Amor
a raudales en La Educación Sentimental,
de Gustave Flaubert.
Metáfora,
intensidad, romanticismo e ironía.
Obra:
Gustave Flaubert. La educación
sentimental (1869).
La educación sentimental
Leo
a Flaubert y me encuentro de nuevo con la literatura,
la verdadera literatura, ese espacio mágico, donde vibrar con las aventuras de
otro como si fuese yo misma, viviendo la trama con el alma en un hilo. Me
gustan sus personajes, porque son intensos, como yo, cambiantes, enamoradizos,
exagerados, me siento identificada con esos sentimientos en que se va la vida,
esas emociones que nos ponen los pies en la tierra y le devuelven el sentido a
nuestra alma.
Flaubert dijo, "No
leáis La educación sentimental como
los niños: por diversión; ni por instrucción, como los ambiciosos. No. Leedla
para vivir" (Flaubert 527). Un escritor comentó sobre esto, diciendo: “La
mayoría de la gente lee novelas por diversión, por evasión, tal vez también en
parte por instrucción. Los buenos lectores leen para vivir, como escribió
Flaubert, leen para vivir la vida con más intensidad. Desde que empecé a
escribir, a los dieciocho años, me di cuenta que este era un oficio de
reflexión en voz alta sobre el mundo en que vivimos, a través del mundo de lo
imaginario, que es algo así como un mundo paralelo al que llamamos
"real", porque tiene sus propias leyes y goza de total autonomía.” (García-Valiño).
La educación sentimental
es efectivamente un libro para vivir, o al menos lo fue para mí. Letras para
soñar, ensoñaciones que nos devuelven el sentido. Uno de los grandes aciertos del
texto, con los que logra esa “emoción”, son las metáforas y las descripciones
de sentimientos amorosos, que por un lado impactan por su belleza, y por otro
lado desconciertan por su exageración en grado sumo. Un romanticismo puro, que
a veces parece serio, y tantas otras veces despierta sospecha de cierta ironía,
por el nivel de intensidad y oscilación. Pero, esa dualidad tiene algo que
atrae, por un lado hace creer que todo es una gran burla, y que mientras
Flaubert escribía, al mismo tiempo reía, y por otro lado, logra que el lector se
encuentre indeciso entre llorar, salir a caminar mirando los árboles o invitar
a alguien y declararle su amor eterno. Es un efecto mágico, y Flaubert lo logra
magistralmente.
Escogí este aspecto
preciso para analizar, casi como una necesidad, porque las citas que menciono me
hicieron sonreír de felicidad, y llorar de emoción (muy en sintonía con el
lenguaje y sensaciones hiperbólicas de Flaubert, e intentando seguir su línea
al expresarme ahora). Luego de la lectura, supe con seguridad que quería
escribir sobre esto, para poder atesorar esas citas en mi alma.
Debido a que este es un
informe breve, lo que intento en estas escasas páginas, es demostrar mediante
citas, la exageración ésta de la que hablo, confusa, ambigua, y lograda por el
escritor mediante ensoñaciones del personaje, paisajes y estados que imagina
junto a su amada, y mediante la descripción de sentimientos utilizando metáforas,
que más parecen hipérboles que otra cosa.
Este es un informe, más
para sentir y para soñar, que para otro propósito. Se debe enfrentar con el
corazón abierto, sin barreras, con los sentidos preparados y dispuestos. Eso en
un primer momento, luego viene la duda, del sarcasmo aquél que tiene algo mágico,
al menos para mí, como el humor negro.
Por ejemplo, en esta
cita, Moreau prefiere estar al borde de la muerte, que no poder rozar su frente
con la de su amada, la señora de Arnoux: “El pobre viejo Meinsius estaba al lado
de la señora de Arnoux, en una butaca, cerca del fuego; ella se inclinaba hacia
su oído, sus cabezas se tocaban, y Frédéric hubiera aceptado ser sordo, enfermo
y vejo por tener un nombre ilustre y cabellos blancos; en fin, por tener algo
que le entronizara en una intimidad semejante; se consumía su corazón, furioso
contra su juventud ” (Flaubert 67). Su corazón no estaba enojado, un poco
molesto, sino que estaba “furioso”, esa es la exageración de la que hablo, y
que hace la imagen tan bella y tan romántica.
