismo ha llegado a su fin.



¿Cómo podemos aceptar que algunas personas sean tratadas distinto por tener diferente nacionalidad? ¿Cómo podemos callar nuestro descontento cuando la justicia no trata a todos como iguales? La ley y la justicia son las primeras que deben avalar nuestro proyecto democrático. El proyecto de la autonomía, en que las personas pueden expresarse todo el tiempo, y que sus opiniones serán tomadas en cuenta. En que los adultos son tratados como adultos y no como dignos de tutela. Pero eso debemos exigirlo, votar, manifestarnos, unirnos, no quedarnos solos y aislados por nuestro desconcierto y cansancio. Si estamos juntos entonces tendremos que ser escuchados, porque ya no será posible callarnos.



El gobierno de hoy parece estar jugando a ser gobierno, como un pasatiempo secundario, en que es indiferente al final del día lo que estás haciendo. Porque los que están al mando están fuera del estado cuando dejan sus oficinas. No son los que reciben los subsidios, no son los que tienen que ir a escuelas financiadas por otros, en el mundo fuera del horario laboral están sus familiares cercanos y ahí acaba todo. Si el mundo no cambia gracias a ellos, al final de cuentas, igual podrán seguir estudiando, trabajando y yendo de vacaciones. Pero no todos tienen la misma suerte, y no todos nacieron en esa cuna. Y ese juego se nota, se respira, y eso es lo que causa indignación, esa sutil indiferencia que tanto duele, y tanto demuestra. Esto no es un juego, el mundo y todo lo que sucede es lo más serio que existe. Lo que falta es difusión, de quienes no lo están pasando bien, de los adolescentes que están abandonados a su propia suerte en centros privativos de libertad, de niños violentados en centros de protección, de niños extranjeros que no los aceptan en el consultorio ni les ingresan las notas al sistema de registro escolar, de niños mapuches que reciben balines mientras están en recreo, de mujeres y niños abusados sexualmente, eso también es Chile, pero nadie parece darse cuenta. Esto es realmente muy serio, y no podemos seguir trabajando como en un juego, hay asuntos que enmendar.



En este esquema de silencio y obediencia, debemos mencionar también a la iglesia católica, que no nos ha ayudado mucho, que nos indica que debemos subordinarnos a algo superior y mejor que no pensemos tanto por nosotros mismos. Nos han tratado como niños, y a muchos niños como animales, no, peor que animales, no respetando su dignidad e integridad. Hasta cuándo somos el último país en aprobar las leyes basándonos en los dictados de algún dios, y hasta cuándo callamos los abusos y violaciones. Esto también lo debiéramos repensar.



Por lo visto son varios frentes, pero no debemos sentirnos abrumados en ningún momento, porque para eso somos hartos para darnos ánimo y avanzar juntos. En autores como los abordados en este ensayo, encontramos aliados en este camino, y podemos apoyarnos en ellos para entender el porqué de este malestar difuso. Ellos nos ayudan a darle forma, a entender sus razones, y nos dan claridad respecto a lo que nos falta y lo que debemos exigir. Ellos nos dan herramientas de paz, herramientas de cambio, para ir transformando el mundo con todas las opiniones y sin dejar a nadie fuera. Nos entregan algo que es más valioso que todo, nos impulsan a pensar por nosotros mismos, y nos revelan algo que nos hace realmente adultos: no hay nada más que nosotros para cambiar el mundo. El mensaje de estos autores es un mensaje de aliento, somos autónomos, no estamos atrapados, y tenemos chance de cambiar las cosas. Nuestra opinión vale, y no solo eso, estamos obligados a darla, y el país irá para donde queramos llevarlo. Todo lo que sucede nos atañe y es nuestra responsabilidad. “Frente a la experiencia todavía cercana de nuestros propios tiempos de terror y oscuridad, uno de los más importantes desafíos en que quizá podamos reconocernos concernidos en esta parte del mundo por los escritos de Hannah Arendt [y Cornelius Castoriadis], radica en la promoción social de un individuo habilitado como persona moral y agente político, capaz de dar vida a una auténtica sociedad democrática que nos evite volver a vivir las pruebas de la tiranía. Esta promoción es imposible sin la correspondiente afirmación y fortalecimiento del sentido político de la educación, por una parte, y de un auténtico espacio público político, por otra” (Figueroa 31).



Tantas veces leemos el diario como algo ajeno, como acontecimientos que están ocurriendo en marte, pero ellos no nos dejan desembarazarnos: nosotros tenemos parte en lo que acontece, y es nuestra tarea cambiar eso que no está bien y que de a poco nos envilece. Nuestra estadía en el mundo es corta, pero sustantiva para hacerlo bien. “Eres responsable”, nos dicen estos autores, y en ese llamado de atención nos entregan un conocimiento que ya no podemos pasar por alto. Tarde o temprano tendremos que hacernos cargo. “Es tarea de todos”, nos dicen, y en esa advertencia también hay algo mágico, en que la pluralidad y la diferencia son belleza, en que lo humano es algo diverso y único. En que la humanidad y todos los nuevos seres que llegan son un milagro, y que también como un milagro, lograremos el mundo que queremos, pero solamente si entendemos la importancia de articularnos pacíficamente, expresarnos, escucharnos y respetarnos. Gracias a ellos sabemos la fuerza que tiene el lograr entendernos, sin dejar de lado nuestras particularidades, y al contrario, haciendo gala de lo mágico de nuestras diferencias. No les hemos puesto tanta atención como debiéramos, porque de otra manera haríamos las cosas de otra forma, y no seguiría existiendo opresión ni violencia en el mundo, pero lo bueno es que estamos a tiempo, y quizá hoy sea el primer día en que los tomemos en serio a ellos, y nos tomemos en serio a nosotros, y el mundo será diferente y sublime, para todos.



