Ironía
y desilusión en La Educación Sentimental,
de Gustave Flaubert (1869).
En esta novela,
fundadora de la fisonomía actual del género según algunos autores, se oculta
una ironía que recién es posible advertir en su totalidad en la última parte.
Lo que presenciamos desde el principio, y durante su desarrollo, son señales de
alerta, indefinidas. En la primera parte, la novela nos induce a error, creemos
estar en presencia de una novela romántica. Pero, desde el inicio, sospechamos
que hay algo más. La insatisfacción se respira, y es difícil dar crédito
romántico a esas descripciones tan exageradas. Desde el comienzo se nos
advierte que nada en la novela es lo que parece. Esto por dos razones, la
intensidad de las metáforas empleadas, y la falta de compromiso que empieza
poco a poco a identificarse en el personaje de Frédéric.
El resultado final, y
la profundidad de la ironía, sólo somos capaces de advertirla al término de la
historia, y eso es irónico en sí mismo. Flaubert está riéndose de la audiencia,
y de pasada vengándose de sus contemporáneos, al revelar sus verdaderas
intenciones en la última etapa. Juega con los sentimientos del lector, sin
remordimientos, quien cree ir en una dirección, y acaba en otro lugar. Al cerrar
el libro, la sensación es de total desconcierto. “Creía yo estar leyendo un
amor que se consumaría, o que terminaría en el suicidio, de no poderse
concretar, y acabé conociendo a una pareja que no tiene nada que expresarse,
que es ajena, y que en esa indiferencia hay algo podrido, que termina en náuseas,
rechazo”, diría un lector. “Iba yo por la páginas, sonriente, alegre, soñando
con lo hermosa que sería la escena de amor cuando los protagonistas se juraran
amor eterno, una cúspide, una catarsis que todo lo puede, y seguí esperando,
seguí esperando, hasta que llegue a las últimas páginas y supe de la traición
que se me hacía, sabiendo que la gran culminación romántica no llegaría nunca”,
diría otro afectado. Y las ansias son de venganza, a ultranza, de tristeza, y
de rabia. Frédéric no quiere ser
quien debiera. No puede. Y Flaubert sabe esto, y es justamente eso lo que
desea. Y no puede ser de otra forma tampoco, porque no puede traicionarse a sí
mismo, y él conoce esa insatisfacción de no lograr lo querido, de no amar lo
que se tiene, de sentirse abandonado y desventajado. Lo expresa a Louise Colet,
uno de sus grandes amores, en sus cartas. “La faceta ridícula que veo en el
amor siempre me impidió entregarme a él”. Vemos en Flaubert un gran crítico, y
un desilusionado hasta la médula. Nada tiene gracia. “No estoy hecho para gozar”,
dice, y queremos captar la intensidad metafísica de sus palabras, y en ese tránsito,
sabemos que la novela no podría haber sido de otra forma.
Pero no hay que
enojarse con Flaubert por su traición, hay que saborearla, darle una segunda
vuelta, captar realmente su
intensidad metafísica, y felicitarlo, porque logró lo que quería, y magistralmente,
sabiendo que en ese acto lo que no hizo fue traicionarse a sí mismo.
Y
de paso nos dejó una obra de Arte, en que cada página contiene la mot juste, párrafos de una belleza
insuperable. La gran bella ironía. Debiéramos estar agradecidos.
Sí, también fuimos víctimas
nosotros, pero de una traición sublime. De esas con las que soñamos algún
día lograr. Flaubert, maldito y bendito. Flaubert, dios. Creador de mundo.
Flaubert tiene un toque especial, parte atracción parte repulsión
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