12 de septiembre de 2011

Montañas rusas

Piensa en lo bueno, la creatividad, sentir cosas que otros no sienten.
The thrill is gone

Ya no es divertido. Ya no es una gracia. Ahora me da un poco de vergüenza. Saber que he actuado porque mi cerebro está fallado. Siento mi creatividad como artificial, como no verdadera. Ahora tengo pena. Por no ser normal. Ahora sí me siento loca, pero ya no es divertido, ahora no me siento única, distinta, me siento fallada, rara.

(Fragmento de la novela Cambia el sentir un amante de Almendra Armendariz)

11 de septiembre de 2011

Nunca listos

Hay que estar preparado para no estar preparado.

10 de septiembre de 2011

Sólo faltas tú

En el balcón, el ruido no me deja escuchar la música. Dolor de cabeza. Una taza de té, una copa de vino. Una llamada de auxilio que se pierde entre los taladrazos. Víctor Jara diciendo “Paloma quiero contarte que estoy solo, que te quiero”. El amor, de eso se trata, de perder. De perder. Soñar, de soñar, de eso se trata. De cambiar, de cambiar, de eso se trata. De volver y volver, de terminar, de terminar, de eso se trata. De colores y de negro, de eso se trata. De verte con ella, de irme con él. Eso es. Eso es todo, no hay más.
Solitaria empedernida

Soy una solitaria empedernida. En el parque, sintiéndome parte y sintiéndome que no soy parte. La ciudad se mueve a su ritmo, vaivén tranquilo, de domingo, y yo a mi ritmo de torbellino, a mi ritmo de oasis, de volcán, de tregua.
Despedida

Creo que Neruda tenía razón cuando dijo "es tan corto el amor y es tan largo el olvido", y creo que cuando mi corazón descanse estaré bajo tierra. Tengo un impulso de vida constante que me hace ver lo bello, y seguir buscándolo. Doy gracias todos los días por esa sutil percepción que me mueve, me hace ver más allá y me da la posibilidad de expresarme. Creo que la valentía es una cualidad que me acompaña, la realidad nunca me es indiferente, y tengo la certeza de que llegaré lejos. Estoy segura que tú también. Gracias por todo.
Parresía y Eros

El sentimiento fuerte similar al amor me enredó un tanto. Recordé cuanto te admiro, cuan increíble me pareces, cuan interplanetaria es la sensación que te acompaña, que eres único, que eres frágil y delicado, que me gustaría abrazarte y cuidarte para siempre aunque no sea posible, recordé cuanto te amaba, recordé tu suavidad, tu magia, todo. Todo lo que te acompaña y que era un sentido para la vida en sí. Suficiente para ser feliz y vivir en plenitud, obviando el resto de las cosas que componen el existir y que ensuciaron nuestra relación y que son básicamente la realidad a la que hay que hacer frente, y al hacerlo, la existencia adquiere un cariz distinto y una belleza más duradera y profunda.

9 de agosto de 2011

Tema: “Diluvio” y tragedia en Es que somos muy pobres de Juan Rulfo y Dos pesos de agua de Juan Bosch.
Obras: “Es que somos muy pobres” (1953), en El Llano en llamas, de Juan Rulfo; y “Dos pesos de agua” (1941), en Cuentos escritos antes del exilio, de Juan Bosch.

Palabras clave: Diluvio, Agua, Lluvia, Indefensión, Pobreza, Tacha: Tragedia, Remigia: Esperanza.

Aguas trágicas
El agua, tan llena de vida, y tan llena de muerte, cuando hay desprotección, cuando no hay esperanzas con que hacerle frente, cuando llega sin aviso, cuando el cauce del río no es suficiente, cuando el mar se envalentona a pasear por fuera de su cuenca, cuando el hogar es frágil, cuando el cuerpo está tembloroso, cuando las oportunidades son exiguas, cuando el campo y su plantación lo es todo, cuando los animales se resignan a la naturaleza voraz, cuando no hay balsas que resistan, cuando la tierra quiere castigar, cuando no hay salvaciones posibles, cuando se ha luchado hasta el final. En ese escenario, el agua es muerte, y la muerte es muerte.

Aguas sucias
Me ahogo, en tantas aguas sucias, en tanto cataclismo, en tanto abandono. Me ahogo, como la vaca Serpentina, como las batatas, como los caminos. Me hago una con el agua y floto, buscando un nuevo porvenir. Me lanzo al agua con esperanza, escondiendo mi desconcierto, resistiendo a la corriente que no me alcanzará si sigo luchando, rebelándome a mi destino inexorable. Me ahogo, en esta agua maldita que no me da tregua, que no cesará hasta matarme, a pesar de haber hecho tantos sacrificios. Por una última vez miro al cielo y manifiesto mi confusión, mi ignorancia frente a tanta desgracia. Ruego por despertar en tierra firme.

En este escrito de extensión breve, quisiera abordar los encuentros y desencuentros entre los relatos Es que somos muy pobres, del escritor mexicano Juan Rulfo, y Dos pesos de agua, de Juan Bosch, escritor y político dominicano. Ambas narraciones, invadidas por el agua que mata, se encuentran en el sustrato mítico del diluvio, como agente mortal y regenerativo de vida. En estas historias, el final es trágico, no hay nacimiento alguno, ni oportunidad de regeneración, por el contrario, asistimos al funeral de las expectativas. Los cuentos se desencuentran respecto a la actitud de los personajes, Remigia, la protagonista de Dos pesos de agua, sigue pensando hasta el final que plantará batatas, pero el hermano de Tacha, narrador de Es que somos muy pobres, vislumbra el camino a la perdición que cercenará las perspectivas de su hermana, cuando se da cuenta del laberinto sin salida al que esas aguas sucias la están llevando.

“[El diluvio] constituye una catástrofe o cataclismo meteorológico acaecido por voluntad divina, consistente en un largo periodo de lluvias incesantes y de una fuerza y violencia destructora y arrasadora. Por tanto, el diluvio se vincula indisolublemente al agua, que le confiere su significado regenerador y renovador. Este castigo divino acaece cuando se produce un agotamiento de la realidad existente. Así, el diluvio está siempre asociado a faltas cometidas por la humanidad, pecados, trasgresión de las normas y reglas impuestas por la divinidad. […] Esto es lo que desencadena la reacción del dios enviando a los hombres la fatal catástrofe; pero tras ella, la vida aparece de nuevo renovada y dotada de mayor fuerza, el diluvio purifica y regenera a la humanidad a través del agua como si se tratase de un bautismo colectivo, decidido por los dioses” (Serrano 89).

Me dicen Tacha, pero mi nombre es María Guadalupe, soy mexicana. El aguacero que nos llegó casi mata a todo mi pueblo, no sé cómo quedamos vivos. Pero tuvimos pa’ varias semanas con casi na’ pa’ comer, porque el agua se lo llevó todo. Si viniera otro de esos, preferiría irme con el río, me da mucho miedo esa lluvia, cuando parece que el cielo se hubiera enojado como un diablo encendido.

Mi nombre es Remigia, trabajo en el campo. Mi vida ha acontecido siempre en el mismo lugar, y he estado haciendo lo mismo a lo largo de los ochenta años que llevo en este mundo. Es lo que sé hacer, y me gusta. Hace unos meses, vino una lluvia que casi se lleva to’. Yo agarré a mi nieto no más, y no sé cómo le aguantamos.

“La tradición del diluvio o de varios diluvios, está repartida por toda la tierra. […] Es una catástrofe que nunca es definitiva, por tener lugar bajo el signo del proceso cíclico lunar y del carácter regenerativo de las aguas. El diluvio destruye las formas, pero no las fuerzas, posibilitando así nuevos surgimientos de vida. En la lluvia corriente se conserva siempre algo del gran sentido simbólico del diluvio; toda lluvia equivale a una purificación y regeneración, lo que implica en el fondo la idea de castigo y de finalización” (Cirlot 175).