Manifiesto II

Lo que no quiero es que me pasen gato por liebre, que me pasen devastación ambiental por energía, segregación y segmentación educativa por educación de calidad, empresario por presidente, estafa por repactación, publicidad por progreso, programa estúpido por televisión de calidad, publicidad de los sucedáneos a la leche materna por protección a la lactancia materna, bono bodas de oro por programas sociales, conservadores por liberales, discriminación por pluralidad, racismo por acogida, indiferencia por interés, vocación pública por ambición de poder, cárceles por necesidad, autos por bicicletas, injusticia por oportunidades, personas que delinquen por delincuentes, personas con discapacidad por discapacitados, adolescentes por activistas, robos por catástrofes, pederastas por curas, abuso sexual por centro de protección, intereses económicos por dios, inmoralidad por valores cristianos, matrimonio por amor, control social por confesión católica, secretismo por transparencia, inequidad por sueldos igualitarios para hombres y mujeres, quiero que se me trate con respeto y no como a un imbécil, quiero echar a andar mi proyecto de autonomía.





Obras citadas



Arendt, Hannah. Entre el pasado y el futuro, Ed Península, Barcelona, 1996

Castoriadis, Cornelius. Los dominios del hombre, Gedisa, Barcelona, 1998.

Figueroa, Maximiliano. Totalitarismo, banalidad y despolitización. La actualidad de

Hannah Arendt. Santiago de Chile: Ediciones LOM y Universidad Alberto Hurtado.

Gianini, Humberto. “Humanidad e individuo”, en Segundas Jornadas de Filosofía.

Santiago de Chile: Universidad Adolfo Ibáñez, 2011.





Bibliografía



Arendt, Hannah. Entre el pasado y el futuro, Ed Península, Barcelona, 1996

---. La condición humana, Ed. Paidos, Barcelona, 2005.

---. De la historia a la acción, Ed. Paidos, Barcelona, 1999.

---. Filosofía y Política, Besataria, Bilbao, 1996.

---. ¿Qué es la política?, Ed. Paidos, Barcelona, 2001.

---. Crisis de la república, Taurus, Madrid.

Castoriadis, Cornelius. Los dominios del hombre, Gedisa, Barcelona, 1998.

---. El mundo fragmentado, Editorial Altamira, Buenos Aires, 1990.

---. El avance de la insignificancia, EUDEBA, Buenos Aires, 1997.

Figueroa, Maximiliano. Totalitarismo, banalidad y despolitización. La actualidad de

Hannah Arendt. Santiago de Chile: Ediciones LOM y Universidad Alberto Hurtado.

Gianini, Humberto. “Humanidad e individuo”, en Segundas Jornadas de Filosofía.

Santiago de Chile: Universidad Adolfo Ibáñez, 2011.

Rorty, Richard. Contingencia, ironía y solidaridad, Paidós, Barcelona, 1996.

* Trabajo elaborado por:
Andrea Balart Armendariz
Santiago, 06 de enero de 2012.

Magíster en Humanidades, mención Filosofía y mención Literatura
Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez
Cátedra: El sentido de lo político
Profesor: Maximiliano Figueroa

26 de diciembre de 2011

Nuevo año


Amigos/as

Se termina el año, y me quedo con la sensación de que pasó muy rápido, y de que nos afanamos en hacer un millón de cosas y de que generalmente queremos planearlo todo hasta el último detalle. Y en ese tránsito nos cuesta ir absorviendo con atención y alegría lo que nos llega y lo que se va.

Mi deseo para todos para este nuevo año que comienza, es que podamos aceptar la vida tal como viene.

En este tren que corre muy rápido, pienso que al bajarse es posible detenernos en el prado que está a nuestro lado, y también dentro de nosotros.
Para mí, ustedes son las flores que he encontrado al lado del camino cuando me bajé del tren, y van haciéndose cada vez más bonitas, mientras más de cerca las observo.

Para este año, mi deseo es estar llena de flores y descubrir en ellas nuevos colores.

Los quiero mucho y sólo me queda agradecerles por ser las flores de mi vida, y decirles que pueden contar conmigo, sea que la vida traiga lluvia o sol, ya que las dos son necesarias.

Mucho amor para todos.

Andrea

23 de diciembre de 2011

Ironía y desilusión en La Educación Sentimental, de Gustave Flaubert



Obra: Gustave Flaubert. La Educación Sentimental (1869).



 
Índice de temas abordados en orden correlativo.

Introducción (p. 1)/ La Educación Sentimental (p. 2)/ Ironía (p. 5)/ Lo ridículo (p. 7)/ Modernidad (p. 8)/ Indeterminación (p. 11)/ Desilusión (p. 12)/ Fin del héroe romántico (p. 15)/ Conclusiones (p. 18).



Introducción



            Al comenzar a leer La Educación Sentimental, nos sentimos extasiados con las descripciones románticas y las metáforas que Flaubert emplea. Pero su nivel de exageración logra que superen el romanticismo, dándonos herramientas para empezar a dudar. A medida que transcurre la historia, vamos siendo testigos de que esa exageración va convirtiéndose en ironía, como una manera de acabar con el romanticismo, introduciendo el fracaso y la desilusión en la trama. Lo que nos proponemos explicar en este ensayo es ese tránsito, sus condiciones de posibilidad, y sus medios.

           

Lo que estas páginas intentan desentrañar es esa tensión constante entre lo romántico de la novela, y la desilusión presente, mediada o lograda por la ironía. En la primera parte expresamos el escepticismo que comienza a inquietarnos en el amor hiperbólico de Frédéric hacia la señora Arnoux. Lentamente vamos descubriendo que lo que subyace es la ironía, la disconformidad con lo establecido. En el segundo acápite, profundizamos en la ironía, en sus formas y causas. Luego hemos querido expresar la concepción de la vida que tenía Flaubert, como uno de los fundamentos de la ironía, mostrando lo ridículo y ajeno que le parece todo lo que le rodea. A continuación, buscamos recrear el contexto social y la época vital del autor, lo cual entrega herramientas de comprensión de sus concepciones y rebeldías. En el acápite que sigue, profundizamos mostrando cómo se materializa en lo concreto esa modernidad, en este personaje indeterminado, dubitativo y escurridizo. A continuación, nos sumergimos aún más, en la realidad de la novela, la gran desilusión que ya no podemos sortear a medida que vamos acercándonos al final, para terminar en el verdadero fin del héroe romántico que La Educación Sentimental nos lega. Por último, anotamos algunas conclusiones de lo observado en cuanto a las intenciones de Flaubert respecto de la construcción de su personaje y su fatal desenlace.



