9 de agosto de 2011

Tema: “Diluvio” y tragedia en Es que somos muy pobres de Juan Rulfo y Dos pesos de agua de Juan Bosch.
Obras: “Es que somos muy pobres” (1953), en El Llano en llamas, de Juan Rulfo; y “Dos pesos de agua” (1941), en Cuentos escritos antes del exilio, de Juan Bosch.

Palabras clave: Diluvio, Agua, Lluvia, Indefensión, Pobreza, Tacha: Tragedia, Remigia: Esperanza.

Aguas trágicas
El agua, tan llena de vida, y tan llena de muerte, cuando hay desprotección, cuando no hay esperanzas con que hacerle frente, cuando llega sin aviso, cuando el cauce del río no es suficiente, cuando el mar se envalentona a pasear por fuera de su cuenca, cuando el hogar es frágil, cuando el cuerpo está tembloroso, cuando las oportunidades son exiguas, cuando el campo y su plantación lo es todo, cuando los animales se resignan a la naturaleza voraz, cuando no hay balsas que resistan, cuando la tierra quiere castigar, cuando no hay salvaciones posibles, cuando se ha luchado hasta el final. En ese escenario, el agua es muerte, y la muerte es muerte.

Aguas sucias
Me ahogo, en tantas aguas sucias, en tanto cataclismo, en tanto abandono. Me ahogo, como la vaca Serpentina, como las batatas, como los caminos. Me hago una con el agua y floto, buscando un nuevo porvenir. Me lanzo al agua con esperanza, escondiendo mi desconcierto, resistiendo a la corriente que no me alcanzará si sigo luchando, rebelándome a mi destino inexorable. Me ahogo, en esta agua maldita que no me da tregua, que no cesará hasta matarme, a pesar de haber hecho tantos sacrificios. Por una última vez miro al cielo y manifiesto mi confusión, mi ignorancia frente a tanta desgracia. Ruego por despertar en tierra firme.

En este escrito de extensión breve, quisiera abordar los encuentros y desencuentros entre los relatos Es que somos muy pobres, del escritor mexicano Juan Rulfo, y Dos pesos de agua, de Juan Bosch, escritor y político dominicano. Ambas narraciones, invadidas por el agua que mata, se encuentran en el sustrato mítico del diluvio, como agente mortal y regenerativo de vida. En estas historias, el final es trágico, no hay nacimiento alguno, ni oportunidad de regeneración, por el contrario, asistimos al funeral de las expectativas. Los cuentos se desencuentran respecto a la actitud de los personajes, Remigia, la protagonista de Dos pesos de agua, sigue pensando hasta el final que plantará batatas, pero el hermano de Tacha, narrador de Es que somos muy pobres, vislumbra el camino a la perdición que cercenará las perspectivas de su hermana, cuando se da cuenta del laberinto sin salida al que esas aguas sucias la están llevando.

“[El diluvio] constituye una catástrofe o cataclismo meteorológico acaecido por voluntad divina, consistente en un largo periodo de lluvias incesantes y de una fuerza y violencia destructora y arrasadora. Por tanto, el diluvio se vincula indisolublemente al agua, que le confiere su significado regenerador y renovador. Este castigo divino acaece cuando se produce un agotamiento de la realidad existente. Así, el diluvio está siempre asociado a faltas cometidas por la humanidad, pecados, trasgresión de las normas y reglas impuestas por la divinidad. […] Esto es lo que desencadena la reacción del dios enviando a los hombres la fatal catástrofe; pero tras ella, la vida aparece de nuevo renovada y dotada de mayor fuerza, el diluvio purifica y regenera a la humanidad a través del agua como si se tratase de un bautismo colectivo, decidido por los dioses” (Serrano 89).

Me dicen Tacha, pero mi nombre es María Guadalupe, soy mexicana. El aguacero que nos llegó casi mata a todo mi pueblo, no sé cómo quedamos vivos. Pero tuvimos pa’ varias semanas con casi na’ pa’ comer, porque el agua se lo llevó todo. Si viniera otro de esos, preferiría irme con el río, me da mucho miedo esa lluvia, cuando parece que el cielo se hubiera enojado como un diablo encendido.

