En Antofagasta
23/06/10
Me voy en el avión con los mineros. Voy sentada al lado de uno fornido que me pega codazos constantemente porque no cabe en los pequeños asientos del avión. Llego a destino y recorro la tierra yerma, árida. Infinita y extensa a ambos lados. La siento como yo misma, pienso que podría ser ella. Creo que me entiende. Está tan seca, nada crece. Es como la muerte, el vacío. Luego aparece el mar, para dar un poco de movimiento a este paisaje. También infinito, y en cierta forma también árido como yo, salino. Carpas de circo. Industria, metal, corrosión. Mucho óxido. Oscurece, camino por las veredas rotas, las murallas rayadas. No encuentro donde poder tomarme un té, compartirlo conmigo misma, algún lugar cálido que me acoja en silencio. Mediodía en la arena, el maravilloso sonido del mar. Un perro se mete al agua mansa. Se sacude y se lame los bigotes salados. A lo lejos veo el puerto y sus grandes maquinarias. Temprano en la mañana tomo un taxi que llega atrasado a buscarme y luego no sabe como llegar adonde voy. Se enoja cuando me bajo porque la tarifa me parece cara. -Como si yo fuera culpable del taco- me dice. Al día siguiente descubro que el trayecto entre un lugar y el otro no es más que cinco cuadras. En el desayuno no quedan mesas. En todo el hotel sólo atiende una señora, cuando miro desde la puerta de la cocina está sacándole el cuesco a la palta, -no alcanzaré a tomar desayuno- pienso. En mi habitación hace frío, la cerámica está helada y no hay alfombra. Llego al ministerio de justicia, es un edificio gigante y está vacío. El ascensor no está funcionando, subo los cinco pisos por una larga escalera. Es un gran edificio, gigantesco, y no hay nadie. Subo rápidamente y me encuentro con la secretaria y la seremi. –Asiento- me dice, -estamos imprimiendo unas hojas que nos faltan-. No hay apuro, veo. Intento que el sol penetre en mi vida. Cierro los ojos y dirijo mi rostro en su dirección, rogándole rompa el hielo de mi cuerpo, de mi mirada y de mi alma. Le pido al mar que me dé fuerza. Llegamos al centro cerrado de adolescentes, el resto de la comisión nos espera hace más de media hora. La seremi pregunta si todos tienen los formatos de las pautas de visita, pero como van a tenerlos si nunca los mandó, pienso. Me toca informar sobre salud, educación, alimentación y disciplina. Visitamos la enfermería. No hay nadie, está cerrada. -Ésta es la piedra tope del centro-, nos dice la jefa técnica. –No nos aceptan a los jóvenes en los consultorios, están estigmatizados, es que llegan con grilletes-. Salió el sol, sigo en la arena. Escolares se bañan en el mar, ya son las dos y media. Vamos a la sala de clases, es tan pequeña que no me imagino más de tres personas dentro. Conversamos con un adolescente sentado en la pequeña sala. –Lo malo es que tiene alergia a la tierra-, nos dice la profesora, el adolescente tiene la cara roja, hinchada, -pero es buen alumno- acota, -reclama las clases cuando no las hacemos-. –Aquí estaba Giovanna-, nos indica la jefa técnica, apuntando a una diminuta sala de la enfermería con una cama a medio hacer, una frazada desordenada encima y una taza vacía en el suelo, -ahora está hospitalizada, nos costó cuatro meses que la hospitalizaran, la mandaban de vuelta, es boliviana, está acá por tráfico de drogas, llegó de Bolivia con un paquete de coca. Echa de menos a su familia, es que está muy sola-. –No hay doctor aquí- nos cuenta. –A veces en el consultorio les escriben de diagnóstico “hipocondríaco”, para que se vayan y no tener que atenderlos más tiempo-. Se me acabó el té que estaba tomando. Escucho Kate Bush en mis audífonos, sigo en la arena. –Esta es la celda de segregación-, -¿de castigo?- pregunto. –Sí, cuando algún adolescente está descompensado, o hay riñas, entonces se quedan aquí. Muchas veces están con síndrome de abstinencia y se ponen agresivos. Lo más complicado en estos casos son los intentos de suicidio. Entonces los vigilamos-. -En el programa de Conace sí hay un doctor, pero el programa sólo tiene 20 plazas, y tenemos 60 jóvenes, en ésta época llegan a 80 a veces-. –Tuvimos que empotrar más camas a la pared, porque no nos alcanzaban-. -¿A ti qué te pasó?