¿Qué es lo que aprende Frédéric Moreau? El protagonista termina siendo testigo del gran fracaso que es su vida. Del sinsentido que lo acompaña, y que ha ido junto a sus pasos todo el camino recorrido. Aprendemos a desilusionarnos de los convencionalismos, a descubrir un mundo que se sostiene en las tradiciones sin razón de ser. Esta es la novela del gran fracaso. ¿Pero cómo llegamos ahí? ¿Cuál es la rebeldía de Flaubert? ¿Cuál es su conformismo?



La Educación Sentimental



Flaubert empieza a escribir la que sería la primera versión de La Educación Sentimental en 1845, novela en parte autobiográfica. En ella se refleja el gran amor, platónico, que sintió a lo largo de su vida por Elisa Schlésinger, quien estaba casada con un editor musical, muy similar al personaje de Arnoux en la novela. En ese entonces Flaubert tenía 25 años. Casi 25 años después retoma la novela, reflejándose en su versión final los cambios que experimentó, en su visión del mundo, la literatura y el amor, viendo la luz un texto crítico de su época, ya sin el romanticismo de su juventud.



Sin embargo, es desde las mismas descripciones románticas, con bellas metáforas, en que empezamos a sospechar la crítica. En la primera parte del libro, nos encontramos con frases que están construidas con las palabras exactas, que es como Flaubert quería que estuviesen construidas, y que al mismo tiempo son románticas e irónicas. ¿Cómo puede ser esto? Lo que acontece, es que las oraciones son de una belleza insuperable, y expresan un amor que todo lo puede, pero, se aprovechan del idilio para excederse, y terminar siendo “grotescas” o absurdas, porque dejan de ser creíbles, volviéndose inverosímiles a causa de su exceso, lo que las hace perder realidad. Y entonces empieza la duda. Y se percibe que el autor no “siente” lo que está intentando decir, y que hay un exceso de racionalidad en cada pasaje. Se advierte en el afán de la “palabra justa”, la inversión de tiempo en encontrarla, y la falta de espontaneidad. El autor está esperando agazapado, para saltar sobre el lector y desilusionarlo, avanzadas las páginas. Le manifiesta a Louise Colet en una carta: “Se escribe con la cabeza. Si el corazón la calienta, tanto mejor, pero no debe enterarse nadie. El corazón ha de ser un horno invisible” (Flaubert [e] 45).



Estos excesos quedan registrados, por ejemplo, en esta cita: “La señora de Arnoux se adelantó hasta la entrada; Dittmer y Hussonnet le saludaban; ella les alargó la mano; la tendió igualmente a Frédéric, y él experimentó como una penetración en todos los átomos de su piel.” (p. 68, la cursiva es nuestra). El autor va a lo más profundo, a lo más pequeño, es tan grande el amor, que él no lo siente solamente en la piel, lo siente, en todos los átomos. No existe una imagen que pudiese ir más allá que esa. O en este pasaje: “La convicción de una seguridad absoluta le daría valor. Por fin no se alejaba, no se separaba de ella. Algo más fuerte que una cadena de hierro le ligaba a París, una voz interior le gritaba que se quedara.” (p. 85, la cursiva es nuestra). Era realmente fuerte lo que le ligaba a la ciudad de su amada, una cadena de hierro, nuevamente Flaubert utiliza la comparación con el objeto que mejor representa lo que quiere decir, la cadena de hierro es a la fuerza, como los átomos son a lo microscópico.



Lo mismo podemos advertir en el siguiente pasaje: “todas la mujeres le recordaban a aquella, por semejanzas o por contrastes violentos. […] París se refería a su persona, y la gran ciudad, con todas sus voces, sonaba como orquesta inmensa alrededor de ella. […]  y todo lo que era hermoso, el brillo de las estrellas, ciertos aires de música, el sentido de una frase, un contorno, la llevaban a su pensamiento de una manera brusca e insensible” (p. 93, la cursiva es nuestra). “Todas”, no algunas, sino que todas las mujeres le recordaban a la señora de Arnoux. En la cita se crea la ensoñación, paisaje y estado, los recursos necesarios para lograr el efecto deseado. También en la siguiente cita: “Jamás París le pareció tan hermoso. En el porvenir únicamente se percibía una interminable serie de años enteramente llenos de amor” (p. 114, la cursiva es nuestra). En esta bella imagen, emplea la hipérbole, en el “jamás”, en el “tan” hermoso, y una “interminable” serie de años, “enteramente llenos” de amor. Amor, es lo único que hay en esos años. Es un absoluto, que hace que la idea sea lo más extrema que puede ser, no hay intermedios ni grises, el amor estará en todos los años, y ocupando todo sus días.



            Pavel expresa esta sensación de escepticismo, que dejan sus metáforas:



[Con las metáforas] provoca un efecto de empatía más poderoso que el obtenido, por otros autores, mediante la representación de las meditaciones interiores. Esa empatía parece ir acompañada, a propósito, de una sensación de frialdad, aunque, a veces, una ola de piedad atraviesa las novelas de Flaubert sin que el lector pueda determinar si el autor se compadece verdaderamente del dolor de ese mundo o si la piedad que muestra no es más que una forma de desprecio. […] La impresión final que dejan las novelas de Flaubert está de acuerdo con la tradición del escepticismo y del anti idealismo: en estos textos se percibe la ironía y la tristeza del autor que, al rechazar la ilusión idealista, no deja de defender, con la moderación que le es propia, la posibilidad infinitesimal del pudor y la dignidad (Pavel 273).



            Flaubert está consciente de estos excesos, y es justamente el efecto que busca, al extremar las escenas que imagina y quiere describir. En un pasaje de la novela Frédéric dice una frase bastante ilustrativa, en respuesta a la señora Arnoux, quien le confiesa:



 “-Algunas veces, las palabras de usted llegan hasta mí como eco lejano, como el sonido de una campana arrastrada por el viento; y me parece que está usted allí cuando leo pasajes de amor en los libros.

