19 de octubre de 2011

Amor a raudales en La Educación Sentimental, de Gustave Flaubert.

Metáfora, intensidad, romanticismo e ironía.



Obra: Gustave Flaubert. La educación sentimental (1869).



La educación sentimental

Leo a Flaubert y me encuentro de nuevo con la literatura, la verdadera literatura, ese espacio mágico, donde vibrar con las aventuras de otro como si fuese yo misma, viviendo la trama con el alma en un hilo. Me gustan sus personajes, porque son intensos, como yo, cambiantes, enamoradizos, exagerados, me siento identificada con esos sentimientos en que se va la vida, esas emociones que nos ponen los pies en la tierra y le devuelven el sentido a nuestra alma.



Flaubert dijo, "No leáis La educación sentimental como los niños: por diversión; ni por instrucción, como los ambiciosos. No. Leedla para vivir" (Flaubert 527). Un escritor comentó sobre esto, diciendo: “La mayoría de la gente lee novelas por diversión, por evasión, tal vez también en parte por instrucción. Los buenos lectores leen para vivir, como escribió Flaubert, leen para vivir la vida con más intensidad. Desde que empecé a escribir, a los dieciocho años, me di cuenta que este era un oficio de reflexión en voz alta sobre el mundo en que vivimos, a través del mundo de lo imaginario, que es algo así como un mundo paralelo al que llamamos "real", porque tiene sus propias leyes y goza de total autonomía.” (García-Valiño).



La educación sentimental es efectivamente un libro para vivir, o al menos lo fue para mí. Letras para soñar, ensoñaciones que nos devuelven el sentido. Uno de los grandes aciertos del texto, con los que logra esa “emoción”, son las metáforas y las descripciones de sentimientos amorosos, que por un lado impactan por su belleza, y por otro lado desconciertan por su exageración en grado sumo. Un romanticismo puro, que a veces parece serio, y tantas otras veces despierta sospecha de cierta ironía, por el nivel de intensidad y oscilación. Pero, esa dualidad tiene algo que atrae, por un lado hace creer que todo es una gran burla, y que mientras Flaubert escribía, al mismo tiempo reía, y por otro lado, logra que el lector se encuentre indeciso entre llorar, salir a caminar mirando los árboles o invitar a alguien y declararle su amor eterno. Es un efecto mágico, y Flaubert lo logra magistralmente.



Escogí este aspecto preciso para analizar, casi como una necesidad, porque las citas que menciono me hicieron sonreír de felicidad, y llorar de emoción (muy en sintonía con el lenguaje y sensaciones hiperbólicas de Flaubert, e intentando seguir su línea al expresarme ahora). Luego de la lectura, supe con seguridad que quería escribir sobre esto, para poder atesorar esas citas en mi alma.



Debido a que este es un informe breve, lo que intento en estas escasas páginas, es demostrar mediante citas, la exageración ésta de la que hablo, confusa, ambigua, y lograda por el escritor mediante ensoñaciones del personaje, paisajes y estados que imagina junto a su amada, y mediante la descripción de sentimientos utilizando metáforas, que más parecen hipérboles que otra cosa.



Este es un informe, más para sentir y para soñar, que para otro propósito. Se debe enfrentar con el corazón abierto, sin barreras, con los sentidos preparados y dispuestos. Eso en un primer momento, luego viene la duda, del sarcasmo aquél que tiene algo mágico, al menos para mí, como el humor negro.



Por ejemplo, en esta cita, Moreau prefiere estar al borde de la muerte, que no poder rozar su frente con la de su amada, la señora de Arnoux: “El pobre viejo Meinsius estaba al lado de la señora de Arnoux, en una butaca, cerca del fuego; ella se inclinaba hacia su oído, sus cabezas se tocaban, y Frédéric hubiera aceptado ser sordo, enfermo y vejo por tener un nombre ilustre y cabellos blancos; en fin, por tener algo que le entronizara en una intimidad semejante; se consumía su corazón, furioso contra su juventud ” (Flaubert 67). Su corazón no estaba enojado, un poco molesto, sino que estaba “furioso”, esa es la exageración de la que hablo, y que hace la imagen tan bella y tan romántica.