La cosecha de cebada se nos inundó por la lluvia ésta que no para. Y cuando se nos acabe lo que teníamos guardado, no sé qué vamos a comer. Mi mamá dijo que quizá era por mis hermanas, que se fueron pa’ la ciudad, y se ganan la vida de mala forma, tal vez por ellas que nos llega esta lluvia, porque dios allá arriba nos la manda como escarmiento.

Se me va el tiempo cuidando el maíz y los frijoles. Viendo que a los pollos y a los cerdos no les falte comida. Pero lo que llena mi día es ver a mi nieto. Cada día está más grande, y siempre tan calladito, pero yo sé que va a llegar lejos, porque pa’ eso me he esforzado tanto. Me ayuda cuidando la siembra y siempre está sonriendo. Pienso que el taita dios me lo debe haber mandado como un regalo para alegrar mis días. Es que a veces se parecen mucho, y como él va creciendo, así no olvido el paso del tiempo. Ahora tengo una razón para cuidar con más dedicación la cosecha. Ahora la batata, el arroz tresmesino, los frijoles y el maíz dejan en mí un sabor más agradable. Son sagrados, y harán que mi nietecito un día pueda casarse y tener su tiendecita de ron y azúcar, sé que lo hará.

“A lo largo de la historia, [la lluvia] se ha entendido en todas partes como símbolo de la influencia y la acción del cielo sobre la tierra. Muchos pueblos la consideraron como la plasmación de la mítica unión sexual entre el cielo y la tierra y, por consiguiente, como la fecundación de ésta. […] Así, la lluvia, al igual que el agua y la tierra, ha sido uno de los principios fértiles por excelencia. Todas las civilizaciones lo reconocieron así y la vinculación a la otra gran fertilidad conocida, la de la mujer. Este vínculo, constante en casi todas las narraciones simbólicas, se completa con una última asociación: a la Luna, que, por oposición al Sol (fuego), se une a mujeres, tierra, lluvia y agua, como grande símbolos de fecundidad. […] Pero la lluvia, como cualquier otro poder divino, tiene la capacidad de convertirse en un poder destructivo, en castigo de los dioses, en los temidos diluvios (magnificación de las inundaciones y lluvias torrenciales tan sufridas por los humanos)” (Serrano 197).

Somos muy pobres y mi papá confiaba en que mi vaca, la Serpentina, iba a ayudarme a que alguien me quisiera pa’ casarme bien. Pero ya no la he visto más, y yo creo que el río me la mató.

Los que vivimos aquí en Paso Hondo somos muy pobres. Tenemos nuestro conuco, el bohío, algún potro pa’ ir al pueblo, los frijoles, pero nada está garantizado. Si las ánimas no mandan lluvia se nos seca todo, y ahí quedamos. No hay nada que hacer. He pasado días sin comer cuando las cosas están feas. No me importa morirme de hambre, pero a mi nieto quiero que nunca le falte. Lo que yo pido es que taita dios nunca se enoje y me lo quite todo. Que siempre haya algo para mi nieto, que él llegue lejos.

“[El caos] hace referencia al estado del universo antes de ser creado. Parte de la asunción de la existencia de un orden creado en el universo, regulado por dioses o fuerzas sobrenaturales. Su estado previo a ese orden sería, por tanto, el caos, una confusión primigenia y totalizadora. Este complicado concepto se plasmó sobre las imágenes más asibles del vacío (así aparece en la tradición griega y en la bíblica) o del océano en el que todo los componentes del universo está aún disueltos e indiferenciados” (Serrano 48). “Remigia, a favor de la verosimilitud del relato, corrobora los hechos insólitos a través de procedimientos de fe. Estos procedimientos están estrechamente ligados a una cosmogonía judeo-cristiana, y a la creencia sobre la existencia de ánimas que podría cambiar el inexorable destino de sus tierras secas. La fe de Remigia está en función de una espera, y una esperanza. La espera implica el cambio de fortuna, una peripecia vital no para su vida, sino para la de su nieto. Remigia aguarda el momento en que la tierra permita la liberación a la que se condicionan los habitantes del campo, y es dentro de esa espera, en la que su esfuerzo encuentra la esperanza para fraguar sus sueños. […] Después de días de un aguacero incansable, el cuerpo de Remigia flota entre el agua oscura del campo, pero ella cree, ella espera: “En cuanto esto pase siembro batatas” (Garay 5).

Yo creía en dios, pero con esto ya no sé qué pensar. De todas maneras, no creo que nunca me vaya de este pueblo, mi papá dice que afuera hay gente mala. Mi hermano me invitó a jugar ayer, pero a mí sus amigos me dan miedo.

Le rezo siempre a taita dios, para que se acuerde mí. Y cuando pasan cosas malas, le hago un rosario a San Isidro. Así nunca le va a faltar nada a mi nieto, así nunca se van a olvidar de él. Yo en todo momento tengo esperanza, porque me he portado bien, sé que las cosas siempre van a mejorar. Yo tengo fe, y sé que taita dios está conmigo porque yo he sido buena.

“Se considera […] [al agua] como el mantenedor de la vida que circula a través de toda la naturaleza en forma de lluvia, savia, leche, sangre. Ilimitadas e inmortales, las aguas son el principio y fin de todas las cosas de la tierra. Las aguas simbolizan la unión universal de virtualidades, que se hallan en la precedencia de toda forma o creación. La inmersión en las aguas significa el retorno a lo preformal, con su doble sentido de muerte y disolución, pero también de renacimiento y nueva circulación, pues la inmersión multiplica el potencial de la vida. En el plano cósmico, a la inmersión corresponde el diluvio, la gran entrega de las formas a la fluencia que las deshace para dejar en libertad los elementos con que producir nuevos estados cósmicos” (Cirlot 70). “El Arca de Noé, el barco del relato bíblico en el que aquellos que escuchan a Dios salvan sus vidas del Diluvio, es un símbolo de vida resguardada gracias a Dios y a sus preceptos. No es sólo una nave, sino también un cofre que resguarda un tesoro, el de la vida” (Serrano 23).

Una vez leí un cuento de Juan Rulfo, fue en la escuela, pero no me gusta leer. De ese me acuerdo porque la historia que leí era de un diluvio, de una niña igual que yo, por eso me acuerdo. Pero a esa se la llevaba el agua. Yo no quiero que me lleve el agua, para eso tengo pies firmes y manos fuertes.

Una vez me leyeron un cuento de don Juan Bosch. Me pareció medio terrible, pero yo no entiendo mucho de esas cosas. Era de una lluvia grande, como la que tuvimos aquí el año pasado. Pero a esa señora se la llevaba el río. No sé si se moría río abajo después. ¡Y si viene el aguacero de nuevo yo no tengo ni bote pa’ subirme!

“En todas las sociedades, incluyendo las agrícolas, [las vacas] se convirtieron en una importantísima fuente de sustento. Por ello las hembras se consagraron como símbolo de fertilidad, maternidad, vida y abundancia. Todo ello las puso en relación simbólica con la Luna y la tierra (grandes símbolos de fertilidad), lo que generó asociaciones muy visibles tanto en el arte sumerio como en el indio. Por el mismo motivo, los germanos la relacionaron con el agua (otro gran símbolo de vida) en figuraciones como la que afirmaba que el cielo guardaba su lluvia fecundante en una piel de vaca” (Serrano 303).

Ahora que se me murió mi vaca Serpentina ya no quiero vivir más acá, pero no sé adónde más podría ir. Me gustaría ver a mis hermanas, pero ya no viven aquí, y mi papá me dice que mejor que ni me junte con ellas, porque se me podrían pegar las malas costumbres.

Paso Hondo es un pueblo chico, y siempre hemos vivido los mismos. Nos conocemos todos. Me parece bueno, porque nos ayudamos. Si alguien no tiene pa’ comer, compartimos. Si a todos nos puede pasar alguna vez, hay que ser considerado. Yo lo que pido es que nunca llegue nadie malo pa’ acá. Pero, creo que entre todos lo echaríamos. Porque después no vaya ser cosa que las ánimas la agarren con uno y no crezca nada en la siembra. Hay que ser precavido.

