La muerte, o tal vez agonía, de la mentalidad
romántica en mí, entiéndase idealización, ha contribuido, gradualmente, y en
gran medida a mi aceptación del presente, aportando a mi bienestar. Así como
Flaubert emprendió la batalla hace tantos años contra el romanticismo, así
continuamos nosotros con su aniquilación, que parece nunca ser definitiva. No hay
tal cosa como el príncipe azul. Todos los príncipes son celestes con el tiempo.
Eso los hace más hermosos cuando se espera lo suficiente para descubrir los
matices de ese celeste, que puede parecerse al cielo. Sin esa espera el celeste
se vislumbra desteñido y falto de gracia. El celeste que se pega en mí aún
brilla, espero que nunca deje de hacerlo.
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