24 de mayo de 2011

Esa energía

Mira, si pensáramos todo plano, simple, aburrido, como militares, yo pensaría que no existe nada superior ni etéreo, ninguna energía, pero si Poe fue capaz de escribir un cuento como El Hundimiento de la Casa Usher, o Cortazar, Casa tomada, tan llenos de simbolismos, de doble sentido, de atmósferas que van más allá de las palabras, entonces siento que algo mágico nos embarga, que no podemos asir, más que sonriendo o disfrutando, esas sugerencias que nos hacen sentir la fuerza que nos une.
Propuesta:
La historia destapada de símbolos (o con nuevos símbolos).
Buceando (o acaso ahogándonos) por El Hundimiento de la Casa Usher, y Casa tomada. Poe y Cortázar entre las algas, la casa y el incesto.


Dos amantes hermanos, viven atorados con la culpa, y el deseo constantemente reprimido, consecuencia del tabú, de lo prohibido. Buscan toda suerte de pasatiempos para evadir esas ganas de tener conversaciones románticas y poder acariciarse. El hermano está triste porque su hermana murió, pero respira hondo porque ya no tendrá que volver a sentirse culpable, por sentir lo que siente, por ser quien es. Lejos de esa casa, un gran deseo incontenible llena de valor a un hermano (otro), para dar un nuevo paso e intentar declarase a su hermana, asunto al cual finalmente no se atreve. Espera un tiempo y armándose de valor, le dice –no esperes más- es tiempo ya –te amo-: debemos mandar todo al infierno y enfrentar esto. –vámonos a otra ciudad- dice ella. Por mientras en el palacio, la hermana despierta de su coma, y quiere unirse finalmente a su hermano. Él no puede finalmente negarse, y finalmente llega el fin final. Todos se enteran, y ante la culpa, se suicidan, llevándose con ellos al hijo con orejas gigantes y mirada desviada. Por de pronto, el hijo-de-la-pareja-que-vivía-en-la-casa-antigua, existe sin remordimientos, desconociendo el vínculo que liga a su madre, de nombre Irene, con su padre. Este niño también tiene la mirada desviada, de hecho, ocupa anteojos, discretos, pero necesarios. No hace preguntas. Otros le preguntan. No contesta. No sabe. Nadie les habla. Un día. Algo se sabe. El hijo con orejas grandes está enterrado. Grita desde la cripta. Pero nadie escucha. Sus papas están congelados en una mueca de horror, por lo que no pueden asistirlo. Podría decirse que está abandonado. Nadie le habla tampoco. Está solo. Es finalmente uno. Es finalmente uno. Cada hijo-uno por su parte es una sola unidad. Completa soledad. No pueden mirar hacia fuera. La mirada está desviada hacia adentro. Son finalmente uno. Soledad completa. Plegaria. Ganas de desaparecer. De retroceder en el tiempo. Maldecir. Denigrar al deseo, obligarlo a marcharse. Evadirse para siempre y sortear el infierno. Una terapia, una buena terapia. Olvidar las ambiciones. Encontrar otros sentidos para la vida. Llegar temprano a ellos mismos y anticiparse a las ansias. Olvidar esas, buscar otras, afanarse intensamente buscando otros sentidos para la vida. Ocupaciones mágicas que derrochen sentimientos. Que sean suficientes. Encontrar a otros. Otros. Que están afuera. Que son otros. Que les permiten salir. Crecer, perdurar. Criar niños sin orejas gigantes, que no estén muertos, que vean de frente, que tenga la mirada recta. Que no sientan una vergüenza inexplicable. Que no tengan que pedir perdón por mirar hacia adentro. Por ser unos. Por estar fallados. Por estar tristes. Por soñar con otros. Por desdeñar a la tribu. Por querer esconder la desnudez. Por estar condenados. Por nacer con orejas gigantes, pero no escuchar nada. En definitiva unos, solos, condenados, tristes. Avergonzados, reprimidos y muertos.