Bachelard nos dice que querer vencer al agua es el sueño de voluntad de poder. En estas historias, el agua vence, arrasa con cólera, acaso es la venganza contra los hombres al creerse superiores a la naturaleza. Pero la venganza se hace más cruenta contra los que tienen menos, al no poder hacerle frente. Acaso eso es parte de la fatalidad del asunto. De la fatalidad más cruelmente reflejada en la “soledad” de un continente, como lo es el sudamericano. “Todas esas violencias obedecen a la psicología del resentimiento, de la venganza simbólica e indirecta. Podemos encontrar, en la psicología del agua, violencias similares que van a emplear otra forma de excitación colérica. […] Todos los detalles de la psicología de la cólera se vuelven a encontrar en el plano cósmico” (Bachelard 270).

Lo que yo no quiero es ser piruja como mis hermanas.

Siempre fui fiel a mi marido. No tuve ojos para nadie. Menos cuando murió. Me parece que una mujer debe ser sumisa, aunque el marido de una no le preste toda la atención que uno quisiera. Pienso que Leonidas, ese era su nombre, me quería mucho, a pesar de que a veces no volvía por las noches, o desaparecía algunas semanas. No era algo de lo que yo podía opinar. El era trabajador y eso es lo importante. Si tuvo otras mujeres no sé, prefiero no saber. Es su vida y yo estaba dedicada a la casa y a cuidar la siembra. Nunca quería hacerlo enojar, si él siempre me dio todo. Aunque a veces siento pena de acordarme de cuando lo quedaba esperando en la noche y no llegaba nunca.

“Mil veces sin duda la imagen de las lágrimas se le aparecerá al pensamiento para explicar la tristeza de las aguas. Pero esa relación no es suficiente, […] y [quiero] insistir sobre razones más profundas que señalan el verdadero mal de la sustancia del agua. La muerte está en ella. Hasta aquí evocamos sobre todo las imágenes del viaje fúnebre. El agua lleva lejos, el agua pasa como los días. Pero otra ensoñación nos gana, diciéndonos de la pérdida de nuestro ser en la dispersión total. Cada uno de los elementos tiene su propia disolución, la tierra en el polvo, el fuego en el humo. El agua disuelve más completamente, nos ayuda a morir del todo” (Bachelard 142).

Ahora que perdimos toda la cosecha yo creo que mi papá se va a poner a tomar de nuevo. Después se pone violento y me pega. A veces me gustaría morir.

A nuestro vecino Toribio lo desaparecieron. En esos años tan largos en que mandaba en nuestro país ese sinvergüenza de Rafael Trujillo. Ese Toribio, además era tan buena persona, no se merecía algo así. Y todo fue porque se quejó en la radio de algo feo que le habían hecho a su amigo Rosendo, también desaparecido años después. En esos años, no se podía decir nada, de todo se enteraban esos salvajes. Dios me libre que a mi Leonidas no le pasó nada. No sé qué habría hecho, ahí sola, no sé cómo lo habría podido ayudar. Le dije que ni se metiera en lo de Toribio, porque después iba a salir mal. Menos mal me hizo caso. Si a mi Leonidas le hubiera pasado algo, yo mejor me hubiera muerto que seguir sola.

“El agua cerrada toma en su seno a la muerte. El agua da la muerte elemental. El agua muere con el muerto en su sustancia. El agua es entonces una nada sustancial. No podemos llegar más lejos en la desesperación. Para ciertas almas, el agua es la materia de la desesperación” (Bachelard 143).

No creo que pueda estudiar más, aunque me gustaría, tengo amigas en la escuela. Y sin la Serpentina no sé qué más voy a hacer en el día. Si se me pasaban las horas mirándola, dándole comida, arreglando su cama pa’ que pudiera descansar bien.

El destino de nosotros los campesinos es incierto. Dependemos de que la cosecha esté buena. De que los animales estén sanos y nos permitan vivir. A veces creo que es difícil. Que la vida del campo es cansadora, que todos los días podría venir otra catástrofe. Pero otras veces trato de no pensar en eso, y estar contenta con lo que hay, que es algo. Si podría no haber nada pué. Nunca se sabe lo que puede ocurrir. Con que haiga sol, pienso que se puede estar contenta, y con que mi nieto crezca sano. ¿Qué más se puede pedir?

“El espacio rural en los textos de Bosch y Rulfo es re-significado como un espacio de integridad, y se incluye al agua como un elemento que organiza una causalidad mágica en la zona en que aparece. Finalmente, este elemento iluminaría ecos de un sustrato mítico vinculado a la cosmogonía universal: el agua voraz de los tiempos primigenios, el diluvio como castigo para la humanidad, el hundimiento de la tierra, la destrucción de las esperanzas” (Garay 2).

Quiero seguir cuidando a mi vaca, ¡si pudiera encontrarla! o tal vez pillo por ahí al becerrito.

No me parece que yo haya podido venir al mundo para otra cosa que no sea cultivar este campo, es muy mío. Siempre he estado aquí, supongo que nací para esto. Tampoco necesito mucho más. ¡Con que haiga agua pa’ los frijoles!

“El castigo o purificación por el agua, en estos textos, está lejos de repetir “una concepción cíclica del cosmos” en la que se instale una nueva oportunidad para la humanidad, ya que a diferencia de los relatos fundacionales como el diluvio en la Biblia, o en el Popol Vuh, los cuentos no poseen aquella estructura circular de renovación de las esperanzas. Por el contrario, el único círculo o periodo cíclico que se cumple, es el de enraizar a los hombres a la tierra, ahogar su esperanza y poner en funcionamiento la continuidad del determinismo social que afecta a los sectores rurales de Hispanoamérica” (Garay 11).

Ahora que se fue la Serpentina ya no me queda nada.

Si me preguntan, yo voy a decir siempre que me gustaría que hubiera más igualdad y más justicia. Así estaríamos todos más felices.

“En ‘Es que somos muy pobres’ el agua y la tierra, en su venganza telúrica, reclaman a los campesinos, destruyendo y ahogando los sueños, y con ellos la esperanza de un cambio en el determinismo social con la que ha cargado la genealogía familiar” (Garay 11).

Mi mamá dice que ella cree que las cosas van a mejorar, después de que pase este aguacero y de que se vaya el olor a podrido, pero yo no creo, está muy grande el río, no veo que vaya a poder irse de nuevo pa’ su lugar.

El día que la gran lluvia quiso llevarme, yo pensé firmemente en mi nieto y en que sembraría batatas cuando acabara el diluvio aquel. Con esa idea en mente, sabía no que no podía morir. Le ganaría a ese gran río, porque no era mi momento, y no dejaría a mi nieto solo. La convicción me salvó, y la esperanza. Nunca se debe perder la esperanza.

Fin a la tragedia acuática y a la suciedad cenagosa
Después de siete días de diluvio, he podido finalmente expresarme, sacar fuera esa balsa que no podía hallar, subirme al arca esperando renacer, juntando en ella muchas palabras, para que puedan reproducirse, seguir creando, mezclándose con belleza, con ingenio, he logrado hacer mía la embarcación, para evitar su naufragio, y haciéndola relucir en el gran mar de incertidumbres, hoy navego en aguas tranquilas, que no son trágicas ni sucias, esperando poder dar una esperanza, a aquella mujer del campo dominicano, a aquella niña del pueblo mexicano, una pista, una ilusión, una dignidad. Lo que he intentado en estas líneas, es dar voz a la opresión, es dar confianza a lo excluido, dar lugar a lo desdeñado, a lo abandonado, poner en los labios de los sudamericanos postergados, una palabra de ensoñación, una palabra de serenidad, una seguridad merecida, unas ganas de vivir. He intentado sacar fuera, ese derecho de cada uno a expresarse, validando cada historia personal, como lo más sagrado, que uniéndose en un gran baile de individuos, da lugar a la existencia humana en esta tierra, que es de todos.

8 de agosto de 2011

Tema: “Aguas trágicas” en La muchacha de La Guaira, y Dos pesos de agua, de Juan Bosch.
Obras: “La muchacha de La Guaira” (1955), en La muchacha de La Guaira y “Dos pesos de agua” (1941), en Dos pesos de agua, de Juan Bosch.