“Frédéric, al oír
aquellas cosas, miraba a la señora de Arnoux; Caían en su espíritu como metales en un horno; se agregaban a
su pasión y fomentaban el amor.” (Flaubert 66, la cursiva es propia). Esta es
una imagen muy reveladora y “exacta”, metales
en un horno, metales hirviendo, que van aumentando la pasión e impulsando
al amor. Flaubert tiene la habilidad de encontrar imágenes sumamente gráficas para
expresar sentimientos, sobretodo fuertes.
“La señora de Arnoux se
adelantó hasta la entrada; Dittmer y Hussonnet le saludaban; ella les alargó la
mano; la tendió igualmente a Frédéric, y él
experimentó como una penetración en todos los átomos de su piel.” (Flaubert
68, la cursiva es propia). Hay algo sublime en el nivel de exageración de esta
comparación. El autor va a lo más profundo, a lo más pequeño, es tan grande el
amor, que él no lo siente solamente en la piel, lo siente, en todo los átomos. No
existe una imagen que pudiese ir más allá que esa. Los átomos son la medida más
pequeña que Flaubert pudo pensar.
“Entonces se sintió
presa de esos estremecimientos del alma en que está uno transportado a un mundo
superior. Una facultad extraordinaria,
cuyo objeto no conocía, le dominó; se preguntó si sería seriamente un gran pintor
o un gran poeta; se decidió por la pintura, porque las exigencias de aquel
oficio le aproximarían a la señora Arnoux.” (Flaubert 70). El escritor lo
describe como algo evidente, un “lugar común”, ya que dice, presa de esos estremecimientos del alma, “en que
está uno transportado a un mundo superior”.
Lo expresa como algo natural, así, simplemente, siendo que es una sensación
que muy potente, y me parece a mí, que sólo es posible de sentirse en ciertas situaciones
especiales, como dijo Borges, con “la música, los estados de la felicidad, la
mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos
lugares, (que) quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido
perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se
produce, es, quizá, el hecho estético” (Borges 18).
“La convicción de una
seguridad absoluta le daría valor. Por fin no se alejaba, no se separaba de
ella. Algo más fuerte que una cadena de
hierro le ligaba a París, una voz interior le gritaba que se quedara.” (Flaubert 85, la cursiva es propia). Era
algo realmente muy fuerte lo que le ligaba a la ciudad de su amada, una cadena
de hierro, nuevamente Flaubert utiliza la comparación con el objeto que mejor
representa lo que quiere decir, la cadena de hierro es a la fuerza, como los átomos
son a lo microscópico (usando otra palabra exagerada). Su máxima expresión. Es insuperable.
“Las cenas empezaron de
nuevo, y cuanto más trataba a la señora Arnoux, más aumentaban sus languideces.
La contemplación de aquella mujer le enervaba, como el uso de un perfume
demasiado fuerte. Aquello llegaba casi hasta las profundidades de su
temperamento, y se convertía casi en una manera general de sentir, un nuevo modo de existir.” (Flaubert 91,
la cursiva es propia). Es tal el amor por la señora de Arnoux que no solamente la
quiere, sino que renace en la experiencia amorosa.