“Frédéric, al oír aquellas cosas, miraba a la señora de Arnoux; Caían en su espíritu como metales en un horno; se agregaban a su pasión y fomentaban el amor.” (Flaubert 66, la cursiva es propia). Esta es una imagen muy reveladora y “exacta”, metales en un horno, metales hirviendo, que van aumentando la pasión e impulsando al amor. Flaubert tiene la habilidad de encontrar imágenes sumamente gráficas para expresar sentimientos, sobretodo fuertes.



“La señora de Arnoux se adelantó hasta la entrada; Dittmer y Hussonnet le saludaban; ella les alargó la mano; la tendió igualmente a Frédéric, y él experimentó como una penetración en todos los átomos de su piel.” (Flaubert 68, la cursiva es propia). Hay algo sublime en el nivel de exageración de esta comparación. El autor va a lo más profundo, a lo más pequeño, es tan grande el amor, que él no lo siente solamente en la piel, lo siente, en todo los átomos. No existe una imagen que pudiese ir más allá que esa. Los átomos son la medida más pequeña que Flaubert pudo pensar.



“Entonces se sintió presa de esos estremecimientos del alma en que está uno transportado a un mundo superior.  Una facultad extraordinaria, cuyo objeto no conocía, le dominó; se preguntó si sería seriamente un gran pintor o un gran poeta; se decidió por la pintura, porque las exigencias de aquel oficio le aproximarían a la señora Arnoux.” (Flaubert 70). El escritor lo describe como algo evidente, un “lugar común”, ya que dice, presa de esos estremecimientos del alma, “en que está uno transportado a un mundo superior”. Lo expresa como algo natural, así, simplemente, siendo que es una sensación que muy potente, y me parece a mí, que sólo es posible de sentirse en ciertas situaciones especiales, como dijo Borges, con “la música, los estados de la felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, (que) quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético” (Borges 18).



“La convicción de una seguridad absoluta le daría valor. Por fin no se alejaba, no se separaba de ella. Algo más fuerte que una cadena de hierro le ligaba a París, una voz interior le gritaba que se quedara.” (Flaubert 85, la cursiva es propia). Era algo realmente muy fuerte lo que le ligaba a la ciudad de su amada, una cadena de hierro, nuevamente Flaubert utiliza la comparación con el objeto que mejor representa lo que quiere decir, la cadena de hierro es a la fuerza, como los átomos son a lo microscópico (usando otra palabra exagerada). Su máxima expresión. Es insuperable.



“Las cenas empezaron de nuevo, y cuanto más trataba a la señora Arnoux, más aumentaban sus languideces. La contemplación de aquella mujer le enervaba, como el uso de un perfume demasiado fuerte. Aquello llegaba casi hasta las profundidades de su temperamento, y se convertía casi en una manera general de sentir, un nuevo modo de existir.” (Flaubert 91, la cursiva es propia). Es tal el amor por la señora de Arnoux que no solamente la quiere, sino que renace en la experiencia amorosa.



