4 de agosto de 2011

Fin a la tragedia acuática y a la suciedad cenagosa

Después de cuatro días de diluvio, he podido finalmente expresarme, sacar fuera esa balsa que no podía hallar, subirme al arca esperando renacer, juntando en ella muchas palabras, para que puedan reproducirse, seguir creando, mezclándose con belleza, con ingenio, he logrado hacer mía la embarcación, para evitar su naufragio, y haciéndola relucir en el gran mar de incertidumbres, hoy navego en aguas tranquilas, que no son trágicas ni sucias, esperando poder dar una esperanza a la muchacha de aquel puerto del Caribe, a aquella mujer del campo dominicano, a aquella niña del pueblo mexicano, una pista, una ilusión, una dignidad. Lo que he intentado en estas líneas, es dar voz a la opresión, es dar confianza a lo excluido, dar lugar a lo desdeñado, a lo abandonado, poner en los labios de los sudamericanos postergados, una palabra de ensoñación, una palabra de serenidad, una seguridad merecida, unas ganas de vivir. He intentado sacar fuera, ese derecho de cada uno a expresarse, validando cada historia personal, como lo más sagrado, que uniéndose en un gran baile de individuos, da lugar a la existencia humana en esta tierra, que es de todos.

(Inspirado en Es que somos tan pobres, de Juan Rulfo, Dos pesos de agua, y La muchacha de La Guaira, de Juan Bosch).

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