La cita que menciono a
continuación es larga, pero no he querido cortarla, con objeto de que no pierda
la fuerza de las imágenes que recrea: “Las prostitutas que encontraba a la luz
del gas, las cantantes ensayando sus notas, las artistas ecuestres en sus
caballos a galope, las burguesas a pie, las costureras en su ventana, todas la mujeres le recordaban a aquella,
por semejanzas o por contrastes violentos. Miraba en las tiendas los casimires,
los encajes y las arracadas de pedrería, imaginándolas colocadas sobre sus
hombros, cosidas a su cuerpo, lanzando sus fuegos en sus cabellos negros. En las
cestas de las vendedoras, las flores se ofrecían para que ella las eligiese al
pasar; en los escaparates de los zapateros las pequeñas pantuflas de raso
cerradas de pluma de cisne parecían esperar su pie; todas las calles conducían
a su casa; los coches se estacionaban en las plazas, únicamente para ir allá más
deprisa; París se refería a su persona, y
la gran ciudad, con todas sus voces, sonaba como orquesta inmensa alrededor de
ella. Cuando iba al Jardín Botánico, la vista de una palmera le arrastraba
hacia países lejanos. Viajaban juntos, sobre dromedarios, bajo las tiendecillas
de los elefantes, en la cámara de un yate por azules archipiélagos, o uno al
lado del otro en dos mulas con campanillas, que tropezaban en las hierbas o
contra columnas en pedazos. A veces se detenía en el Louvre, delante de cuadros
antiguos, y su amor regresaba hasta los siglos pasados, encarnando a los
personajes de las pinturas. Adornada con un tocado alto, oraba de rodillas detrás
de una vidriera de colores. Señora de Castilla o de Flandes, permanecía
sentada, con una gorguera almidonada y un corsé de grandes bullones. Luego bajaba
por alguna gran escalera de pórfido, en medio de los senadores, bajo un dosel
de plumas de avestruz, con un traje de brocado. Otras veces soñaba que la veía
con pantalón de seda amarilla en los cojines de un harén; y todo lo que era
hermoso, el brillo de las estrellas, ciertos aires de música, el sentido de una
frase, un contorno, la llevaban a su pensamiento de una manera brusca e
insensible” (Flaubert 93, la cursiva es propia). Todas, no algunas, sino que “todas”
las mujeres le recordaban a la señora de Arnoux. En esta cita se crea la ensoñación,
paisaje y estado que mencioné era un recurso para lograr el efecto deseado. Es como
un cuadro, uno puede ir viéndolo, imaginándolo, con calma, con detalles, con
colores, cada imagen es prolongada, y lleva a muchas imágenes más. París entero
se refiere a ella, y la orquesta que suena no es grande, es “inmensa”, la
imagino con varios timbales, resonando al mismo tiempo, una imagen demasiado
imponente, los violines en la nota más alta, sostenida, el piano en unos
arpegios interminables. “Todo” lo que
era hermoso, la llevaba a su pensamiento. “El brillo de las estrellas, ciertos
aires de música”, y, lo más bello de todo lo que me menciona, “el sentido de
una frase”. Eso es amor puro, recordar a la persona amada al entender el
sentido de una frase. Es una figura hermosa, tenue, sugerente, delicada, frágil.
“Le despediría,
indudablemente; o bien, indignándose, le arrojaría de su casa. Él prefería todos los dolores al horrible temor de
no verla más.” (Flaubert 93, la cursiva es propia). Nuevamente, el protagonista
prefiere un estado distinto y horrible, a cambio de cercanía con su amada, había
deseado ser viejo y enfermo, y ahora desea “todos” los dolores, no solo
algunos.
“Sin embargo, pensaba
en la dicha de vivir con ella, de tutearla, de pasarle la mano suavemente por
sus cabellos, o de estar en el suelo, de rodillas, con ambos brazos alrededor
de su cintura, bebiendo su alma en sus ojos. Preciso habría sido para esto
subvertir el destino; e incapaz de acción, maldiciendo a Dios y acusándose de
su cobardía, se revolvía en su deseo, como un prisionero en su calabozo. Una angustia
permanente le ahogaba; permanecía horas enteras inmóvil o estallaba en lágrimas;
y un día, que no tenía fuerzas para contenerse, Deslauriers le dijo: -Pero…
¡por Dios! ¿Qué es lo que tienes?” (Flaubert 93). Esta imagen y actitud es
interesante. La cita tiene varios aspectos que resaltar. “Bebiendo su alma en
sus ojos” es una figura poética muy bonita. Por otra parte, el “maldice” a
Dios, y se “revuelve” en su deseo, como “prisionero en su calabozo”. Las imágenes
son poéticas, y su actitud es muy romántica, y me recuerda a Emma Bovary, permaneciendo
Moreau “horas enteras inmóvil”, “estallando en lágrimas”, “no teniendo fuerzas
para contenerse”, hasta que su amigo no puede creer que esté así, y tiene que
preguntarle, “¡¡Qué es lo que tienes!!”. Esa es una reacción de algo muy grave
que está ocurriendo.