La cita que menciono a continuación es larga, pero no he querido cortarla, con objeto de que no pierda la fuerza de las imágenes que recrea: “Las prostitutas que encontraba a la luz del gas, las cantantes ensayando sus notas, las artistas ecuestres en sus caballos a galope, las burguesas a pie, las costureras en su ventana, todas la mujeres le recordaban a aquella, por semejanzas o por contrastes violentos. Miraba en las tiendas los casimires, los encajes y las arracadas de pedrería, imaginándolas colocadas sobre sus hombros, cosidas a su cuerpo, lanzando sus fuegos en sus cabellos negros. En las cestas de las vendedoras, las flores se ofrecían para que ella las eligiese al pasar; en los escaparates de los zapateros las pequeñas pantuflas de raso cerradas de pluma de cisne parecían esperar su pie; todas las calles conducían a su casa; los coches se estacionaban en las plazas, únicamente para ir allá más deprisa; París se refería a su persona, y la gran ciudad, con todas sus voces, sonaba como orquesta inmensa alrededor de ella. Cuando iba al Jardín Botánico, la vista de una palmera le arrastraba hacia países lejanos. Viajaban juntos, sobre dromedarios, bajo las tiendecillas de los elefantes, en la cámara de un yate por azules archipiélagos, o uno al lado del otro en dos mulas con campanillas, que tropezaban en las hierbas o contra columnas en pedazos. A veces se detenía en el Louvre, delante de cuadros antiguos, y su amor regresaba hasta los siglos pasados, encarnando a los personajes de las pinturas. Adornada con un tocado alto, oraba de rodillas detrás de una vidriera de colores. Señora de Castilla o de Flandes, permanecía sentada, con una gorguera almidonada y un corsé de grandes bullones. Luego bajaba por alguna gran escalera de pórfido, en medio de los senadores, bajo un dosel de plumas de avestruz, con un traje de brocado. Otras veces soñaba que la veía con pantalón de seda amarilla en los cojines de un harén; y todo lo que era hermoso, el brillo de las estrellas, ciertos aires de música, el sentido de una frase, un contorno, la llevaban a su pensamiento de una manera brusca e insensible” (Flaubert 93, la cursiva es propia). Todas, no algunas, sino que “todas” las mujeres le recordaban a la señora de Arnoux. En esta cita se crea la ensoñación, paisaje y estado que mencioné era un recurso para lograr el efecto deseado. Es como un cuadro, uno puede ir viéndolo, imaginándolo, con calma, con detalles, con colores, cada imagen es prolongada, y lleva a muchas imágenes más. París entero se refiere a ella, y la orquesta que suena no es grande, es “inmensa”, la imagino con varios timbales, resonando al mismo tiempo, una imagen demasiado imponente, los violines en la nota más alta, sostenida, el piano en unos arpegios interminables. “Todo” lo que era hermoso, la llevaba a su pensamiento. “El brillo de las estrellas, ciertos aires de música”, y, lo más bello de todo lo que me menciona, “el sentido de una frase”. Eso es amor puro, recordar a la persona amada al entender el sentido de una frase. Es una figura hermosa, tenue, sugerente, delicada, frágil.



“Le despediría, indudablemente; o bien, indignándose, le arrojaría de su casa. Él prefería todos los dolores al horrible temor de no verla más.” (Flaubert 93, la cursiva es propia). Nuevamente, el protagonista prefiere un estado distinto y horrible, a cambio de cercanía con su amada, había deseado ser viejo y enfermo, y ahora desea “todos” los dolores, no solo algunos.



“Sin embargo, pensaba en la dicha de vivir con ella, de tutearla, de pasarle la mano suavemente por sus cabellos, o de estar en el suelo, de rodillas, con ambos brazos alrededor de su cintura, bebiendo su alma en sus ojos. Preciso habría sido para esto subvertir el destino; e incapaz de acción, maldiciendo a Dios y acusándose de su cobardía, se revolvía en su deseo, como un prisionero en su calabozo. Una angustia permanente le ahogaba; permanecía horas enteras inmóvil o estallaba en lágrimas; y un día, que no tenía fuerzas para contenerse, Deslauriers le dijo: -Pero… ¡por Dios! ¿Qué es lo que tienes?” (Flaubert 93). Esta imagen y actitud es interesante. La cita tiene varios aspectos que resaltar. “Bebiendo su alma en sus ojos” es una figura poética muy bonita. Por otra parte, el “maldice” a Dios, y se “revuelve” en su deseo, como “prisionero en su calabozo”. Las imágenes son poéticas, y su actitud es muy romántica, y me recuerda a Emma Bovary, permaneciendo Moreau “horas enteras inmóvil”, “estallando en lágrimas”, “no teniendo fuerzas para contenerse”, hasta que su amigo no puede creer que esté así, y tiene que preguntarle, “¡¡Qué es lo que tienes!!”. Esa es una reacción de algo muy grave que está ocurriendo.