13 de mayo de 2011

Una vez me corté mucho el pelo. Creo que fue una forma de censurarme. De castigarme. De querer acabar con la belleza, con un símbolo de mi sensualidad. Con anular mi capacidad de seducción. Con mostrar devoción, un ahora sí que sí, dame una oportunidad. Actué mal, pero puedo cambiar. Puedo estar contigo, y las cosas estarán bien. Fue un asunto de dejar atrás, de no ser la misma que había sido para Martín. Esa, tenía que dejar de existir, y para siempre. Esa, tenía que morir. Ese impulso de vida y de muerte que sentía hacia él tenía que morir. Esa pulsión vital que abrasaba mis entrañas, tenía que apagarse. Desaparecer. ¡Cómo apagarla! Me consumía de una forma que no habría sido capaz de controlar. Ni fui capaz tampoco. Tomó mucho tiempo. Era un llamado desde muy adentro de mí, de lo más profundo, una exhortación que no podía ignorar. Era el amor puro, sublime, un asunto desesperado, único, que prometía todas las explicaciones para mi existir. Una promesa de vida, de paraíso, de felicidad. Una sugerencia de cosecha interminable, de abundancia, de mariposas, de locura, de pasión. Y de muerte, de dolor, de trasgresión, de prohibición, de hundimiento, de desaparición, de sepultura. Era demasiado potente. Era todo. Él era lo más perfecto que había visto, lo más despierto, y encarnaba una promesa en extremo maravillosa, la posibilidad de entender el mundo, de unirse a mi causa de desentrañar las raíces de la humanidad, las causas de la vida, de la creación, el sentido de nuestro pasar, y lo más importante, el amor sinfín. Un amor que yo no conocía, que contenía tanta pasión que todo lo quemaría. El problema fue que efectivamente todo se quemó. Todo. Luego del gran incendio no quedó nada. Fue tan grande el fuego que me dejó vacía, extenuada, negra, destruida. Lo que diga será poco. El fuego lo arrasó todo, todas las promesas, se acabaron. No fuimos a ningún lado, y finalmente, volví a donde había partido, al lugar del inicio, más perdida que antes, y en total desamparo. Ni siquiera las paredes de mi habitación me resguardaban. Había exhibido mi piel a la intemperie, había dejado entrar a muchas personas al baile, y ya ni siquiera el silencio era silencio. Era un dolor ruidoso, y una gran planicie, sin atisbos de nuevas promesas. Pero había sido feliz. Eso pensé. Hasta un cierto punto había sido feliz. Mucho tiempo después, dudé, respecto al valor que tuvo en realidad. Si acaso valió la pena, si podría haber sido de otra forma. No lo sé. Pero viví la euforia, y pagué cada latido eufórico, por mucho tiempo, y para siempre. Pagué muy caro, quizá demasiado, pero acontece que la pasión era mucha, y mucho lo que perdí. No me aclaro, no puedo poner los sucesos en una balanza, ni sé, si podría haber actuado distinto. ¿Fui víctima? ¿Fui tonta? ¿Fui impetuosa? Probablemente, pero la sangre hervía. No pude ver más allá, me culpo por eso. Fui tonta. Fui ciega. Fui libre. Condené mi vida, perdiendo el rumbo. ¿Hay espacio para arrepentirse? ¿Tiene sentido hacerlo? A veces sí, y otras veces, definitivamente no. Hoy, es uno de esos días en que el asunto duele, y creo que quizá podría haber actuado distinto. Que quizá las cosas habrían tomado otro rumbo, y que ahora serían distintas. Pero, todos los días son diferentes, y en general me parece que todo está muy lejos ya. Muy lejos, y que ya no existes. Puedo decirlo en voz alta: Emiliano ha muerto. Unas flores, y mañana será otro día.

(Fragmento de la novela Cambia el sentir un amante de Almendra Armendariz)

9 de mayo de 2011

Aparece en sueños, una y otra vez. Es el indicador de que algo comienza. Como sorprenderme haciendo planes para dos, de manera unipersonal. Conscientemente no hay nada, no podría aventurarlo, porque ni siquiera es algo que ocupe mi mente. Pero luego, despertar por la mañana y recordar que es la tercera noche que está ahí, que tenía un papel protagónica en la trama de mi historia inconsciente. En el desarrollo del cuento, además, es amable, me pone atención y requiere mi compañía. Entonces despierto y la sensación es extraña. Luego, lo veo, esta vez su existencia es corpórea, y se mezcla con esa magia etérea de los sueños, donde todo es posible. Donde las situaciones pueden ser perfectas, sin asuntos que las oscurezcan, donde es viable no reparar en detalles ni consecuencias. Donde la mente no opera mayormente. Es sentir, existir, de aquí para allá, en un hermoso vaivén, donde lo más importante, e incluso lo único importante, es estar en ese momento, sin futuro, sin mayores análisis, y sin secuelas ni ramificaciones. Parece irreal, por algo es la vida de los sueños, porque está confinada a una nebulosa que se va flotando. Para no volver. Quizá es demasiado real, porque nadie nos niega que esas historias quizá sucedan en otro lado. Debe tener algo de real al menos, porque él comienza a aparecer en los episodios, y debe haber alguna razón. ¿Cómo puede hacer uso de mi libreto nocturno por tres actos seguidos? Es un protagonismo excesivo. Tomando en cuenta la cantidad de tiempo que está presente en mi mente durante el libreto diurno. Le he pedido que se marche, pero esas instrucciones no tienen efecto en ese espacio. Esa es otra característica, no es posible participar de la creación de la historia. Se desenvuelve sola, auto creándose, momento a momento. Muchas veces acontecen sucesos impensados, imposibles, prohibidos, absurdos. En las tres últimas circunstancias ha estado presente, participando en eventos insospechados, diciendo cosas que no habría imaginado, para seguir dando vueltas en mi cabeza cuando llega el día, cuando la noche acaba, cuando el sol sale, cuando se va, y durante todo el tiempo que se mantiene flotando en el cielo.

(Fragmento de la novela Cambia el sentir un amante de Almendra Armendariz)

3 de mayo de 2011

Ahora entiendo cómo se sentía Matías. Lo entiendo perfectamente. Ese abandono a la nada. Esa desilusión del mundo. Esa pena, y esas ganas de desaparecer. Pobre. No sabía que me pasaría lo mismo. ¿Acaso por eso me dejó? Para no tener que decirme cara a cara que el vacío existe. No tener que pedirme perdón por existir, por saber de eso. No tener que decirme la verdad cuando ya no era posible ocultarla más.

(Fragmento de la novela Cambia el sentir un amante de Almendra Armendariz)