-Todo lo que en ellos se censura como exagerado me lo ha hecho usted sentir- dijo Frédéric-” (p. 509, la cursiva es nuestra).



Ironía



De acuerdo a la RAE, la palabra ironía viene del lat. ironīa, y este del gr. εἰρωνεία, teniendo tres acepciones: una, burla fina y disimulada; dos, tono burlón con que se dice, y tres, figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice.



            Pellicer explica:



La ironía es una figura retórica; entre éstas se encuentran figuras de palabras o tropos y figuras de pensamiento. Hay un desdoblamiento, ya que las palabras adquieren un doble sentido. El nuevo significado que se produce por medio de las figuras de palabras es detectable en su propio texto; en cambio, en las figuras de pensamiento, la identificación del nuevo significado rebasa el marco textual ya que la idea ahí expresada debe interpretarse en forma distinta a la que supondría la sola lectura de la oración o el párrafo correspondientes. El nuevo significado que crean las figuras de pensamiento hay que desentrañarlo con auxilio de contextos más amplios ya sea explícitos en párrafos o páginas (anteriores o posteriores) o implícitos (lo que ya se sabe o lo que se sobreentiende). (Pellicer 56)



            Pellicer reflexiona sobre la Teoría de la novela, de Lúkacs, y expresa que éste concluye que “la novela es la forma de la virilidad madura”, y explica, “pues es en el estado adulto cuando surgen las contradicciones entre el mundo ideal de la juventud donde los héroes van guiados y protegidos por los dioses, […] y el mundo real en el que el héroe ha sido abandonado por ellos.” Expresa que para Lúkacs la novela moderna se inaugura con Don Quijote, “que representa la tensión de esos dos mundos resuelta por medio de la ironía.”, y que Lúkacs “llega al extremo de convertir a la ironía en el equivalente de todo un género literario, es decir, de la novela” (Pellicer 63).  Flaubert expresó a Louise Colet en una carta: “Lo que hay de prodigioso en Don Quijote es la ausencia de arte y esa constante fusión de ilusión y realidad que lo convierte en un libro a la vez tan cómico y tan poético. A su lado, ¡qué enanos parecen todos los demás!” (Flaubert [e] 46).



De Man, también reflexiona acerca de las contradicciones que conviven en la novela moderna siguiendo el razonamiento de Lúkacs, y expresa:



Esta dualidad temática, la tensión entre el destino del hombre confinado a este mundo y la conciencia que busca trascender esta condición, lleva a la discontinuidad estructural en la forma de la novela. La totalidad procura una continuidad que es comparable a la unidad que posee una entidad orgánica, pero la enajenación se sobrepone a esa continuidad y la interrumpe. Junto a una <> la novela también exhibe una <>. Lúkacs llama ironía a esta discontinuidad. La estructura irónica actúa como agente interruptor; sin embargo, revela la verdad de la situación paradójica que la novela representa. Lúkacs puede afirmar, por tanto, que la ironía puede proporcionar los medios por los que el novelista trasciende, dentro de la misma forma de la obra, la contingencia de su condición. <> (De Man 67, la cursiva es nuestra).



            El quiebre producido es en cuanto a la noción de novela, hasta el momento vista como una mímesis, o representación de la realidad, dando paso a un análisis de esa realidad, del cual la novela es el resultado. Expresa que Lúkacs, con un original punto de vista, concibe el uso de la ironía como una categoría estructural, y lo expone así:



Pues si la ironía constituye, en efecto, el principio determinante y organizador de la forma de la novela, entonces Lúkacs se está deshaciendo de las nociones preconcebidas sobre la novela, vista tradicionalmente como una imitación de la realidad. La ironía mina constantemente las pretensiones de la imitación y coloca en sustitución una conciencia despierta e interpretada de la distancia que separa la experiencia concreta del entendimiento de esta experiencia. El lenguaje irónico de la novela media entre la experiencia y el deseo, y une lo ideal y lo real dentro de la compleja paradoja de la forma. Esta forma no puede tener nada en común con la forma orgánica y homogénea de la naturaleza: se fundamenta en un acto de conciencia, no en la imitación de un objeto natural (De Man 68).



            En otra carta, Flaubert escribe a Louise Colet: “la ironía no le roba nada a lo patético. Al contrario, lo extrema” (Flaubert [e] 45). El autor está consciente del mecanismo y su impacto, que es capaz de “mover y agitar el ánimo infundiéndole afectos vehementes, y con particularidad dolor, tristeza o melancolía” (RAE).      



Lo ridículo



Flaubert se para frente a su propia vida, con esa actitud irónica, desencantada. No le es difícil ver el mundo como algo absurdo. Pareciera ser esa una de las raíces de su ironía. Como Baudelaire, en El Spleen de París, conteniendo el sinsabor, cotidiano. Flaubert escribe a Louise Colet en 1846:



Lo que es grotesco y triste a un mismo tiempo posee para mí un encanto indefinible. Responde a las necesidades de mi naturaleza bufonamente amarga. No me produce risa, me hace soñar. Lo que me impide tomarme en serio, aunque yo sea de carácter más bien circunspecto, es que me siento ridículo, no con esa ridiculez relativa a la comicidad teatral, sino con la ridiculez intrínseca a la misma vida humana, y que se desprende de la acción más simple o del gesto más común. Nunca, por ejemplo, dejo de reírme cuando me afeito, pues me parece un acto completamente estúpido (Flaubert [b] 48).



El amor tampoco queda fuera de esta actitud de Flaubert, escribe a Louise Colet en otra oportunidad:



Jamás tuve ninguna querida. Vas a creer que miento; pero jamás dije algo tan exacto, y la razón es ésta: la faceta ridícula que veo en el amor siempre me impidió entregarme a él. He deseado, en ocasiones, seducir a una mujer, pero con sólo pensar en el aspecto extraño que en esos momentos debía de tener me entraban ganas de reír. Tanto es así que mi voluntad se derretía al fuego de mi ironía interior, y dentro de mí cantaba el himno de la amargura y de la irrisión. Únicamente contigo no me he reído de mí mismo todavía (Flaubert [b] 26).