Aguas trágicas
El agua, tan llena de vida, y tan llena de muerte, cuando hay desprotección, cuando no hay esperanzas con que hacerle frente, cuando llega sin aviso, cuando el cauce del río no es suficiente, cuando el mar se envalentona a pasear por fuera de su cuenca, cuando el hogar es frágil, cuando el cuerpo está tembloroso, cuando las oportunidades son exiguas, cuando el campo y su plantación lo es todo, cuando los animales se resignan a la naturaleza voraz, cuando no hay balsas que resistan, cuando la tierra quiere castigar, cuando no hay salvaciones posibles, cuando se ha luchado hasta el final. En ese escenario, el agua es muerte, y la muerte es muerte.

Aguas sucias
Me ahogo, en tantas aguas sucias, en tanto cataclismo, en tanto abandono. Me ahogo, como la muchacha perdida, como las batatas, como los caminos. Me hago una con el agua y floto, buscando un nuevo porvenir. Me lanzo al agua con esperanza, escondiendo mi desconcierto, resistiendo a la corriente que no me alcanzará si sigo luchando, rebelándome a mi destino inexorable. Me ahogo, en esta agua maldita que no me da tregua, que no cesará hasta matarme, a pesar de haber hecho tantos sacrificios. Por una última vez miro al cielo y manifiesto mi confusión, mi ignorancia frente a tanta desgracia. Ruego por despertar en tierra firme.

Nací en La Guaira, una ciudad con un gran puerto, en Venezuela. Juan Bosch escribió un cuento acerca de mí, y de mi suicidio. La verdad es que finalmente no morí, pero esa es otra historia. Efectivamente salté desde el muelle para que el agua acabara con mi vida. Mi cuento, como he querido llamarlo, no menciona ni siquiera mi nombre, y he pensado que de esa manera es posible que otras mujeres como yo, se identifiquen con el personaje. Pero sí tengo un nombre, tengo una vida, y lo más importante, tengo voz, puedo expresarme, y dar mi propia opinión. Escucharán mi historia desde mí misma, porque así podrán saber lo que se siente. Me llamo María Altagracia, y mi existencia ha transcurrido en diversos puertos del Caribe. Mis padres nacieron en Santo Domingo, en la República Dominicana, pero debieron huir al poco tiempo de conocerse. Por eso me llamaron así, porque les recordaba su patria.

Mi nombre es Remigia, trabajo en el campo. Mi vida ha acontecido siempre en el mismo lugar, y he estado haciendo lo mismo a lo largo de los ochenta años que llevo en este mundo. Es lo que sé hacer. Me gusta, y me gusta vivir aquí. Don Juan Bosch, el escritor que fue nuestro presidente, escribió acerca del diluvio que casi acaba con mi vida. Mi nombre de bautizo es María Alejandra. En el cuento se me ha llamado Remigia, por el interés de resguardar mi identidad. Finalmente, opté por conservar ese nombre, me parece que va con mi carácter. Aunque no fui a la escuela, llevo tantos años en esta tierra escuchando a mi gente, que si se me permite, quisiera expresar algunas ideas. No en vano se dice “más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Aunque no me he movido nunca de mi conuco en Paso Hondo, ha pasado mucha gente por mi pueblo, y creo conocer un poco a mi República Dominicana.

Decidí llevarme la vida de María Altagracia y de Remigia. Finalmente tuve que devolverlas, pero lo intenté. Estoy hecha de una sustancia que toma todas las formas. “Soy el elemento […] mantenedor de la vida que circula a través de toda la naturaleza en forma de lluvia, savia, leche, sangre. “[Ilimitada e inmortal, soy] el principio y fin de todas las cosas de la tierra” (Cirlot 70). Soy la lluvia y soy el mar. Soy violenta y soy pacífica. Recibí a María Altagracia cuando quiso darme su alma, extinguida minutos antes con la muerte de una paloma. Con la muerte de su único recuerdo bonito. La recibí con tristeza, pero con tranquilidad, porque es la misión que se me ha encomendado, y yo no la obligué, ella vino a mí. Con Remigia fue distinto. La llamé, con fuerza, quería llevármelo todo. Es porque me indigna la injusticia. Soy el alma de América, estoy dentro de todos. Lo lamentable es que mi venganza también es injusta, porque me llevo a los que más padecen la injusticia, pero no tengo alternativa. Sólo puedo elegir destruir una extensión, pero sin seleccionar a los que deben ser castigados. Es parte del cosmos, porque yo también pertenezco a un todo mayor, ordenado, no puedo decidir sola, debo comunicarme con mis hermanos, los elementos. Ellos también pueden manifestarse respecto a lo que se debe hacer.

Me parece que ya me asenté definitivamente en La Guaira, a pesar del recuerdo amargo de mi suicidio frustrado. Pero, no creo que encuentre algo muy distinto en otro lado. Antes de llegar aquí viví en Trinidad, Curazao, Martinica y Cuba. Siempre en puertos. El mar ejerce para mí una atracción especial. Y como no soy de ningún lado, en esos lugares me siento a gusto, porque la mayoría de las personas comparten conmigo ese desarraigo, entran y salen, van y vienen, en definitiva son todo y nada. Una mezcla de ideas y sonidos que no conocen paradero fijo. Una existencia errante y desorientada. La ciudad tiene un poco eso, ese dejo de soledad. Aquí en el Caribe, en los puertos, además es una soledad que parece inexplicable, porque hay tanta gente, al día veo un sinfín de caras, de colores, de acentos. Podría sentirme llena de vida, pero la vida del puerto en general se me hace cuesta arriba, me da la sensación de una existencia miserable, de un vacío que ni ese extenso mar verde-agua puede llenar. Así de grande es.

Paso Hondo es un lugar bonito, me gusta. Bueno, no conozco tantos otros lugares para comparar, pero me parece que es especial. Se me va el tiempo cuidando el maíz y los frijoles. Viendo que a los pollos y a los cerdos no les falte comida. Pero lo que llena mi día es ver a mi nieto. Cada día está más grande, y siempre tan calladito, pero yo sé que va a llegar lejos, porque para eso me he esforzado tanto. Me ayuda cuidando la siembra y siempre está sonriendo. Pienso que el taita dios me lo debe haber mandado como un regalo para alegrar mis días. Es que a veces se parecen mucho, y como él va creciendo, así no olvido el paso del tiempo. Ahora tengo una razón para cuidar con más dedicación la cosecha. Ahora la batata, el arroz tresmesino, los frijoles y el maíz dejan en mí un sabor más agradable. Son sagrados, y harán que mi nietecito un día pueda casarse y tener su tiendecita de ron y azúcar, sé que lo hará.

“El agua, que es la patria de las ninfas vivas, es también la patria de las ninfas muertas. Es la verdadera materia de la muerte muy femenina. […] El que juega con el agua pérfida se ahoga, quiere ahogarse” (Bachelard 128).

Creo que un problema de las ciudades, y se nota mucho en las puertos, es la marginalidad. Yo no pude estudiar en la universidad, mis padres murieron siendo yo joven, y estuve ahí andando de acá para allá, teniendo que trabajar para poder comer algo. He trabajado en cuanta cosa se te ocurra. Pero, nunca he sido prostituta, y de eso estoy orgullosa. He procurado siempre tener trabajos decentes, y vivir en algún lugar, que aunque chico, sea bonito, yo me preocupo de hacerlo lindo. Pero me siento algo así como lo que botó la ola, lo que quedó atrás y a nadie le importa. Eso es terrible.

Los que vivimos aquí en Paso Hondo somos muy pobres. Tenemos nuestro conuco, el bohío, algún potro pa ir al pueblo, los frijoles, pero nada está garantizado. Si las ánimas no mandan lluvia se nos seca todo, y ahí quedamos. No hay nada que hacer. He pasado días sin comer cuando las cosas están feas. No me importa morirme de hambre, pero a mi nieto quiero que nunca le falte. Lo que yo pido es que taita dios nunca se enoje y me lo quite todo. Que siempre haya algo para mi nieto, que él llegue lejos.