Mi nombre es Remigia, trabajo en el campo. Mi vida ha acontecido siempre en el mismo lugar, y he estado haciendo lo mismo a lo largo de los ochenta años que llevo en este mundo. Es lo que sé hacer, y me gusta. Hace unos meses, vino una lluvia que casi se lleva to’. Yo agarré a mi nieto no más, y no sé cómo le aguantamos.

“La tradición del diluvio o de varios diluvios, está repartida por toda la tierra. […] Es una catástrofe que nunca es definitiva, por tener lugar bajo el signo del proceso cíclico lunar y del carácter regenerativo de las aguas. El diluvio destruye las formas, pero no las fuerzas, posibilitando así nuevos surgimientos de vida. En la lluvia corriente se conserva siempre algo del gran sentido simbólico del diluvio; toda lluvia equivale a una purificación y regeneración, lo que implica en el fondo la idea de castigo y de finalización” (Cirlot 175).

La cosecha de cebada se nos inundó por la lluvia ésta que no para. Y cuando se nos acabe lo que teníamos guardado, no sé qué vamos a comer. Mi mamá dijo que quizá era por mis hermanas, que se fueron pa’ la ciudad, y se ganan la vida de mala forma, tal vez por ellas que nos llega esta lluvia, porque dios allá arriba nos la manda como escarmiento.

Se me va el tiempo cuidando el maíz y los frijoles. Viendo que a los pollos y a los cerdos no les falte comida. Pero lo que llena mi día es ver a mi nieto. Cada día está más grande, y siempre tan calladito, pero yo sé que va a llegar lejos, porque pa’ eso me he esforzado tanto. Me ayuda cuidando la siembra y siempre está sonriendo. Pienso que el taita dios me lo debe haber mandado como un regalo para alegrar mis días. Es que a veces se parecen mucho, y como él va creciendo, así no olvido el paso del tiempo. Ahora tengo una razón para cuidar con más dedicación la cosecha. Ahora la batata, el arroz tresmesino, los frijoles y el maíz dejan en mí un sabor más agradable. Son sagrados, y harán que mi nietecito un día pueda casarse y tener su tiendecita de ron y azúcar, sé que lo hará.

“A lo largo de la historia, [la lluvia] se ha entendido en todas partes como símbolo de la influencia y la acción del cielo sobre la tierra. Muchos pueblos la consideraron como la plasmación de la mítica unión sexual entre el cielo y la tierra y, por consiguiente, como la fecundación de ésta. […] Así, la lluvia, al igual que el agua y la tierra, ha sido uno de los principios fértiles por excelencia. Todas las civilizaciones lo reconocieron así y la vinculación a la otra gran fertilidad conocida, la de la mujer. Este vínculo, constante en casi todas las narraciones simbólicas, se completa con una última asociación: a la Luna, que, por oposición al Sol (fuego), se une a mujeres, tierra, lluvia y agua, como grande símbolos de fecundidad. […] Pero la lluvia, como cualquier otro poder divino, tiene la capacidad de convertirse en un poder destructivo, en castigo de los dioses, en los temidos diluvios (magnificación de las inundaciones y lluvias torrenciales tan sufridas por los humanos)” (Serrano 197).

Somos muy pobres y mi papá confiaba en que mi vaca, la Serpentina, iba a ayudarme a que alguien me quisiera pa’ casarme bien. Pero ya no la he visto más, y yo creo que el río me la mató.

Los que vivimos aquí en Paso Hondo somos muy pobres. Tenemos nuestro conuco, el bohío, algún potro pa’ ir al pueblo, los frijoles, pero nada está garantizado. Si las ánimas no mandan lluvia se nos seca todo, y ahí quedamos. No hay nada que hacer. He pasado días sin comer cuando las cosas están feas. No me importa morirme de hambre, pero a mi nieto quiero que nunca le falte. Lo que yo pido es que taita dios nunca se enoje y me lo quite todo. Que siempre haya algo para mi nieto, que él llegue lejos.