Su desconfianza y falta de esperanza en el amor se traslucen en la novela, a lo largo de sus páginas. Expresa el narrador en un pasaje: “Queriendo dar a entender con estas exclamaciones muchas buenas futuras, para dar de él mejor opinión; del mismo modo que Rosanette no confesaba todos sus amantes para que él la estimase más; porque en medio de las más íntimas confidencias, hay siempre restricciones, por falsa vergüenza, delicadeza, piedad. Se descubren en otro, en uno mismo, precipicios o fangos que impiden continuar; se siente, además, temor de no ser comprendidos; es difícil expresar exactamente lo que sea; por eso son raras las uniones completas” (p. 405, la cursiva es nuestra). Esta actitud se explica en parte por su época vital, la modernidad.



Modernidad



En un contexto moderno, para los autores del siglo XIX, que están al “amparo” del desamparo trascendental, la novela es “la epopeya de una época para la que no está ya sensiblemente dada la totalidad extensiva de la vida, una época para la cual la inmanencia del sentido a la vida se ha hecho problema pero que, sin embargo, conserva el espíritu que busca totalidad, el temple de totalidad” (Lúkacs 323).



            La soledad del París de la novela, en que todas las clases luchan, según Lúkacs, “emite nuevos problemas trágicos, el problema propio de la tragedia moderna, la confianza” (Lúkacs 312). La soledad de este héroe moderno, de una existencia sin sentido, hace que se guíe únicamente por los intereses económicos. Frédéric vive en una carrera por alcanzar diversos objetivos, siendo finalmente el peligro que se conviertan en realidad. Paradójicamente la complicación de Frédéric es que a medida que va logrando lo que desea va distanciándose de esos deseos, y así con todas sus aspiraciones.



            Ésta, es una actitud que Flaubert quiere desenmascarar:



La vida y obra de Gustave Flaubert están impregnadas de un carácter analítico muy particular que pretendía sobrevolar las ideas aceptadas de su tiempo, las verdades inmutables y su versión lingüística rutinaria, para desmontar sus falacias y mostrar la mentalidad mezquina en que se asentaban. Esa actitud será compartida por otros narradores contemporáneos de Flaubert, especialmente por su joven amigo y discípulo Guy de Maupassant. Pero el autor de Madame Bovary unía en su trayectoria intelectual quizá más que ningún otro novelista de su tiempo, la arrogancia de las ideas románticas y el objetivismo de la escuela naturalista. […] Es esa clase de francés medio, mediocre, ambicioso impotente o acomodado en un bienestar sin fundamento, el que protagonizará las obras más conocidas de Flaubert. Alrededor de Emma Bovary y de Frédéric Moreau pululan esos personajes satisfechos de sus convencionalismos y seguros de que sus elecciones vitales concuerdan con <> de la época.  Y tanto la <> de Yonville-L’Abbaye, como el ambicioso joven provinciano son síntesis apretadas de esos rasgos que no solo los rodean sino que los configuran. Llevarlos al fracaso fue para el autor, junto a una proeza literaria, una parte de la venganza que sus contemporáneos le inspiraban, una venganza que confiaba poder expresar plenamente en su Diccionario de lugares comunes (Provencio 13).



Dos años antes de Madame Bovary, Flaubert escribía, desde su viaje a Oriente, a su amigo Louis Bouilhet: “Haces bien en pensar en el Diccionario de lugares comunes. Este libro, una vez hecho, y precedido de un buen prefacio donde se indicaría que la obra ha sido escrita con el objetivo de rescatar al público de la tradición, del orden, de la convención general, y trabajado de tal forma que el lector no sepa si se están riendo de él o no, sería quizá una obra extraña y capaz de triunfar” (Flaubert citado en Provencio 14). Flaubert busca, mediante la ironía, burlarse de sus contemporáneos, librándose de la tradición, y haciendo patente las bases desprovistas de sentido sobre las que se cimienta la sociedad francesa de su época.



Y busca además, hacerlo basándose en la forma, como lo más fundamental para lograr su propósito. Kafka, admirador de Flaubert, identifica esta hazaña, y “advierte la gracia indecible e inexorable que [corre] por [las] páginas [de La educación sentimental], su pura e inmaterial forma musical”. Magris continúa explicando:



Flaubert aspiraba a escribir, como decía en 1852 a Louise Colet, […] <>. La indignación de los austeros moralistas y el aplauso de chismosos estetas han malinterpretado por igual a Flaubert y su dedicación a la forma. La revelación poética, que atrae a la mente y toca el corazón haciendo aparecer de repente la verdad de la vida, es siempre una forma, un ritmo que hace percibir el fluir de la existencia. Si la música es la experiencia más alta de la intensidad de la vida, encerrada toda en el estilo, el muchacho que primero lee Los tres mosqueteros y el adulto que más tarde se acuerda de ello no quedan embelesados por el sujeto, por la intriga o por un duelo, sino por la onda del cuento que los sostiene, los superpone y los disuelve (Magris 32).