“Muchas madres tienen que convertir a los hijos en padres de familia para que las ayuden a aumentar sus ‘ingresos’. ¿Es correcto esto de parte de las madres campesinas? ¿O es mejor dejarlos morir como pollitos? Es verdad, unos letreros que por ahí dicen que Los niños no pueden trabajar, es tiempo de estudiar. En verdad esto tiene mucha importancia, pero los campesinos ¿Cómo estudian? ¿Cómo compran sus lápices y sus cuadernos si no recogen café, tumban cacao o venden chinolas…? En nuestro país se habla de evaluación socio cultural, pero después que los estudiantes están en las aulas ¿Quién se preocupa? ¿Y los venden china para estudiar? ¿Es una irresponsabilidad de la mamá permitir que su hijo venda china? ¿Es la señora Remigia un modelo de las madres que dan la vida por sus hijos?” (De Paula 3).

Yo no creo en dios. Cómo va a haber un dios si estoy tan abandonada, si he tenido que trabajar tanto para terminar teniendo nada, para terminar siendo nada. Existo yo, existe el puerto, existe el mar, no veo que haya nada más.

Le rezo siempre a taita dios, para que se acuerde mí. Y cuando pasan cosas malas, le hago un rosario a San Isidro. Así nunca le va a faltar nada a mi nieto, así nunca se van a olvidar de él. Yo en todo momento tengo esperanza, porque me he portado bien, sé que las cosas siempre van a mejorar. Yo tengo fe, y sé que taita dios está conmigo porque yo he sido buena.

“Ofelia podrá ser, pues, para nosotros, el símbolo del suicidio femenino. Es realmente una criatura nacida para morir en el agua, donde encuentra, como dice Shakespeare, ‘su propio elemento’, El agua es el elemento de la muerte joven y bella, de la muerte florecida y, en los dramas de la vida y de la literatura, es el elemento de la muerte sin orgullo ni venganza, del suicidio masoquista. El agua es el símbolo profundo, orgánico de la mujer que sólo sabe llorar sus penas y cuyos ojos se ‘ahogan en lágrimas con tanta facilidad’” (Bachelard 128).

He leído todos los cuentos de Juan Bosch. Después de que lo conocí, y supe que había escrito una cuento basado en mi historia tuve curiosidad. Además, como después fue presidente, me sentí importante. Sus historias me gustan mucho, me siento identificada con varios personajes. Es que me parece que él entiende bien lo que puede sentirse el ser nómada, ir de acá para allá. Creo que él entiende esa fatalidad que siento a veces. Como una imposibilidad de que las cosas encajen. Como una gran risa de la vida en mi cara. Una gran ironía que me sigue y no me deja tranquila. Yo he querido que las cosas sean distintas, no es indiferencia, pero es esa fatalidad que menciono, que hace que no sea suficiente, y haya algo oscuro bajo este intenso sol.

Leí el cuento que don Juan Bosch me escribió. Me pareció muy lindo, pero yo no entiendo mucho de esas cosas. No he leído otras cosas que él haya escrito. Cuando fue presidente lo escuchaba en la radio de mi comadre Felipa. Nos parecía un hombre bueno.

En los cuentos de Juan Bosch se percibe la duda, y su sentido pesimista y trágico del porvenir. Acaso porque Bosch es capaz de darse cuenta de la realidad bajo la apariencia. Pienso que eso es propio de la complejidad del Caribe, de los varios planos que existen, de la sombra bajo el desgarrante sol, de la esclavitud y el sometimiento en contraste con la música viva, la vegetación exuberante, el gran colorido y la sonrisa que parece existir en la imagen que se proyecta de esas playas. Los cuentos tocan temas muy en boga por estos días, como el malestar de la sociedad, la injusticia social, la pobreza, la violencia contra la mujer, entre otros. “La cuentística de Bosch aborda los temas más impactantes y disímiles: Violencia sexual, injusticias sociales, contrariedades, el abuso de poder, etc. Además presenta variados contextos geográficos de países donde vivió, principalmente de América del Sur y del Caribe” (Emeterio 2). “Amo al Caribe por su multiplicidad y porque todo existe en actividad creadora obedeciendo las leyes de la dialéctica” (Juan Bosch, en Maza 21).

Sé que mis antepasados fueron esclavos. Mi mamá me lo dijo. Esas historias han llegado hasta mí porque son difíciles de olvidar. Quizá es necesario contarlas para sacarlas fuera, y que de esa forma vayan muriendo, hasta que ya no haya rastros de ellas. Yo no tengo hijos, pero quisiera tener una niña, y también le contaré estas historias, para que sepa cuán malas pueden ser las personas, y esté atenta. Sé que mi bisabuelo trabajaba en una plantación, sé que nunca ocupó zapatos. Sé que nunca conoció a sus hermanos. Mi mamá me lo contó todo, para que lo supiera, y nunca en la vida me dejara someter a nadie. Me dijo que la libertad es el bien más preciado, y que me acompaña siempre, que nadie podrá quitarme nunca mi libertad. Una vez me regaló unos versos que aún conservo: “Nadie podrá callarme, porque mi canto es vida. La emoción me sobrecoge, porque puedo expresarme, porque la guitarra canta conmigo y también es vida. Para la libertad, para ella van todas las canciones, todas las vidas, porque ella está en cada canción, que expresa vida, y en todas las vidas que expresan canciones. Para la libertad, para ella entono esta melodía que resuena en la raíz de la violencia y la apacigua. Para la libertad, para ella canto esta armonía que despierta al tirano y lo remece. Para la libertad, para ella digo estas palabras, que taladran la ira y transforman al odio. Para la libertad, para ella toco estos acordes, que brotan dulcemente y desatan todos los nudos y curan todas las heridas. Para la libertad, para ella recito estos versos que enamoran al más frío descongelando su soledad. Para la libertad, para ella grito este júbilo de ablandar los corazones y llenarlos de belleza. Para la libertad, para ella aclamo estas palabras que abren al alma más cerrada penetrando con amor y entrega. Para la libertad, para ella escribo estas estrofas que aclaran las dudas y despejan los miedos. Para la libertad, para ella dirijo estas notas que rompen el caparazón del dolor y lo dejan salir para acabar con la maldad. Para la libertad, para ella hago sonar estas cuerdas, que dan valor al más cobarde, y llenan de pasión creadora al más sombrío. Para la libertad, para ella elevo la voz, que gritará con fuerza: Nadie podrá callarnos, siempre seremos libres.

Yo sé que hubo esclavos, porque me lo contaron. No en mi familia, pero es igual. De todos modos me parece horrible. Sé que los trataban como animales. Que había mucha gente mala, que sólo le importaba que creciera la plantación. Hoy ya no hay esclavos, pero yo veo que a muchas personas igual les queda una rabia. Y tienen razón. No es modo ese de tratar a la gente. A las personas se las trata como personas, y no como animales. Espero que esas cosas feas no vuelvan a ocurrir. Siento mucha lástima cuando cuentan esas historias.

“Como todos los grandes complejos poetizantes, el complejo de Ofelia puede alcanzar un nivel cósmico. Entonces simboliza una unión de la luna y las aguas. Al parecer un inmenso reflejo flotante da una imagen de todo un mundo que se agota y muere. Así, el ‘Narciso’ de Joachim Gasquet recoge, una noche brumosa y melancólica, a través de la sombra de las aguas, las estrellas del claro cielo. Nos da la fusión de dos principios de imagen subiendo juntos al nivel cósmico, el Narciso cósmico uniéndose a la Ofelia cósmica, prueba decisiva del irresistible impulso de la imaginación” (Bachelard 137).