“En esto, por encima de sus cabezas, se oyó un trino, y era que la señora Arnoux, creyéndose sola, se entretenía cantando, haciendo escalas, gorjeos, arpegios. Lanzaba notas sostenidas, que parecían quedar en suspenso; otras caían precipitadamente, como las gotas de una cascada; y su voz, pasando por la celosía, cortaba el profundo silencio, elevándose hacia el cielo azul.” (Flaubert 106, la cursiva es propia). Esta es una imagen celestial, la divinización del objeto de su deseo. La voz de la señora de Arnoux, junto con ella misma, se eleva al cielo en cuerpo y alma, como posteriormente lo haría Remedios, la Bella, en “Cien años de soledad”, por su extrema belleza.



“Abordó él el capítulo de las aventuras sentimentales, y ella compadecía los desastres de la pasión, pero le indignaban las infamias hipócritas; y aquella rectitud de espíritu correspondía tan bien con la belleza correcta de su rostro que parecía su consecuencia. A veces sonreía, deteniendo en él sus ojos un minuto. Entonces Frédéric sentía penetrar sus miradas en su alma, como esos grandes rayos de sol que descienden hasta el fondo del agua. La amaba sin segunda intención, sin esperanza de correspondencia, absolutamente; y en aquellos mudos transportes parecidos a expansiones de la gratitud, hubiera deseado cubrir su frente de una lluvia de besos. Sin embargo, un soplo interior le arrasaba como fuera de sí; era aquello un deseo de sacrificarse, una necesidad de adhesión inmediata, y tanto más fuerte, cuanto que no podía saciarla.” (Flaubert 106). Existen en esta cita varios aspectos a recalcar, primero “aquella rectitud de espíritu” que se corresponde tan bien con “la belleza correcta de su rostro”, que “parece su consecuencia”, es esa una imagen hermosa, y que indica la perfección e idealización en grado sumo de la persona amada, característica propia del romanticismo, y del amor romántico. Lo mismo el “soplo interior” que “le arrasaba como fuera de sí”, el “deseo de sacrificarse”, y la “necesidad de adhesión inmediata”. Por otra parte, las miradas que penetran en su alma “como esos grandes rayos de sol que descienden hasta el fondo del agua”, es una imagen poética y romántica, muy hermosa, capaz de impresionar hasta al más indiferente.



“Desde el día siguiente se puso a trabajar con todas sus fuerzas. Se veía en un tribunal, en una tarde de invierno, al final de la sesión, cuando los jurados están pálidos y la muchedumbre, excitada, hace crujir las barandillas del pretorio, hablando hacía ya cuatro horas, resumiendo todas sus pruebas, descubriendo otras nuevas y sintiendo a cada frase, a cada palabra, a cada gesto, levantarse la cuchilla de la guillotina colocada a su espalda; después, en la tribuna de la Cámara, orador que lleva en sus labios la salvación de todo un pueblo, ahogando a sus adversarios con sus prosopopeyas, aplastándolos con una respuesta, con rasgos y entonaciones musicales en la voz, irónico, patético, fogoso, sublime. Ella estaría allí, en algún sitio, en medio de la gente, ocultando con su velo sus lágrimas de entusiasmo; después se juntarían, y los desalientos, las calumnias y las injurias no le alcanzarían si ella decía: “¡Qué hermoso es eso!”, pasándole por la frente sus manos ligeras. Aquellas imágenes figuraban como faros en el horizonte de su vida. Su espíritu, excitado, se hizo más inteligente y más fuerte.” (Flaubert 112). El corazón enamorado de Moreau, encuentra un sentido y un porvenir a su vida con el amor que siente por la señora de Arnoux, romanticismo puro.