Indeterminación



En este contexto moderno, sin embargo, no notamos al comienzo que estos rasgos sean los característicos del protagonista. Sólo a medida que avanzan las páginas empezamos a descubrir su verdadera naturaleza, incierta, dubitativa y poco comprometida. El romanticismo y su verdadera vocación a la acción se nos desvanece de las manos. Va quedando al descubierto el carácter de “ameba” de Frédéric, una veleta que va con el viento. Ceserani expresa este conflicto del protagonista:



El tema fundamental de la novela es el estado de “suspensión” en que se encuentra el protagonista, Frederic Moreau, su indeterminación, es decir, su ser, tanto subjetivamente como objetivamente, indeterminado, dudando sobre qué elegir y en qué parte estar: por un lado la burguesía profesional que se encuentra en torno a los Arnoux,  y por otro, la sociedad mixta de nobles y pequeñoburgueses, artistas y periodistas que frecuentan el salón de los Dambreuse; de una parte, el mundo de la política y de los negocios, y, de otra, el mundo del arte y de los fermentos intelectuales. (Ceserani 145)



Fréderic ve a su amante, la señora De Arnoux, como salida de un cuento de hadas, y

“estas satisfacciones imaginarias, idénticas a las de la Emma embebida en los libros románticos de los que se cree ha cobrado vida, precisan las cualidades de anti-héroe de Frédéric que van moviéndolo siempre en el terreno de lo ambiguo, lo oscilante y lo inestable afectivamente”. Frédéric, no encaja en el proceso de opción-renuncia. Ve un abanico de posibilidades, las cuales desea de manera ferviente y al poco tiempo desecha, pero no es capaz de ir eligiendo, dando paso a aceptar en propiedad lo que en esa decisión se deja atrás. “El proceso dialéctico de Frédéric […] se establece a consecuencia del choque entre sentimientos opuestos o entre deseos encontrados. Nunca se entrega plenamente a sus amantes. Constantemente recuerda a las unas cuando está con las otras. Esta recurrencia frena la progresión amorosa. […] el proceso de oscilaciones y dubitaciones, evidencia de la crisis existencial producida por el desarraigo y el tedio, desencadena por la sustitución de un deseo amoroso, por un nuevo deseo amoroso, sin aparente solución de continuidad” (Pérez 35). 



La novela es cercana a la persona de Flaubert, y hemos expresado ya su carácter en parte autobiográfico. Le confiesa a Louise Colet en una carta de 1846:



Quizá lo impotente en mí sea el corazón. La deplorable manía de analizarlo todo me agota. Dudo de todo, y hasta de mis dudas. […] Si me quitan la exaltación nerviosa, la fantasía de espíritu y la emoción momentánea, poco me quedará. Ése es el hombre por dentro. No estoy hecho para gozar. No hay que tomar esa frase en su sentido más prosaico, sino captar su intensidad metafísica. Siempre me digo que labraré tu desgracia, que sin mí tu vida no se habría visto enturbiada, que llegará un día en que nos separaremos (y me indigno de antemano); entonces la náusea de la vida me sube a los labios y siento un asco inaudito de mí mismo y una ternura muy cristiana por ti (Flaubert [b] 22, la cursiva es del autor).

           

            Estas ideas que él mismo expresa respecto de sí, nos dan luces de lo que subyace en la novela, una crisis existencial a causa de lo absurdo, una total desilusión del mundo.



Desilusión



El desencanto va agudizándose a medida que avanza la historia. Es posible advertir el sinsentido de los objetivos vacíos. “La Educación Sentimental es, según la Teoría de la Novela (1916) de Georg Luckács, una ilustración capital de la novela de la desilusión que, a su vez, ilustra la situación de la modernidad que ha creado “insalvables abismos entre el conocer y el hacer, entre el alma y las imágenes, entre el yo y el mundo” (Tollinchi 897).



Flaubert, por su personalidad, historia y visión crítica de la sociedad, desea hacer ver de manera sutil su desilusión, la que se va revelando mediante la ironía. “La educación sentimental puede ser considerada, después de Madame Bovary, como un esfuerzo victorioso de Flaubert de purgarse del romanticismo de su juventud. Faguet había ya mostrado que Frédéric Moreau era el hijo espiritual de Bovary y de Emma. Se encuentran en él esa herencia de ilusiones interiores, de descalabros amorosos, de fracasos sentimentales que su madre le ha legado. Pero esa herencia era también la de Flaubert; y aquí liquida, por la observación y la ironía, todos sus sueños, todas sus quimeras de los veinte años, que había pintado en 1845, en ese libro que llevaba ya el mismo título. Entre la primera educación sentimental, la escrita cuando el autor tenía 25 años, y la educación de 1869, media toda la experiencia de Flaubert, adquirida a lo largo de 25 años que las separan” (Mayniel citado en Glantz 10).



Tollinchi dilucida la manera como Flaubert se libera del romanticismo de su juventud:



El milagro de su grandioso experimento es que de un mundo tan desgraciado [Emma atrapada refugiada en sus lecturas y sueños románticos] hayan salido figuras como la de la misma Emma –a pesar de que no escape a la sátira flaubertiana- la de Madame Arnoux o la de Félicité. Pero el refugio de Emma era tan burgués como el tedio y la mezquindad de la que pretendía escapar, pues había sucedido que la burguesía había trivializado y sentimentalizado los hallazgos de la sensibilidad romántica. Mal se entiende a Madame Bovary si se la entiende como la impotencia de la generación de Flaubert de adecuarse a los sueños románticos. En tal caso, la novela no hubiera sido acogida como una novedad en el momento. Lo que es, en realidad, es la crítica más objetiva posible de una mujer que tipifica la sensibilidad romántica reducida al nivel de lugar común. Tal es la razón por la cual la misma Emma no puede darse cuenta de su situación real; por eso incumbe al novelista aclarar las confusiones de su protagonista” (Tollinchi [b] 123).



            Es por esto que se hace tan patente la ironía de Flaubert, y es posible entreverla en las descripciones románticas de las que está plagada la primera parte de la novela, y en la indecisión del protagonista en la parte segunda y tercera. En la novela “quedará también [fuera] el subjetivismo extremo de antes que daba pie a la subjetividad del amor, en la imaginación, en sí mismo y que, a su vez, redundaba en los grandes gestos, en la hipérbole expresiva y sentimental. Así lo dice Flaubert en una carta a Louise Colet de diciembre de 1846: <>. Un sentido común que pone de moda el pudor ante los modos anticuados, que propulsa la purificación de los afectos y la serenidad y que, sobre todo, está dispuesto a emplear la ironía contra todo el mundo” (Tollinchi [b] 124).