Pienso que el Caribe tiene múltiples identidades. Y que a pesar de eso, logra entenderse. Pero al mismo tiempo creo que hay una gran incomunicación. En un lugar como un puerto, donde las personas entran y salen, a veces no hay espacio para relaciones demasiado profundas. Existe un intercambio superficial constante. Por un lado es entretenido, pero me cansa. Yo quisiera poder entender mejor mi identidad, quisiera poder entender mejor el sentido de por qué estoy aquí. Quisiera más tiempo para poder llegar más profundamente a las personas. Y como no tengo familia, los conocidos que tengo en general no son muy permanentes. Tarde o temprano deciden marcharse. Siempre siento que me falta tiempo para conocer a las personas. A veces me siento confundida, entre tantas lenguas distintas, pienso que esto es como una gran torre de Babel, donde finalmente nadie se entiende. Siento que se nos van muchas cosas que no alcanzamos a asir en esta vorágine de idiomas y culturas. Yo quisiera entender más. Poder llegar más allá.

A Paso Hondo han venido personas de otros lados. Solamente de paso eso sí. A veces no les entiendo cuando hablan. Me parecen muy raros. Aquí todos somos bien parecidos, casi iguales. Es un pueblo chico, y siempre hemos vivido los mismos. Nos conocemos todos. Me parece bueno, porque nos ayudamos. Si alguien no tiene pa’ comer, compartimos. Si a todos nos puede pasar alguna vez, hay que ser considerado. Yo lo que pido es que nunca llegue nadie malo pa’ acá. Pero, creo que entre todos lo echaríamos. Porque después no vaya ser cosa que las ánimas la agarren con uno y no crezca nada en la siembra. Hay que ser precavido.

“Indudablemente que Juan Bosch es un gran narrador social, un artista que muestra el dolor, el aislamiento, el hambre y la ignorancia de un enorme sector de trabajadores de su país: los campesinos. El propio García Márquez lo llama maestro y Alone, el temido comentarista literario de El Mercurio, quedó fascinado con el aliento de su prosa y con la magistral solidez de sus argumentos. Como político le dejó a su pueblo -y al resto de los pueblos de América Latina- su incansable lucha por la democracia, su consecuencia política y práctica en pos de la justicia social. Nos queda la figura de un hombre profundamente ético que creyó en la posibilidad de desarrollo independiente de los países de América Latina y que en virtud de ello, fundó y dirigió dos partidos claves en el desarrollo de la democracia en República Dominicana” (Bosch Carcuro).

Gozo viendo el mar, su color turquesa. La arena blanca. Creo que he estado en varios paraísos naturales. Me cansa eso sí que el Caribe se asocie sólo con eso. Se olvidan de que también hay miseria. Que en las palmeras, la caña de azúcar y el café también se esconde sufrimiento. Que no todo es sol y playas. Que el ron a veces puede ser amargo, y que en la vegetación exuberante puede no sólo haber vida, sino también, dolor y muerte.

Sé que vivo en una gran isla. Que en nuestra isla también está Haití. Pero no conozco el mar. Nunca he ido muy lejos de Paso Hondo, mi vida ha transcurrido aquí. He visto fotos del mar y las playas, pero no me lo imagino bien. Sé que hay grandes hoteles, también me lo han contado, pasa gente por nuestro pueblo, pero no sé cómo se verá un gran hotel. Me parece que debe ser bonito.

“La imaginación de la desdicha y de la muerte encuentra en la materia del agua una imagen material especialmente poderosa y natural. Así, para algunas almas, el agua en verdad contiene la muerte en su sustancia. Trasmite una ensoñación cuyo horror es lento y tranquilo. En la tercera elegía de Duino, Rilke parece haber vivido el horror sonriente de las aguas, el horror que sonríe con la sonrisa tierna de una madre desconsolada. La muerte en un agua calma tiene rasgos maternales. El horror apacible está ‘disuelto en el agua que vuelve ligero el germen vivo’. El agua mezcla aquí sus símbolos ambivalentes de nacimiento y de muerte. Se trata de una sustancia llena de reminiscencias y de ensoñaciones adivinadoras” (Bachelard 140).

Recuerdo la conversación de ese día en el botiquín, acerca de la función del hombre sobre la tierra. No dije nada en ese momento porque estaba muy deprimida, pero eso no significa que no tuviera opinión. Este país es muy machista, a veces los hombres creen que sólo pensamos en tonteras, y no somos capaces de figurarnos ideas abstractas. Me parece absurdo. Por lo demás, estoy segura que pensaron que yo era una prostituta, y no lo soy, ni nunca lo he sido. No puede andar una sola en un botiquín sin que se especule eso. Ese día me sentía agobiada y sólo quería distraerme. Conocí a Hans en ese lugar y creo que alivió, al menos momentáneamente, la angustia que sentía. Me parece triste que el rol de las mujeres tenga que ser el de estar sometidas a los hombres. Que se nos trate como tontas, que no se nos valore, que se nos pague menos que a ellos. Me parece injusto, y creo que ganando en igualdad gana la sociedad toda. ¡Al carajo con Hans y sus amigos del botiquín!

Siempre fui fiel a mi marido. No tuve ojos para nadie. Menos cuando murió. Me parece que una mujer debe ser sumisa, aunque el marido de una no le preste toda la atención que uno quisiera. Pienso que Leonidas, ese era su nombre, me quería mucho, a pesar de que a veces no volvía por las noches, o desaparecía algunas semanas. No era algo de lo que yo podía opinar. El era trabajador y eso es lo importante. Si tuvo otras mujeres no sé, prefiero no saber. Es su vida y yo estaba dedicada a la casa y a cuidar la siembra. Nunca quería hacerlo enojar, si él siempre me dio todo. Me habría gustado eso si, que cuando no iba a llegar a la casa me avisara.

“Bosch escribe con gran soltura, con amenidad que en su hora fue elogiada por Alone, con un naturalismo muy de mediados del pasado siglo. La desgracia atraviesa estas historias, acaso porque el nuestro es un continente desdichado por definición, donde las cosas no calzan bien, empezando por el encuentro/desencuentro de la Conquista. El autor se complace, eso sí, en advertirle al lector que cada anécdota, no más empezada, exhibe ya el germen de la fatalidad. De inmediato uno se echa a temblar. ¿Quién era el tipo aindiado que se la daba de filósofo provocador en el "botiquín" de La Guaira? ¿El diablo mismo? ¿El espíritu del continente mestizo y condenado? […] Aquí se aprecian brutalmente ‘las formas de convivencia, las superposiciones de imaginarios y tiempos culturales, la mixtura de dolores, esperanzas e incertidumbres’. Revueltos los personajes en pura contradicción de tragedia. Tal ocurre con el protagonista empapado de miedo de "La Nochebuena de Encarnación Mendoza", donde Encarnación es un varón que debe una muerte y huye hacia su propia familia. Más fatal imposible. Léase con los dedos cruzados” (Echegoyen).

Creo que es importante poder expresarse sin miedo. Viví la dictadura de este país y tuve mucho miedo. No quería decir nada, en todos lados había que andarse con cuidado. Pensaba que me agarrarían por ser negra, por ser mujer, porque no podría defenderme. Es angustiante vivir así, sin libertad de movimiento, sin libertad de expresión.

A nuestro vecino Toribio lo desaparecieron. En esos años tan largos en que mandaba en nuestro país ese sinvergüenza de Rafael Trujillo. Ese Toribio, además era tan buena persona, no se merecía algo así. Y todo fue porque se quejó en la radio de algo feo que le habían hecho a su amigo Rosendo, también desaparecido años después. En esos años, no se podía decir nada, de todo se enteraban esos salvajes. Dios me libre que a mi Leonidas no le pasó nada. No sé qué habría hecho, ahí sola, no sé cómo lo habría podido ayudar. Le dije que ni se metiera en lo de Toribio, porque después iba a salir mal. Menos mal me hizo caso.

“Para ciertos soñadores, el agua es el cosmos de la muerte. La ofelización es entonces sustancial y el agua es nocturna. Cerca de ella, todo tiende a la muerte. El agua comunica con todas las potencias de la noche y de la muerte, del suicidio, […] El agua expuesta durante mucho tiempo a los rayos lunares se vuelve un agua envenenada” (Bachelard 141).