“[El caos] hace referencia al estado del universo antes de ser creado. Parte de la asunción de la existencia de un orden creado en el universo, regulado por dioses o fuerzas sobrenaturales. Su estado previo a ese orden sería, por tanto, el caos, una confusión primigenia y totalizadora. Este complicado concepto se plasmó sobre las imágenes más asibles del vacío (así aparece en la tradición griega y en la bíblica) o del océano en el que todo los componentes del universo está aún disueltos e indiferenciados” (Serrano 48). “Remigia, a favor de la verosimilitud del relato, corrobora los hechos insólitos a través de procedimientos de fe. Estos procedimientos están estrechamente ligados a una cosmogonía judeo-cristiana, y a la creencia sobre la existencia de ánimas que podría cambiar el inexorable destino de sus tierras secas. La fe de Remigia está en función de una espera, y una esperanza. La espera implica el cambio de fortuna, una peripecia vital no para su vida, sino para la de su nieto. Remigia aguarda el momento en que la tierra permita la liberación a la que se condicionan los habitantes del campo, y es dentro de esa espera, en la que su esfuerzo encuentra la esperanza para fraguar sus sueños. […] Después de días de un aguacero incansable, el cuerpo de Remigia flota entre el agua oscura del campo, pero ella cree, ella espera: “En cuanto esto pase siembro batatas” (Garay 5).

Yo creía en dios, pero con esto ya no sé qué pensar. De todas maneras, no creo que nunca me vaya de este pueblo, mi papá dice que afuera hay gente mala. Mi hermano me invitó a jugar ayer, pero a mí sus amigos me dan miedo.

Le rezo siempre a taita dios, para que se acuerde mí. Y cuando pasan cosas malas, le hago un rosario a San Isidro. Así nunca le va a faltar nada a mi nieto, así nunca se van a olvidar de él. Yo en todo momento tengo esperanza, porque me he portado bien, sé que las cosas siempre van a mejorar. Yo tengo fe, y sé que taita dios está conmigo porque yo he sido buena.

“Se considera […] [al agua] como el mantenedor de la vida que circula a través de toda la naturaleza en forma de lluvia, savia, leche, sangre. Ilimitadas e inmortales, las aguas son el principio y fin de todas las cosas de la tierra. Las aguas simbolizan la unión universal de virtualidades, que se hallan en la precedencia de toda forma o creación. La inmersión en las aguas significa el retorno a lo preformal, con su doble sentido de muerte y disolución, pero también de renacimiento y nueva circulación, pues la inmersión multiplica el potencial de la vida. En el plano cósmico, a la inmersión corresponde el diluvio, la gran entrega de las formas a la fluencia que las deshace para dejar en libertad los elementos con que producir nuevos estados cósmicos” (Cirlot 70). “El Arca de Noé, el barco del relato bíblico en el que aquellos que escuchan a Dios salvan sus vidas del Diluvio, es un símbolo de vida resguardada gracias a Dios y a sus preceptos. No es sólo una nave, sino también un cofre que resguarda un tesoro, el de la vida” (Serrano 23).

Una vez leí un cuento de Juan Rulfo, fue en la escuela, pero no me gusta leer. De ese me acuerdo porque la historia que leí era de un diluvio, de una niña igual que yo, por eso me acuerdo. Pero a esa se la llevaba el agua. Yo no quiero que me lleve el agua, para eso tengo pies firmes y manos fuertes.

Una vez me leyeron un cuento de don Juan Bosch. Me pareció medio terrible, pero yo no entiendo mucho de esas cosas. Era de una lluvia grande, como la que tuvimos aquí el año pasado. Pero a esa señora se la llevaba el río. No sé si se moría río abajo después. ¡Y si viene el aguacero de nuevo yo no tengo ni bote pa’ subirme!

“En todas las sociedades, incluyendo las agrícolas, [las vacas] se convirtieron en una importantísima fuente de sustento. Por ello las hembras se consagraron como símbolo de fertilidad, maternidad, vida y abundancia. Todo ello las puso en relación simbólica con la Luna y la tierra (grandes símbolos de fertilidad), lo que generó asociaciones muy visibles tanto en el arte sumerio como en el indio. Por el mismo motivo, los germanos la relacionaron con el agua (otro gran símbolo de vida) en figuraciones como la que afirmaba que el cielo guardaba su lluvia fecundante en una piel de vaca” (Serrano 303).

Ahora que se me murió mi vaca Serpentina ya no quiero vivir más acá, pero no sé adónde más podría ir. Me gustaría ver a mis hermanas, pero ya no viven aquí, y mi papá me dice que mejor que ni me junte con ellas, porque se me podrían pegar las malas costumbres.