            Como hemos dicho, Flaubert aspiraba a encontrar para cada frase la mot juste, o palabra  justa, “pero lo <> y lo <> son inalcanzables. Se trabaja para ponerle fin a la oración, pero en realidad la oración no se termina nunca. Es como si la infinitud cósmica que señala el principio de la era moderna hubiera terminado por alojarse en el seno mismo de la palabra. La creación artística es, por lo tanto, interminable, y en consecuencia, la obra quedará siempre imperfecta. Importa más el ideal inalcanzable que la obra realizada. Lo cual no le resta valor a la frase efectiva de Flaubert, de la que ha dicho R.A. Sayce que quizá <>. Con esa frase Flaubert contesta el problema de si la prosa nueva podía dar cuenta de la sordidez burguesa sin sucumbir a la sordidez y a la trivialidad” (Tollinchi [b] 125).



El intento de Flaubert da nacimiento a nuevas maneras de la novela. La modernidad está impregnada en ella, “es como si Flaubert viviera de la impresión, que es de tantos espíritus de la época, de que ya no hay verdad, base o fondo en el cual el hombre pueda confiar o apoyarse. No hay duda de que la renuncia al destino, a la unidad o a la intelección representa un gran ensayo por encontrar nuevos modos de ser o imaginar. Pero lo determinante es que en el mismo ensayo está presente la voluntad de eliminar toda realidad que se halle más allá del lenguaje o de la imaginación” (Tollinchi [b] 127).



En ese intento, Flaubert encarna una pluralidad que debemos agradecer, en la cual todas las opiniones tienen cabida. Al instalar ese concepto nos abrimos a un mundo donde lo necesario no puede aplastar a lo contingente. Donde cada persona es válida en su individualidad, donde podemos gozar de la diferencia, que nos lleva al mejor entendimiento del género humano, contribuyendo a la paz. “La devaluación de los contenidos, la aspiración a la <>, la voluntad de estilo, todo va dirigido a liberar a la novela de todas las ataduras políticas, sociales o morales que hasta ahora pudieran constreñirla. Es decir, con esto Flaubert pretende asegurar la estetización de la novela, o lo que es lo mismo, su autonomía. Simultáneamente eso equivalió a crear y legarle a la posteridad un problema que todavía estamos tratando de resolver, si es que hay solución. Los problemas son evidentes en las ambivalencias y ambigüedades que produce la ironía flaubertiana, tanto respecto a sus personajes como respecto a su persona” (Tollinchi [b] 130).



Fin del héroe romántico



            Vemos entonces en la novela, el fin del héroe romántico, el protagonista cobarde, inseguro, que se guía por el interés de lucro, por el amor del momento, que va cambiando constantemente, y nada le es suficiente, ni nada de lo que obtiene es realmente buscado. Tollinchi lo expone así:



La obra de Gustavo Flaubert insiste con especial saña en la liquidación del individuo romántico. Tanto Emma Bovary como Federico Moreau se distinguen por su apego a la imaginación, a los sueños, a las pasiones poéticas y musicales, al exotismo. La fantasía los arrastra fuera de sí y de los lugares en que se hallan; la vida interior y las impresiones superan por mucho los hechos y la vida práctica. Pero Emma Bovary no puede sostener por mucho tiempo las exigencias de ese yo ni las presiones del mundo externo. El yo romántico, concebido como refugio de la sociedad, se ha tornado harto problemático y parece exigir el suicidio. En Frederico Moreau la descomposición se agudiza, pues falta la voluntad que caracterizaba a Emma y el heroísmo de los protagonistas de Salammbó. […] La Educación Sentimental es la novela del fracaso, la epopeya de la mediocridad (Gide). El protagonista (“el hombre de todas las debilidades”), representa el fin del héroe romántico: la estupidez, la impotencia, la cobardía o la simple flojera (veulerie) no le permiten querer nada en serio, atreverse a nada. (Tollinchi 895)



            El vacío total podemos sentirlo en su máxima expresión en el último encuentro de los protagonistas, expresado con un magistral “eso fue todo”, cuando Madame Arnoux parte, precedido por el fin del velo sobre los ojos de Frédéric, respecto a su ambición amorosa, donde tome distancia “para no degradar su ideal”:



-Hubiera querido hacerle a usted feliz.

Frédéric sospechó que la señora Arnoux había venido para ofrecerse, y se sintió sobrecogido por un afán más fuerte que nunca, furioso, rabioso. Sin embargo experimentaba algo inexplicable, una repulsión y como el horror de un incesto. Otro temor le detuvo: el de un disgusto futuro. Además, ¡qué obstáculo sería aquello! Y a la vez, por prudencia y para no degradar su ideal, dio media vuelta y se puso a liar un cigarrillo. Le contemplaba ella maravillada. […]

Dieron las once.

-¡Ya! –dijo-. En un cuarto de hora, me iré.

Volvió a sentarse; pero observaba el reloj ella, y el continuamente paseando y fumando. Ambos no encontraban ya nada que decirse. Hay un momento en las separaciones en el que la persona amada no está con nosotros ya.

[…] Cuando salió, Frédéric abrió la ventana; la señora Arnoux, en la acera, llamó a un coche que pasaba, subió y desapareció, y eso fue todo” (p. 513, la cursiva es nuestra).



            Y este fracaso final, amoroso para Frédéric, y político para su gran amigo Deslauriers, es atribuido a aspectos externos, desligándose ambos de la responsabilidad:



Y resumían su vida, que ambos habían disipado: el que soñó con el amor y el que soñó con el poder. ¿Cuál era la causa?

-Quizá sea la falta de línea recta –expuso Frédéric.

-Para ti, quizá. Yo, por el contrario, he pecado por exceso de rectitud, sin tener en cuenta mil cosas secundarias, más fuertes que todo. Yo he tenido demasiada lógica; tú demasiado sentimiento.

Y acusaron a la casualidad, a las circunstancias, a la época en que nacieron (p. 516, la cursiva es nuestra).