Me he preguntado por el destino de Latinoamérica. Tantas dictaduras, no sé adonde nos van a llevar. La pobreza, la discriminación, y la marginalidad. Me gustaría tener una visión más optimista, pero con todo lo que he visto, no es fácil. No puedo vivir un día tranquila, sin pensar en el trabajo, en la comida. Los momentos gratificantes que tengo son pocos, y en general dicen relación con poder tomarme un café o un vaso de ron tranquila, conversar un poco. Pero no pasa mucho. He visto a personas de los más diversos rincones de este continente. Siento muchas veces que comparten esa sensación de estar perdidos, como yo. De sentir que hay algo injusto en que unos pocos tenga mucho, y tantos otros tengan tan poco. Creo que eso debería cambiar. Quisiera ver más sonrisas.

El destino de nosotros los campesinos es incierto. Dependemos de que la cosecha esté buena. De que los animales estén sanos y nos permitan vivir. A veces creo que es difícil. Que la vida del campo es cansadora, que todos los días podría venir otra catástrofe. Pero otras veces trato de no pensar en eso, y estar contenta con lo que hay, que es algo. Si podría no haber nada pué. Nunca se sabe lo que puede ocurrir. Con que haiga sol, pienso que se puede estar contenta, y con que mi nieto crezca sano. ¿Qué más se puede pedir?

“[La] inmersión [de Bosch] en las dolorosas realidades de la vida rural rescata de allí las esencias, presentándolas con una sobriedad impresionante que es mérito y garantía de permanencia en el tiempo. Él mismo lo ha dicho: ‘Lo importante no era cómo la gente vistiera o hablara o hiciera las cosas; sino cómo la gente sintiera’. En este sentido, los cuentos de Bosch marcan una ruptura con la tradición narrativa dominicana. Deja, pues, los aspectos superfluos del habla campesina cibaeña, los detalles pintorescos, el folklorismo para turistas, las tarjetas postales que recogen lo más superficial de nuestra idiosincrasia, para desentrañar el alma de hombres y mujeres desheredados. A diferencia de lo que ocurre con los personajes de Horacio Quiroga, de quien es heredero directo, los personajes de Bosch, aunque a veces están enfrentados a la naturaleza, no son devorados por ésta, pues su enemigo más temible no es la selva, inexistente en nuestro caso, sino el amo, el poderoso, el dueño de las tierras. La fatalidad en los cuentos de Bosch está íntimamente vinculada a la explotación y a todas sus aliadas, es decir, la miseria, la ignorancia, la superstición, la marginación social, o cualesquiera otras formas de iniquidad” (Alcántara).

Creo que la función del hombre es tratar de ser feliz con lo que hay. Total, como no queda otra. Creo que hay que disfrutar de las pequeñas cosas. Ahí está el sentido. Intentar hacer el trabajo lo mejor posible, mirar el mar, sentir la arena. No tengo familia ni muchas amigas, pero las que tengo son buenas amigas. Han estado por mí cuando lo he necesitado. Quizá ese es el sentido y basta. No veo que sea algo mucho más abstracto que eso. Si no pienso así, me la paso infeliz. Es cierto que me gustaría que cambiarán muchas cosas, y espero que las oportunidades de personas como yo mejoren, pero por mientras, aprovecho lo que hay.

No me parece que yo haya podido venir al mundo para otra cosa que no sea cultivar este campo, es muy mío. Siempre he estado aquí, supongo que nací para esto. Tampoco necesito mucho más. ¡Con que haiga agua pa’ los frijoles!

“Al estar tan fuertemente ligadas al agua todas las interminables ensoñaciones del destino funesto, de la muerte, del suicidio, no hay que asombrarse de que el agua sea para tantas almas el elemento melancólico por excelencia. Más exactamente, empleando una expresión de Huysmans, el agua es el elemento melancolizante. El agua melancolizante rige obras íntegras, como las de Rodenbach o Poe. La melancolía de Edgar Poe no proviene de una felicidad esfumada, de una pasión ardiente que la vida ha quemado. Es directamente, desgracia disuelta. Su melancolía es realmente sustancial. ‘Mi alma —dice en alguna parte—, mi alma era un agua estancada’" (Bachelard 141).

Los dictadores y militares, de este país y de América Latina, han derrocado gobiernos legítimos, han esclavizado a sus pueblos, han asesinado y torturado a un sinnúmero de personas, se han enriquecido, y han abusado de un sinfín mujeres.

Yo sólo espero que nunca vuelva a ser presidente alguien tan malvado como Rafael Trujillo. Dios nos libre.

“Tal vez por eso había decidido que Trujillo debía morir. Para recuperar, él y los dominicanos, la facultad de aceptar o rechazar por lo menos el trabajo con el que uno se ganaba la vida. […] no sabía lo que era eso. De niño tal vez lo supo, pero lo había olvidado. Debía de ser una cosa linda. La taza de café o trago de ron debían saber mejor, el humo del tabaco, el baño de mar un día caluroso, la película de los sábados o el merengue de la radio, debían dejar en el cuerpo y el espíritu una sensación más grata, cuando se disponía de eso que Trujillo les arrebató a los dominicanos hacía ya treinta y un años: el libre albedrío” (Vargas Llosa 190).

Creo que los europeos que conquistaron América fueron muy crueles con los indios que vivían aquí, y después con los negros que llegaron. No es lo que enseñan en la escuela, cuentan que fue algo muy bueno, pero no lo creo así. Ellos estaban tranquilos en sus mundos, y llegaron a invadirlos. A quitarles todo, hasta la vida. Creo que para que termine la distancia entre estos dos mundos falta mucho, son las consecuencias de la invasión sangrienta y la explotación. Lo primero es que haya respeto y valoración del otro, para los dos lados, digo.

Me parece que no tiene sentido que haya rivalidades con nuestros hermanos que están en Haití. Si hubiese haitianos en Paso Hondo yo los invitaría a mi casa. Creo que a todas las personas hay que tratarlas bien. Creo que eso es lo que quiere el taita dios. Que nos entendamos, que seamos hospitalarios, no habría razón para negarle un plato de frijoles a nadie. Sea de donde sea, hasta de Europa, de los que una vez nos vinieron a conquistar. Creo que para llegar a algún lado hay que pedir permiso. ¡Vaya manera de entrar en nuestro paraíso!

“Mil veces sin duda la imagen de las lágrimas se le aparecerá al pensamiento para explicar la tristeza de las aguas. Pero esa relación no es suficiente, y […] [quisiera] insistir sobre razones más profundas que señalan el verdadero mal de la sustancia del agua. La muerte está en ella. Hasta aquí evocamos sobre todo las imágenes del viaje fúnebre. El agua lleva lejos, el agua pasa como los días. Pero otra ensoñación nos gana, diciéndonos de la pérdida de nuestro ser en la dispersión total. Cada uno de los elementos tiene su propia disolución, la tierra en el polvo, el fuego en el humo. El agua disuelve más completamente, nos ayuda a morir del todo” (Bachelard 142). “`[…] el alma toma forma de paloma, después de la muerte. [La paloma] participa del simbolismo general de todo animal alado (espiritualidad y poder de sublimación)” (Cirlot 359).

Los europeos han creído que nosotros los americanos, los mestizos, no podemos pensar en ideas más elevadas que 1 + 1. Pero claro que sí lo hacemos, incluso en botiquines en el Caribe es posible conversar sobre el destino final de la humanidad, aquí también nos preocupan esas cosas, no todo es playa y palmeras, también tenemos dudas. No solo en un café europeo es posible hablar de esos temas, también en La Guaira, también en América. Ese día me tiré al agua porque sentí desesperación. Recordé una época de mi vida en que fui muy feliz. Y me sentía muy angustiada en ese momento. Miguel se había ido de mi lado hace unas semanas y me sentía totalmente ofuscada, no veía salida. Fue una mezcla de cosas, esa conversación del botiquín, la paloma muerta, el recuerdo de Miguel y la incertidumbre de su partida, ¿si él se marchaba, por qué iba yo a quedarme?