Paso Hondo es un pueblo chico, y siempre hemos vivido los mismos. Nos conocemos todos. Me parece bueno, porque nos ayudamos. Si alguien no tiene pa’ comer, compartimos. Si a todos nos puede pasar alguna vez, hay que ser considerado. Yo lo que pido es que nunca llegue nadie malo pa’ acá. Pero, creo que entre todos lo echaríamos. Porque después no vaya ser cosa que las ánimas la agarren con uno y no crezca nada en la siembra. Hay que ser precavido.

Bachelard nos dice que querer vencer al agua es el sueño de voluntad de poder. En estas historias, el agua vence, arrasa con cólera, acaso es la venganza contra los hombres al creerse superiores a la naturaleza. Pero la venganza se hace más cruenta contra los que tienen menos, al no poder hacerle frente. Acaso eso es parte de la fatalidad del asunto. De la fatalidad más cruelmente reflejada en la “soledad” de un continente, como lo es el sudamericano. “Todas esas violencias obedecen a la psicología del resentimiento, de la venganza simbólica e indirecta. Podemos encontrar, en la psicología del agua, violencias similares que van a emplear otra forma de excitación colérica. […] Todos los detalles de la psicología de la cólera se vuelven a encontrar en el plano cósmico” (Bachelard 270).

Lo que yo no quiero es ser piruja como mis hermanas.

Siempre fui fiel a mi marido. No tuve ojos para nadie. Menos cuando murió. Me parece que una mujer debe ser sumisa, aunque el marido de una no le preste toda la atención que uno quisiera. Pienso que Leonidas, ese era su nombre, me quería mucho, a pesar de que a veces no volvía por las noches, o desaparecía algunas semanas. No era algo de lo que yo podía opinar. El era trabajador y eso es lo importante. Si tuvo otras mujeres no sé, prefiero no saber. Es su vida y yo estaba dedicada a la casa y a cuidar la siembra. Nunca quería hacerlo enojar, si él siempre me dio todo. Aunque a veces siento pena de acordarme de cuando lo quedaba esperando en la noche y no llegaba nunca.

“Mil veces sin duda la imagen de las lágrimas se le aparecerá al pensamiento para explicar la tristeza de las aguas. Pero esa relación no es suficiente, […] y [quiero] insistir sobre razones más profundas que señalan el verdadero mal de la sustancia del agua. La muerte está en ella. Hasta aquí evocamos sobre todo las imágenes del viaje fúnebre. El agua lleva lejos, el agua pasa como los días. Pero otra ensoñación nos gana, diciéndonos de la pérdida de nuestro ser en la dispersión total. Cada uno de los elementos tiene su propia disolución, la tierra en el polvo, el fuego en el humo. El agua disuelve más completamente, nos ayuda a morir del todo” (Bachelard 142).

Ahora que perdimos toda la cosecha yo creo que mi papá se va a poner a tomar de nuevo. Después se pone violento y me pega. A veces me gustaría morir.

A nuestro vecino Toribio lo desaparecieron. En esos años tan largos en que mandaba en nuestro país ese sinvergüenza de Rafael Trujillo. Ese Toribio, además era tan buena persona, no se merecía algo así. Y todo fue porque se quejó en la radio de algo feo que le habían hecho a su amigo Rosendo, también desaparecido años después. En esos años, no se podía decir nada, de todo se enteraban esos salvajes. Dios me libre que a mi Leonidas no le pasó nada. No sé qué habría hecho, ahí sola, no sé cómo lo habría podido ayudar. Le dije que ni se metiera en lo de Toribio, porque después iba a salir mal. Menos mal me hizo caso. Si a mi Leonidas le hubiera pasado algo, yo mejor me hubiera muerto que seguir sola.

“El agua cerrada toma en su seno a la muerte. El agua da la muerte elemental. El agua muere con el muerto en su sustancia. El agua es entonces una nada sustancial. No podemos llegar más lejos en la desesperación. Para ciertas almas, el agua es la materia de la desesperación” (Bachelard 143).

No creo que pueda estudiar más, aunque me gustaría, tengo amigas en la escuela. Y sin la Serpentina no sé qué más voy a hacer en el día. Si se me pasaban las horas mirándola, dándole comida, arreglando su cama pa’ que pudiera descansar bien.