“Las nubes, color de rosa, formaban una franja por encima de los tejados; empezaban ya a levantar los toldos de algunas tiendas; los carros de riego derramaban su lluvia sobre el polvo, y una inesperada frescura se mezclaba con las emanaciones de los cafés, que dejaban ver por sus puertas abiertas, entre plateados y dorados, flores en canastillos que se dibujaban en los altos espejos. La gente andaba despacio; había grupos de hombres hablando en medio de la acera, y pasaban las mujeres con cierta blancura en los ojos y ese tinte de camelia que da a las carnes femeninas la lasitud de los grandes calores. Algo enorme se extendía envolviendo las casas. Jamás París le pareció tan hermoso. En el porvenir únicamente se percibía una interminable serie de años enteramente llenos de amor.” (Flaubert 114, la cursiva es propia). En esta bella imagen, emplea la hipérbole, en el “jamás”, en el “tan” hermoso, y una “interminable” serie de años, “enteramente llenos” de amor. Amor, es lo único que hay en esos años. Es un absoluto, que hace que la idea sea muy extrema, no hay intermedios ni grises, el amor estará en todos los años, y ocupando todo sus días.



            Me fue agradable expresar estas palabras. Es que me apasiona demasiado todo esto. Escribir, soñar, plantear inquietudes, miradas, darle una vuelta a las cosas, y en definitiva, sentir, disfrutar y vivir.



            Se preguntará el lector de este informe si había seriedad o ironía en las líneas, y la respuesta, al igual que tendríamos que responder respecto a Flaubert, es que tiene de las dos cosas, ya que de esa forma es la vida, ambigua, cambiante, difícil de asir, a menos que se entre en ella sin ninguna expectativa, o con total esperanza de entenderle el sentido, lo que sería su opuesto.



Igual es interesante ese límite. Entre una cosa y la otra, porque están al lado, y son tan opuestas

Es más que interesante.

Creo que eso es lo que vuelve a mi cabeza. Ese límite. Difuso.

Bueno, si algún día quieres llegar ahí, podemos explorar las opciones.

Es que llevarlo a la práctica, y pasar al otro lado del límite, transformaría las cosas.

Bueno, si no lo haces probablemente nunca sepas. A ti te gustaría, por tu forma de ser, yo sé, me acuerdo.

Lo que es seguro, es que habría sido un punto de inflexión.



Gustave Flaubert

Cuando me encuentro con un libro tan vital y poderoso como La educación sentimental, vuelvo a ser feliz. Vuelvo a amar intensamente, la literatura, la vida, y a confiar en la humanidad. Cada vez que leo a Flaubert es un punto de inflexión. Flaubert me ha devuelto a la vida.



Obras citadas



Borges, Jorge Luis. “La muralla y los libros”, en Otras inquisiciones. Barcelona: Emecé

Editores, 2005.

Flaubert, Gustave. La educación sentimental. Buenos Aires: Debolsillo, 2007.

García-Valiño, Ignacio. Señas de identidad (Poética). http://www.ignaciogarcia-




Bibliografía



Borges, Jorge Luis. “La muralla y los libros”, en Otras inquisiciones. Barcelona: Emecé

Editores, 2005.

Balzac, Honoré de. Eugénie Grandet. Madrid: Editorial Edaf, 2001.

Balzac, Honoré de. “Prólogo del autor a La comedia humana”.

Bourdieu, Pierre. “La conquista de la autonomía, la fase crítica en la emergencia del

campo” Las reglas del arte. Trad. Thomas Kauf. Barcelona: Anagrama, 1995.

Flaubert, Gustave. La educación sentimental. Buenos Aires: Debolsillo, 2007.

Flaubert, Gustave. Madame Bovary. Madrid: Ediciones Cátedra, 2008.

Villanueva, Darío. Teorías del realismo literario. Madrid: Biblioteca Nueva, 2004.

1 comentarios:

  1. llegare atrasado a la pega, pero valió la pena leerlo

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