-, -estoy enfermo-, –pero ponte calcetines entonces, así no te vas a mejorar, y esta pieza está muy húmeda-. ¿Tú estás enfermo?-, -no, tengo sueño-, -ah…-. -Sí po, se me enferman los cabros, es que no tenemos agua caliente para que se duchen. Los paneles solares los rompieron-, -¿pero eso no fue hace dos años?-, -sí, pero el nuevo sistema de calderas no funciona, es que las instalaron, pero no tomaron en cuenta lo que cuesta mantenerlo-. -¿Y por qué no funciona el taller de costurería?-, es que la tallerista está de educadora de trato directo, además los jóvenes lo ven como una actividad de mujeres-, -¿tienen muchas licencias?-, -sí, eso es un problema, la mitad de los funcionarios está con licencia-, -¿y donde está el director del centro?-, -está con día administrativo-. De pronto ya no hay nubes. El sol inunda la blanca arena. El fiscal con quien me toca visitar habla por teléfono cada cinco minutos. Me desentiendo de él. Ahora se disculpa. Es la quinta vez que visita los centros. Parece resignado, el asunto quizá no le interesa. El chofer de la seremi me pasará a buscar a la vereda de la playa, debo irme. Tomo un té de jazmín en un restaurante chino. Me recuerda China. Me gusta salir de Santiago, me da nuevos aires. –Cabo, ¿y desde esta hora los dejan encerrados en las celdas? Son las cuatro y media-, -sí, ya se quedan en sus celdas hasta mañana-. -¿Están medicados?-, -sí, con clonazepam principalmente, el síndrome adaptativo, es que todos son consumidores-. –Algunos son analfabetos, hay de todo-. –Están todos en básica, a ver espere, ¿cabo, en qué curso están?-, -cuatro en media, dos en básica-. La radio del restaurante dice rescátame de aquí, me muero por dentro. -¿Cuánto llevas aquí?-, -12 meses-, -¿y cuanto te queda?-, -32-, -¿y a ti?-, -no, a mí cinco-. –Salgo el lunes-. –Llevo dos semanas-. –No hay internas mujeres en esta sección juvenil, nunca ha habido. Ocupamos las dependencias para capacitaciones de las funcionarias y para el taller de peluquería. Si llegan internas no sé que vamos a hacer. No tenemos espacio-. – Hay 132 internas adultas. 31 son extranjeras, todas bolivianas, menos 2, están por tráfico-. Ya son las diez. Mañana vuelvo a Santiago. En la noche hace frío en esta ciudad, ya me voy a dormir. Parto al aeropuerto en media hora. En este momento estoy en la oficina de la seremi. Hoy me vine a trabajar para acá, le pedí si me prestaba un computador para completar mi parte del informe. La visita fue exitosa después de todo. A mí me pareció al principio un poco desordenada, pero según el fiscal, con quien me tocó visitar y conversamos harto, que la seremi anterior no le daba importancia y que la visita era un desastre. El centro para llorar, como siempre, no sucio ni esas cosas, pero con muy pocas actividades, casi todo el día de ocio. Me da la sensación de que nadie dice con todas sus letras lo malas que son las condiciones de vivir así, creo que una buena estrategia sería preguntarles si estarían tranquilos que sus hijos estuvieran en ese lugar. Creo que ahí habría más sentido de la realidad. Me quedo con la sensación al final de no saber por donde empezar, creo que eliminar el Sename y partir de nuevo sería una buena forma. ¡En este centro también hay una “señora rehabilitadora”! con ella lo recorrí, es un clon de la de Valparaíso. Empiezo a pensar que se ponen así con el tiempo dentro del centro. Esa forma de explicar todo como si fuera lo más normal del mundo las cosas más anormales. Me di cuenta en esta metrópoli de mi ritmo hiperventilado, pero tuve que calmarme a la fuerza. La ciudad funciona a uno por hora, y para qué hablar del tema justicia y de hacer cambios, para eso si que hay que operarse de los nervios. Ruego nunca perder el impulso. Ruego poder demandar acaben los tratos crueles, inhumanos y degradantes. Pido que alguien ponga atención a lo abandonado.
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