“En esto, por encima de
sus cabezas, se oyó un trino, y era que la señora Arnoux, creyéndose sola, se
entretenía cantando, haciendo escalas, gorjeos, arpegios. Lanzaba notas
sostenidas, que parecían quedar en suspenso; otras caían precipitadamente, como
las gotas de una cascada; y su voz, pasando por la celosía, cortaba el profundo silencio, elevándose
hacia el cielo azul.” (Flaubert 106, la cursiva es propia). Esta es una
imagen celestial, la divinización del objeto de su deseo. La voz de la señora de
Arnoux, junto con ella misma, se eleva al cielo en cuerpo y alma, como
posteriormente lo haría Remedios, la Bella, en “Cien años de soledad”, por su
extrema belleza.
“Abordó él el capítulo
de las aventuras sentimentales, y ella compadecía los desastres de la pasión, pero
le indignaban las infamias hipócritas; y aquella rectitud de espíritu
correspondía tan bien con la belleza correcta de su rostro que parecía su
consecuencia. A veces sonreía, deteniendo en él sus ojos un minuto. Entonces Frédéric
sentía penetrar sus miradas en su alma, como esos grandes rayos de sol que
descienden hasta el fondo del agua. La amaba sin segunda intención, sin
esperanza de correspondencia, absolutamente; y en aquellos mudos transportes
parecidos a expansiones de la gratitud, hubiera deseado cubrir su frente de una
lluvia de besos. Sin embargo, un soplo interior le arrasaba como fuera de sí;
era aquello un deseo de sacrificarse, una necesidad de adhesión inmediata, y
tanto más fuerte, cuanto que no podía saciarla.” (Flaubert 106). Existen en
esta cita varios aspectos a recalcar, primero “aquella rectitud de espíritu”
que se corresponde tan bien con “la belleza correcta de su rostro”, que “parece
su consecuencia”, es esa una imagen hermosa, y que indica la perfección e
idealización en grado sumo de la persona amada, característica propia del
romanticismo, y del amor romántico. Lo mismo el “soplo interior” que “le
arrasaba como fuera de sí”, el “deseo de sacrificarse”, y la “necesidad de
adhesión inmediata”. Por otra parte, las miradas que penetran en su alma “como
esos grandes rayos de sol que descienden hasta el fondo del agua”, es una
imagen poética y romántica, muy hermosa, capaz de impresionar hasta al más
indiferente.
“Desde el día siguiente
se puso a trabajar con todas sus fuerzas. Se veía en un tribunal, en una tarde
de invierno, al final de la sesión, cuando los jurados están pálidos y la
muchedumbre, excitada, hace crujir las barandillas del pretorio, hablando hacía
ya cuatro horas, resumiendo todas sus pruebas, descubriendo otras nuevas y
sintiendo a cada frase, a cada palabra, a cada gesto, levantarse la cuchilla de
la guillotina colocada a su espalda; después, en la tribuna de la Cámara,
orador que lleva en sus labios la salvación de todo un pueblo, ahogando a sus
adversarios con sus prosopopeyas, aplastándolos con una respuesta, con rasgos y
entonaciones musicales en la voz, irónico, patético, fogoso, sublime. Ella estaría
allí, en algún sitio, en medio de la gente, ocultando con su velo sus lágrimas
de entusiasmo; después se juntarían, y los desalientos, las calumnias y las
injurias no le alcanzarían si ella decía: “¡Qué hermoso es eso!”, pasándole por
la frente sus manos ligeras. Aquellas imágenes figuraban como faros en el
horizonte de su vida. Su espíritu, excitado, se hizo más inteligente y más
fuerte.” (Flaubert 112). El corazón enamorado de Moreau, encuentra un sentido y
un porvenir a su vida con el amor que siente por la señora de Arnoux,
romanticismo puro.