El destino de nosotros los campesinos es incierto. Dependemos de que la cosecha esté buena. De que los animales estén sanos y nos permitan vivir. A veces creo que es difícil. Que la vida del campo es cansadora, que todos los días podría venir otra catástrofe. Pero otras veces trato de no pensar en eso, y estar contenta con lo que hay, que es algo. Si podría no haber nada pué. Nunca se sabe lo que puede ocurrir. Con que haiga sol, pienso que se puede estar contenta, y con que mi nieto crezca sano. ¿Qué más se puede pedir?

“El espacio rural en los textos de Bosch y Rulfo es re-significado como un espacio de integridad, y se incluye al agua como un elemento que organiza una causalidad mágica en la zona en que aparece. Finalmente, este elemento iluminaría ecos de un sustrato mítico vinculado a la cosmogonía universal: el agua voraz de los tiempos primigenios, el diluvio como castigo para la humanidad, el hundimiento de la tierra, la destrucción de las esperanzas” (Garay 2).

Quiero seguir cuidando a mi vaca, ¡si pudiera encontrarla! o tal vez pillo por ahí al becerrito.

No me parece que yo haya podido venir al mundo para otra cosa que no sea cultivar este campo, es muy mío. Siempre he estado aquí, supongo que nací para esto. Tampoco necesito mucho más. ¡Con que haiga agua pa’ los frijoles!

“El castigo o purificación por el agua, en estos textos, está lejos de repetir “una concepción cíclica del cosmos” en la que se instale una nueva oportunidad para la humanidad, ya que a diferencia de los relatos fundacionales como el diluvio en la Biblia, o en el Popol Vuh, los cuentos no poseen aquella estructura circular de renovación de las esperanzas. Por el contrario, el único círculo o periodo cíclico que se cumple, es el de enraizar a los hombres a la tierra, ahogar su esperanza y poner en funcionamiento la continuidad del determinismo social que afecta a los sectores rurales de Hispanoamérica” (Garay 11).

Ahora que se fue la Serpentina ya no me queda nada.

Si me preguntan, yo voy a decir siempre que me gustaría que hubiera más igualdad y más justicia. Así estaríamos todos más felices.

“En ‘Es que somos muy pobres’ el agua y la tierra, en su venganza telúrica, reclaman a los campesinos, destruyendo y ahogando los sueños, y con ellos la esperanza de un cambio en el determinismo social con la que ha cargado la genealogía familiar” (Garay 11).

Mi mamá dice que ella cree que las cosas van a mejorar, después de que pase este aguacero y de que se vaya el olor a podrido, pero yo no creo, está muy grande el río, no veo que vaya a poder irse de nuevo pa’ su lugar.

El día que la gran lluvia quiso llevarme, yo pensé firmemente en mi nieto y en que sembraría batatas cuando acabara el diluvio aquel. Con esa idea en mente, sabía no que no podía morir. Le ganaría a ese gran río, porque no era mi momento, y no dejaría a mi nieto solo. La convicción me salvó, y la esperanza. Nunca se debe perder la esperanza.

Fin a la tragedia acuática y a la suciedad cenagosa
Después de siete días de diluvio, he podido finalmente expresarme, sacar fuera esa balsa que no podía hallar, subirme al arca esperando renacer, juntando en ella muchas palabras, para que puedan reproducirse, seguir creando, mezclándose con belleza, con ingenio, he logrado hacer mía la embarcación, para evitar su naufragio, y haciéndola relucir en el gran mar de incertidumbres, hoy navego en aguas tranquilas, que no son trágicas ni sucias, esperando poder dar una esperanza, a aquella mujer del campo dominicano, a aquella niña del pueblo mexicano, una pista, una ilusión, una dignidad. Lo que he intentado en estas líneas, es dar voz a la opresión, es dar confianza a lo excluido, dar lugar a lo desdeñado, a lo abandonado, poner en los labios de los sudamericanos postergados, una palabra de ensoñación, una palabra de serenidad, una seguridad merecida, unas ganas de vivir. He intentado sacar fuera, ese derecho de cada uno a expresarse, validando cada historia personal, como lo más sagrado, que uniéndose en un gran baile de individuos, da lugar a la existencia humana en esta tierra, que es de todos.

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