Pero el asunto empeora, y para terminar de rematarlo, y para que ningún lector pudiera quedar sin descubrir las verdaderas intenciones de Flaubert, los protagonistas acaban diciendo que la mejor aventura fue una que tuvieron cuando niños, echando por la borda una vida de vivencias, e intensificando el vacío. Recuerdan sus vacaciones de la infancia, y recuerdan especialmente las de 1837, cuando estuvieron en casa de la “turca”:



Frédéric presentó su ramo como un enamorado a su novia; pero el calor que hacía, la aprensión de los desconocido, una especie de remordimiento y hasta el placer de ver de una sola ojeada tantas mujeres a su disposición, le conmovieron de tal modo, que se puso muy pálido, y permaneció quieto y sin decir nada. Todas reían, contentas por su confusión; creyendo que se burlaban de él, escapó, y como Frédéric tenía el dinero, Deslauriers se vio obligado a seguirle. Se los vio salir y aquello se convirtió en una anécdota memorable, no olvidada en tres años. Se la contaron muchas veces, contemplando cada uno de los recuerdos del otro, y cuando acabaron:

-Esa fue nuestra mejor aventura –dijo Frédéric.

-Sí, quizá sea nuestra mejor aventura –repuso Deslauriers (p. 518, la cursiva es nuestra).



La vida de los protagonistas queda entonces reducida a la casualidad y al sinsentido, “el último encuentro con Marie Arnoux demuestra hasta qué punto la autenticidad se ha hecho imposible en la Francia de entonces; cómo la duplicidad se enseñorea de cada palabra y gesto de Federico. Acaso pueda ser que todavía quede un aura romántica que nos permita creer que la ilusión es siempre superior a la realidad (la visita frustrada al burdel “ha sido lo mejor que hemos tenido” –y ha tenido lugar antes de la novela en sí) pero tal ilusión se paga con el precio de no poder participar en el mundo de los demás y con el tedio infinito. La vida del individuo queda reducida al azar y a lo absurdo” (Tollinchi 896).



Las agresiones contra la sociedad, “este furor” lo llama Vargas Llosa, “a ratos paroxístico, fue en realidad saludable, hizo que Flaubert tendiera un puente literario (aunque fuera de injurias) hacia esa sociedad de la que se sentía exiliado. De este modo su vocación produjo una obra que fue lo que ha sido siempre la gran literatura: a la vez una causa y un efecto de insatisfacción humana, un quehacer gracias al cual un hombre en conflicto con el mundo encuentra su manera de vivir, una creación que revisa, pone en tela de juicio, mina profundamente las certidumbres de una época (empezando por la moral) y las costumbres, en Madame Bovary, y terminando por la cultura y la noción misma de saber, en Bouvard et Pécuchet, la novela que escribía cuando murió). La cólera fue en el caso de Flaubert, constructiva” (Vargas Llosa 234).



Conclusiones



En esta novela, fundadora de la fisonomía actual del género según algunos autores, se oculta una ironía que recién es posible advertir en su totalidad en la última parte. Lo que presenciamos desde el principio, y durante su desarrollo, son señales de alerta, indefinidas. En la primera parte, la novela nos induce a error, creemos estar en presencia de una novela romántica. Pero, desde el inicio, sospechamos que hay algo más. La insatisfacción se respira, y es difícil dar crédito romántico a esas descripciones tan exageradas. Desde el comienzo se nos advierte que nada en la novela es lo que parece. Esto por dos razones, la intensidad de las metáforas empleadas, y la falta de compromiso que empieza poco a poco a identificarse en el personaje de Frédéric.



El resultado final, y la profundidad de la ironía, sólo somos capaces de advertirla al término de la historia, y eso es irónico en sí mismo. Flaubert está riéndose de la audiencia, y de pasada vengándose de sus contemporáneos, al revelar sus verdaderas intenciones en la última etapa. Juega con los sentimientos del lector, sin remordimientos, quien cree ir en una dirección, y acaba en otro lugar. Al cerrar el libro, la sensación es de total desconcierto. “Creía yo estar leyendo un amor que se consumaría, o que terminaría en el suicidio, de no poderse concretar, y acabé conociendo a una pareja que no tiene nada que expresarse, que es ajena, y que en esa indiferencia hay algo podrido, que termina en náuseas, rechazo”, diría un lector. “Iba yo por la páginas, sonriente, alegre, soñando con lo hermosa que sería la escena de amor cuando los protagonistas se jurasen amor eterno, una cúspide, una catarsis que todo lo puede, y seguí esperando, seguí esperando, hasta que llegue a las últimas páginas y supe de la traición que se me hacía, sabiendo que la gran culminación romántica no llegaría nunca”, diría otro afectado. Y las ansias son de venganza, a ultranza, de tristeza, y de rabia. Frédéric no quiere ser quien debiera. No puede. Y Flaubert sabe esto, y es justamente eso lo que desea. Y no puede ser de otra forma tampoco, porque no puede traicionarse a sí mismo, y él conoce esa insatisfacción de no lograr lo querido, de no amar lo que se tiene, de sentirse abandonado y desventajado. Lo expresa a Louise Colet, uno de sus grandes amores, en sus cartas. “La faceta ridícula que veo en el amor siempre me impidió entregarme a él”. Vemos en Flaubert un gran crítico, y un desilusionado hasta la médula. Nada tiene gracia. “No estoy hecho para gozar”, dice, y queremos captar la intensidad metafísica de sus palabras, y en ese tránsito, sabemos que la novela no podría haber sido de otra forma.



Pero no hay que enojarse con Flaubert por su traición, hay que saborearla, darle una segunda vuelta, captar realmente su intensidad metafísica, y felicitarlo, porque logró lo que quería, y magistralmente, sabiendo que en ese acto lo que no hizo fue traicionarse a sí mismo.



            Y de paso nos dejó una obra de Arte, en que cada página contiene la mot juste, párrafos de una belleza insuperable. La gran bella ironía. Debiéramos estar agradecidos.



Sí, también fuimos víctimas nosotros, pero de una traición sublime. De esas con las que soñamos algún día lograr. Flaubert, maldito y bendito. Flaubert, dios. Creador de mundo.







Obras citadas



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* Trabajo elaborado por:
Andrea Balart Armendariz
Santiago, diciembre de 2011.

Magíster en Humanidades, mención Literatura y mención Filosofía
Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez
Realismos del Siglo XIX
Profesora: Antonia Viu Bottini