El día que la gran lluvia quiso llevarme, yo pensé firmemente en mi nieto y en que sembraría batatas cuando acabara el diluvio aquel. Con esa idea en mente, sabía no que no podía morir. Le ganaría a ese gran río, porque no era mi momento, y no dejaría a mi nieto solo. La convicción me salvó, y la esperanza. Nunca se debe perder la esperanza.

“Los diversos planos del cuento ‘La muchacha de La Guaira’ nos entregan, magistralmente, las perspectivas vitales del mismo Juan Bosch. En Niebla, en 1955, creó un texto donde se enlazan los niveles de acción del escritor y el político que busca desentrañar el futuro de Latinoamérica, el futuro de los países del Caribe. La acción narrativa nos presenta un mundo de ‘capas’, inesperadamente trágico, con seres inocentes y bellos que esperaríamos pudieran despertar a un sentido de esperanza individual y colectiva; muchachas que no busquen la autodestrucción, con identidad, con nombre, alejadas del “ser para la muerte”, de la naturaleza implacable, menos dominadas por tormentas y volcanes ocultos bajo una superficie quieta, fría y desapasionada” (Maza 26).

Si hay descontento hay que manifestarse. Dejar salir lo que se siente. Me parece que Latinoamérica tiene ese poder, aunque no lo parezca. Tiene esas ganas de hablar, de decir lo que su alma guarda. Constantemente está surgiendo esa fuerza interna de los latinoamericanos, que deben luchar en tantos frentes. Todos queremos un mundo mejor.

Si me preguntan, yo voy a decir siempre que me gustaría que hubiera más igualdad y más justicia. Así seríamos todos más felices.

“El suicidio, desde el ángulo tradicional, es el máximo crimen por destruir el ‘soporte de la evolución’ que es la propia vida. Desde la concepción hinduista […] es un acto enteramente inútil pues suprime sólo el aspecto exterior, un ente. Paradójicamente, desde el ángulo existencial es un símbolo de la destrucción del mundo, puesto que la doctrina que carga todo el valor de la realidad en el ámbito de una existencia identifica con ella la “totalidad” (al menos la suma de juicios que constituyen su representación)” (Cirlot 425). “El agua cerrada toma en su seno a la muerte. El agua da la muerte elemental. El agua muere con el muerto en su sustancia. El agua es entonces una nada sustancial. No podemos llegar más lejos en la desesperación. Para ciertas almas, el agua es la materia de la desesperación” (Bachelard 143).

Fin a la tragedia acuática y a la suciedad cenagosa
Después de siete días de diluvio, he podido finalmente expresarme, sacar fuera esa balsa que no podía hallar, subirme al arca esperando renacer, juntando en ella muchas palabras, para que puedan reproducirse, seguir creando, mezclándose con belleza, con ingenio, he logrado hacer mía la embarcación, para evitar su naufragio, y haciéndola relucir en el gran mar de incertidumbres, hoy navego en aguas tranquilas, que no son trágicas ni sucias, esperando poder dar una esperanza a la muchacha de aquel puerto del Caribe, a aquella mujer del campo dominicano, una pista, una ilusión, una dignidad. Lo que he intentado en estas líneas, es dar voz a la opresión, es dar confianza a lo excluido, dar lugar a lo desdeñado, a lo abandonado, poner en los labios de los sudamericanos postergados, una palabra de ensoñación, una palabra de serenidad, una seguridad merecida, unas ganas de vivir. He intentado sacar fuera, ese derecho de cada uno a expresarse, validando cada historia personal, como lo más sagrado, que uniéndose en un gran baile de individuos, da lugar a la existencia humana en esta tierra, que es de todos.

4 de agosto de 2011

No hay dudas

¿Acaso hay dudas? No, ya no las hay.
David

Me subo a tu tabla, me invitas al mar, como a una fiesta, de personajes marinos maravillosos, de olas que revientan con fuerza pacífica, de gaviotas que quieren acompañarnos, me llamas por mi nombre, soy la sirena del paisaje, agito mi aleta al sol orgullosa, me dices que no hay otra como yo en toda la inmensidad oceánica, me aseguras que estuviste mucho tiempo buscándome, que el brillo de mis ojos es único, que lo seguirás hasta donde el mar acaba en la lejanía, que eres el más afortunado del ancho océano, que ves el azul relucir si mi marítima existencia te toca, sonrío, porque en tus bellos ojos marinos encuentro una revelación del paraíso por venir, una insinuación de la inmortalidad.
Arriba de la ola

Por primera vez en mucho tiempo, me siento surfeando arriba de la ola, viendo las cosas desde arriba, con serenidad, con calma, con alegría del trabajo hecho, de lo construido, diviso a los delfines y focas sabiendo que está bien que estén ahí, que todo lo que vive tiene y tendrá una razón.
Fechas

Soy una rayada con las fechas, las recuerdo, las puedo superponer y comparar con distintos años, investigo los ciclos, indago en las coincidencias, y me alegro con el entendimiento del plano mayor de la estructura de mi vida, de la estructura de los tiempos, su evolución y circunstancias, las razones del presente, tantas veces entreverada con el pasado, entretejida con los sueños del futuro, tantas veces entrecruzada con los lapsos que retornan, con la posibilidad de avanzar hacia una nueva etapa en el gran espiral de la vida.
Oportunidad

Pensé que no podría escribir sobre aspectos positivos, sonrisas, estaba segura que la oscuridad era todo lo que vería, pero ahora sé que no, que el sol brilla, que la existencia también es disfrutar con lo que hay, también es agradecer y sentir genuina gratitud por la sustancia de la que está compuesta nuestro día a día, por los individuos que acompañan nuestro caminar, por los seres sagrados que están dispuestos a escucharnos, por la maravillosa ocasión de poder escuchar y sentir a esos sujetos que nos rodean. ¡Uf! Se siente bien esta oportunidad.
Inspiración primaveral

La siento venir, es la inspiración primaveral, esa promesa de flores que van a abrirse, para mostrarme su polen, para poder fecundar a la tierra, de milagro y belleza.
Confirmación

Sucede lo siguiente, ya tengo 30, había tomado la decisión de antes, pero ahora la confirmo, no haré nada que no me haga sonreír, no trabajaré ni estudiaré en algo que no me llene en el día a día, aunque envuelva una promesa de porvenir futuro, no hay tiempo, la existencia es fugaz y bella como para desaprovecharla.
Alteración

Cuando ya no me ponga nerviosa, será porque las cosas dejaron de importarme.
El verano que viene

Me siento bien, ¡sí, es el verano!, ¡es el verano! ¡Es el verano que viene!, ¡nadie podrá detenerlo!
Absorta

Tan absorta, siempre tan absorta, pensando en la inmortalidad, descuidando lo tangible.
Fin a la tragedia acuática y a la suciedad cenagosa

Después de cuatro días de diluvio, he podido finalmente expresarme, sacar fuera esa balsa que no podía hallar, subirme al arca esperando renacer, juntando en ella muchas palabras, para que puedan reproducirse, seguir creando, mezclándose con belleza, con ingenio, he logrado hacer mía la embarcación, para evitar su naufragio, y haciéndola relucir en el gran mar de incertidumbres, hoy navego en aguas tranquilas, que no son trágicas ni sucias, esperando poder dar una esperanza a la muchacha de aquel puerto del Caribe, a aquella mujer del campo dominicano, a aquella niña del pueblo mexicano, una pista, una ilusión, una dignidad. Lo que he intentado en estas líneas, es dar voz a la opresión, es dar confianza a lo excluido, dar lugar a lo desdeñado, a lo abandonado, poner en los labios de los sudamericanos postergados, una palabra de ensoñación, una palabra de serenidad, una seguridad merecida, unas ganas de vivir. He intentado sacar fuera, ese derecho de cada uno a expresarse, validando cada historia personal, como lo más sagrado, que uniéndose en un gran baile de individuos, da lugar a la existencia humana en esta tierra, que es de todos.

(Inspirado en Es que somos tan pobres, de Juan Rulfo, Dos pesos de agua, y La muchacha de La Guaira, de Juan Bosch).