No he parado en todo el año. Hoy es el primer día
que llego a mi casa después del trabajo y no tengo nada que hacer. Es una
felicidad indescriptible y una calma mágica. Pongo música, cierro los ojos,
agradeciendo esta tregua. Respiro hondo, sonrío. Escribo estas líneas, sin
prisa. Anhelando bajar las revoluciones para este nuevo año. En este ritmo de
vida una parte de nuestra alma se va erosionando, porque no alcanza a
renovarse, y al no ver las cosas en profundidad se va haciendo efímera y
superficial. Desechable. Mientras escucho estos acordes de paraíso me prometo a
mí misma renovar esa parte de mi alma que ya no está. Que se fue por la aceleración
de los tiempos, la creencia de que es posible estirar los días hasta crear
horas que no existen. La voluntad explícita de extender el cerebro a funciones para
las cuales no fue creado. La ceguera de ver al corazón consumirse en tanto alargar
cada segundo, sin intentar que pase cada uno a su manera, no pidiéndoles desfiguraciones
y acrobacias para llegar adonde no pueden hacerlo. Me prometo a mí misma
detenerme ante las palabras, las miradas. Mirar a los ojos hasta poder
descubrir qué hay tras ellos. Y más allá de eso. Penetrar en las personas y
llenarme de energía de vida. Traspasarles un poco de mi sustancia, y al
hacerlo, transformar ese germen de muerte que a veces se aloja en mí, que me
acompaña muchas veces casi imperceptible. Que enloquece a las personas y las
obliga a seguirme, a hacerse parte del riesgo de escucharme. Es el vértigo de acercarse
a mí. La invitación al precipicio donde todo es posible, donde hay que saltar,
con posibilidad de volar o caer, o ambas en una sensación de atracción o terror.
Es un germen de muerte envuelto en vida. La maldición del germen de muerte que
me acompaña, del que nunca más podrás escapar. Porque finalmente todos queremos
llegar más allá, explorar, conocer los límites, traspasarlos, explorar la vida
hasta llegar a su raíz, hacernos inmortales para luego saber que el tiempo es
escaso. Que las horas no van a alargarse aunque queramos. Pero podemos vivirlas
entendiendo algo o nada. Yo quiero entender, hablemos sobre esto. Compartamos esa
profundidad que hemos vislumbrado. Mi profundidad queda anclada en tu alma,
quieres saber más y ese placer difuso te hace recordarme. Vislumbraste el
germen de muerte, la fatalidad de querer vivir la vida hasta el fondo y llegar
hasta las últimas consecuencias. De tener una misión en la vida a la cual no es
posible traicionar. La seducción por descubrir la magia de la existencia. La aspiración
por llegar lejos. Una vez que te miro en los ojos y lo ves no hay vuelta atrás.
El problema es que yo sigo en mi expedición, porque nunca termina. Cuando acabe
será el momento de morir, pero el germen habrá dado sus frutos, habiendo
cambiado el mundo, dejando atrás las flores del germen de muerte. Envuelto en
vida, una hermosa y rozagante vida.
Ayer en el metro cavilaba algo muy parecido (y creo que en general la humanidad ha cavilado lo mismo durante eones), finalmente solo pude "concluir" que soy y debo ser yo, la meta es mi propio fin y mi propio dar al mundo que me tocó.
ResponderSuprimirMe encantó. Especialmente, "Mientras escucho estos acordes de paraíso me prometo a mí misma renovar esa parte de mi alma que ya no está." Supongo que lo mágico de escribir, es que uno llega a alguien en particular, por alguna razón, motivo o vivencia, con interpretación, o tal cual, y al final, sin importar cómo, algo germina en el otro.
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