“Las nubes, color de
rosa, formaban una franja por encima de los tejados; empezaban ya a levantar
los toldos de algunas tiendas; los carros de riego derramaban su lluvia sobre
el polvo, y una inesperada frescura se mezclaba con las emanaciones de los cafés,
que dejaban ver por sus puertas abiertas, entre plateados y dorados, flores en
canastillos que se dibujaban en los altos espejos. La gente andaba despacio;
había grupos de hombres hablando en medio de la acera, y pasaban las mujeres
con cierta blancura en los ojos y ese tinte de camelia que da a las carnes
femeninas la lasitud de los grandes calores. Algo enorme se extendía
envolviendo las casas. Jamás París le
pareció tan hermoso. En el porvenir únicamente se percibía una interminable serie de años enteramente
llenos de amor.” (Flaubert 114, la cursiva es propia). En esta bella
imagen, emplea la hipérbole, en el “jamás”, en el “tan” hermoso, y una “interminable”
serie de años, “enteramente llenos” de amor. Amor, es lo único que hay en esos
años. Es un absoluto, que hace que la idea sea muy extrema, no hay intermedios
ni grises, el amor estará en todos los años, y ocupando todo sus días.
Me fue agradable expresar estas palabras. Es que me
apasiona demasiado todo esto. Escribir, soñar, plantear inquietudes, miradas,
darle una vuelta a las cosas, y en definitiva, sentir, disfrutar y vivir.
Se
preguntará el lector de este informe si había seriedad o ironía en las líneas,
y la respuesta, al igual que tendríamos que responder respecto a Flaubert, es
que tiene de las dos cosas, ya que de esa forma es la vida, ambigua, cambiante,
difícil de asir, a menos que se entre en ella sin ninguna expectativa, o con
total esperanza de entenderle el sentido, lo que sería su opuesto.
Igual
es interesante ese límite. Entre una cosa y la otra, porque están al lado, y
son tan opuestas
Es
más que interesante.
Creo
que eso es lo que vuelve a mi cabeza. Ese límite. Difuso.
Bueno,
si algún día quieres llegar ahí, podemos explorar las opciones.
Es
que llevarlo a la práctica, y pasar al otro lado del límite, transformaría las
cosas.
Bueno,
si no lo haces probablemente nunca sepas. A ti te gustaría, por tu forma de
ser, yo sé, me acuerdo.
Lo
que es seguro, es que habría sido un punto de inflexión.
Gustave Flaubert
Cuando
me encuentro con un libro tan vital y poderoso como La
educación sentimental, vuelvo a ser
feliz. Vuelvo a amar intensamente, la literatura, la vida, y a confiar en la
humanidad. Cada vez que leo a Flaubert
es un punto de inflexión. Flaubert me
ha devuelto a la vida.
Obras citadas
Borges, Jorge Luis. “La muralla y los
libros”, en Otras inquisiciones. Barcelona:
Emecé
Editores, 2005.
Flaubert, Gustave. La educación sentimental. Buenos Aires: Debolsillo, 2007.
García-Valiño, Ignacio. Señas de identidad (Poética). http://www.ignaciogarcia-
Bibliografía
Borges, Jorge Luis. “La muralla y los
libros”, en Otras inquisiciones. Barcelona:
Emecé
Editores, 2005.
Balzac, Honoré de. Eugénie Grandet. Madrid: Editorial Edaf, 2001.
Balzac, Honoré de. “Prólogo del autor a La comedia humana”.
Bourdieu, Pierre. “La conquista de la
autonomía, la fase crítica en la emergencia del
campo” Las reglas del arte. Trad. Thomas Kauf.
Barcelona: Anagrama, 1995.
Flaubert, Gustave. La educación sentimental. Buenos Aires: Debolsillo, 2007.
Flaubert, Gustave. Madame Bovary. Madrid: Ediciones Cátedra, 2008.
Villanueva, Darío. Teorías del realismo literario. Madrid: Biblioteca Nueva, 2004.
llegare atrasado a la pega, pero valió la pena leerlo
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